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Un antídoto contra la soledad

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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28 de marzo de 2018  

Hay hogares sin libros. En otros, la cocina es menos que un lugar de paso. Están aquellos en los que faltan mascotas, plantas o cuadros. En mi casa no había instrumentos musicales. Tampoco en casa de mis abuelos. Ni en las de mis antepasados, hasta donde se tuviera memoria. Discos, libros, perros, gatos, plantas y la cocina incivilizada de mi abuelo gallego. Pero no instrumentos. Ni siquiera las casi obligatorias seis cuerdas. Nada.

Eso empezó a cambiar en algún momento de 1853, cuando un inmigrante alemán llamado Rudolph decidió fundar su propia compañía en Cincinnati, Estados Unidos. La bautizó con su apellido, Wurlitzer, y al principio se dedicó a importar instrumentos de su país. En 1880, tras ganar cierta notoriedad, se puso a construir pianos. Casi 80 años después, en 1959, lanzó su primer órgano electrónico, el modelo 4100.

Uno de esos gigantes gentiles llegó al país y ofició de atracción exótica en una sala de estar porteña. Hasta que, en otra curva cerrada del destino, esa familia decidió emigrar a Estados Unidos. El 4100 pesaba 100 kilos, así que costaba mucho menos comprar otro allá que pagar un flete. Pero nadie se mostró interesado en un artilugio que pare cía salido de un teatro o una iglesia. Excepto un amigo de esa familia -mi padre-, que reparó menos en el doble teclado y la pedalera para bajos que en el precio de ganga. Su plan era venderlo a un valor mucho más alto y saldar así parte de la hipoteca que pesaba sobre nuestro antiguo caserón.

Recuerdo el día que aquella maquinaria ingresó, fascinante y misteriosa, como el hielo de Aureliano Buendía, por el zaguán de baldosas adornadas. Fue depositado con pompa en el estudio de mi padre, que, para redondear el golpe de efecto, lo encendió. Una solitaria lucecita color rosa viejo se iluminó junto al interruptor. Sin poder evitarlo, toqué una nota con el dedo índice y por primera vez en mi vida oí algo que no salía de los discos o la radio, sino de mis propias manos. Como la existencia suele reservarse paradojas burlonas, mi padre me administró un chirlo y decretó:

-Esto no se toca. Es para vender.

Sin embargo, cada día, cuando regresaba del trabajo, encontraba a su desobediente primogénito de nueve años concentrado en las teclas. Imagino que intuyó mi enamoramiento y no se animó a vender el 4100. Más tarde, mi hermano, el único verdadero músico que dio la familia, se convirtió en mi compañero de la banda infantil que desvelaba sin piedad las siestas, excepto cuando había fútbol. Hoy nuestros hogares están atiborrados de instrumentos. ¿Y el Wurlitzer? Por supuesto, todavía vive, algo disfónico, conmigo.

Hace unos días, mientras trabajaba en mi huerta, vi a un chico de unos 15 años caminando hacia la laguna. Se sentó y sacó un instrumento. Le pregunté, de lejos, si era un ukelele.

-Sí. ¿Lo querés probar? -me preguntó, entusiasmado.

Obvio que fui, y estuvimos hablando de música un largo rato. Con más de 40 años de diferencia, pudimos entendernos gracias a los acordes de las cuatro cuerdas de su ukelele. Al despedirnos, me di cuenta de que no sabía su nombre.

-Santino -me respondió. Le dije el mío, nos dimos la mano, y entendí que había aprendido una lección.

La música conduce a un paraíso personal. Pero solo funciona si los chicos tienen acceso a los instrumentos. Ese primer contacto le cambia a uno la vida. Guitarras, teclados, ukeleles. Son instrumentos de paz que construyen un universo interior más rico y más feliz. No importa si vas a ser estrella de rock, médico o chef, son un antídoto contra el dolor y la soledad, y contra toda violencia. Un chico nunca vuelve a aburrirse si lo dejamos entenderse con las cuerdas o las teclas. Luego tal vez estudie el pentagrama. Es lo de menos. Santino se junta con sus amigos a crear y recrear. Están aprendiendo un idioma que ya no habrá de abandonarlos y que todos, hasta los adultos, pueden entender.

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