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Los pasos para animarse a saltar sin red

Diego Kerner
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31 de marzo de 2018  

Si bien la velocidad vertiginosa con que todo cambia es un claro signo de estos tiempos, se nos hace difícil adaptarnos a nuevos contextos por algo tan antiguo como la humanidad: el miedo. Miedo a la incertidumbre de lo nuevo y a no poder con ello. Y cuando el miedo nos toma, genera conductas que conspiran contra la capacidad de adaptarnos: nos paraliza, nos hace ser más conservadores, nos impulsa a escapar.

Adaptarnos a situaciones que implican un cambio significativo en nuestra forma de pensar el mundo es como dar un salto al vacío. Y salvo que uno tenga tendencias suicidas, nadie quiere saltar al vacío sin red. Los seres humanos necesitamos un nivel mínimo de seguridad para avanzar. Si queremos mejorar nuestra capacidad colectiva e individual de adaptación a los cambios es necesario que las organizaciones donde interactuamos nos ofrezcan redes seguras, y que a su vez cada uno de nosotros mejore sus habilidades de salto.

Esa red entramada que las organizaciones tendrían que tejer se llama confianza. Es fundamental diseñar culturas y ambientes de trabajo donde además de premiarse el cumplimiento de las promesas y el valor de la palabra:

1 Esté permitido mostrar las vulnerabilidades (los invito a estimar el costo monetario que genera el esconder nuestros miedos).

2 Sea seguro reconocer nuestros errores (lo cual genera mayor propensión a asumir riesgos calculados).

3 Se fomente decir "en este tema necesito ayuda".

Todo esto arranca por líderes que deben dar el ejemplo sin dobles mensajes pegados con cartelitos en las paredes que luego son contradichos a diario. En cuanto a nosotros como individuos, para saltar más alto también necesitamos confiar. Y con esto no me refiero a "entregarse al Universo". Todo lo contrario. Confianza en uno mismo implica sentir que se poseen las capacidades y recursos para afrontar un cambio. Ser capaces de saltar mejor requiere:

1 No ningunear nuestros miedos (dándoles así más fuerza desde las sombras), sino mirarlos a los ojos para entender qué se esconde tras ellos e iniciar el proceso de desmontarlos.

2 Trabajar desde nuestros cuerpos entendiendo que podemos reaprender a movernos y proyectarnos distinto en el mundo, con mayor apertura y seguridad.

3 Entrenar nuestro músculo adaptativo introduciendo pequeñas variaciones en las rutinas cotidianas, como variar el camino que hacemos para ir al trabajo, cambiar el lugar desde donde comenzamos a leer el diario o explorar preguntas diferentes al conversar con alguien.

El autor es coach ejecutivo y autor del libro Lunes felices

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