Como los médicos, los economistas no saben todo

Juan Carlos de Pablo
(0)
1 de abril de 2018  

El 14 de marzo pasado falleció el científico británico Stephen William Hawking. Tenía 76 años. A los 22 años los médicos le habían diagnosticado esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y le dijeron que le quedaban pocos años de vida. ¿Qué significa que Hawking haya vivido medio siglo más de lo que en su momento le pronosticaron aquellas personas que lo atendían?

Sobre el particular consulté al holandés Bernard Mandeville (1670-1733), quien al igual que su bisabuelo, su abuelo y su padre, era médico. Francois Quesnay y Nicholas Barbon son otros ejemplos de personas que practicaron la medicina e incursionaron en el terreno económico. Mandeville, entre los economistas, es conocido por La fábula de las abejas, o vicios privados, beneficios públicos, que publicó en 1714.

-¿Cuál es la idea central que plantea su obra?

-Quise ilustrar que el hecho de que los beneficios públicos pueden resultar de los vicios y no de las virtudes privadas, lo cual a primera vista luce paradójico. En la fábula todos son viciosos, pero el conjunto es rico y poderoso. Los vicios derivados del lujo (consumo innecesario), el orgullo (exhibición vana y convencional), la avidez, la envidia y la avaricia, es decir, las diferentes formas de interés propio, contribuyen a la prosperidad. Si una nación restringe su consumo de bienes suntuarios extranjeros para vivir con mayor frugalidad, solo conseguirá que su propia prosperidad disminuya, ya que los países exportadores de artículos de lujo se verán incapacitados a su vez para importar las mercaderías que aquella produce. La sociedad se funda en las dificultades que los hombres encuentran en la satisfacción de sus apetitos, y es posible gracias a su sensibilidad a las alabanzas (amor propio) y su capacidad para la hipocresía.

-Con razón que John Maynard Keynes, en La teoría general del empleo, el interés y el dinero , a su obra le dedica nada menos que tres páginas.

-Porque racionalizaba sus propuestas. Recuerde que su libro fue escrito en 1933 y publicado en 1936, es decir, durante la Gran Depresión, cuando existía un déficit generalizado de demanda de productos y de empleo de mano de obra. Circunstancias que, afortunadamente, nunca se volvieron a repetir. La aclaración es importante porque, antes de aplicar todo esto a su país, en la actualidad hay que verificar si sigue siendo relevante.

-Que Hawking haya vivido medio siglo más de lo que le pronosticaron cuando detectaron su enfermedad ¿no es un papelón para la medicina?

-De cada caso como este se puede hacer una mala lectura y también una buena. La mala lectura consiste en burlarse de la medicina, hacer la apología de la ignorancia, etcétera.

-¿Cuál es la buena lectura?

-Que todo profesional, particularmente frente a un caso concreto, tiene que ser prudente. Resulta patético, en cualquier disciplina, escuchar a algún profesional hablar de manera enfática, como si el énfasis de su discurso lograra disminuir la inevitable incertidumbre referida a la realidad de la que se está ocupando.

-¿En economía también?

-Probablemente, más que en medicina. Esto tiene que ver con el hecho de que, en los medios de comunicación, los economistas hablan de macroeconomía, mientras que en general los médicos se refieren a casos individuales. De cualquier manera, los facultativos que atendieron a Hawking le tendrían que haber dicho que en promedio quienes padecen ELA viven cinco años desde que se detecta la enfermedad y que, según la experiencia conocida entonces, el 15% de esos enfermos vivieron por lo menos 10 años.

-Pero nunca a nivel individual

-Exacto. Además de lo cual algo puede ser cierto en el momento en que se diagnostica la enfermedad, pero se pueden descubrir nuevos procedimientos, o inventar nuevos remedios. El caso de Paul Anthony Samuelson es ilustrativo al respecto.

-Descríbalo, por favor.

-Mejor reproduzco lo que él dijo en una autobiografía: "De joven era muy ansioso porque estaba convencido de que la corta vida de mis ancestros también me iba a tocar a mí. Mi padre murió joven, cuando yo tenía 23 años. Temía que me sucediera lo mismo, y ello resultó muy traumático. Afortunadamente, cuando llegué a los 35 años la medicina había transformado la hipertensión en una enfermedad tratable. Mi autobiografía se podría titular: Tiempo de descuento". Falleció en 2009, cuando contaba 94 años.

-Volvamos a la cuestión de lo que se sabe y lo que no.

-Toda disciplina, como la medicina, la economía, el derecho, etcétera, tiene principios generales básicos, conocimientos específicos, historia, etcétera. El buen profesional combina todo esto. Desconfiaría de un médico que no supiera interpretar mis análisis o mis radiografías, pero también de alguien que intentara curarme exclusivamente sobre la base de lo que enseñó Paracelso.

-Usted enfatiza mucho el valor de la cautela.

-Ocurre que los profesionales saben algunas cosas, pero ignoran muchas otras; no porque sean brutos -algunos lo son, en todas las profesiones-, sino porque la incertidumbre es una faceta inexorable de la vida. Me aterra quien afirma que "sin ninguna duda"; prefiero interactuar con gente que adopta decisiones sabiendo que está llena de dudas.

-Don Bernard, muchas gracias.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios