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El ocio como filosofía, mucho más que no hacer nada

Tomás Donovan
Tomás Donovan PARA LA NACION
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1 de abril de 2018  

En su magnífico libro El ocio y la vida intelectual, el filósofo Joseph Pieper denuncia y expone las consecuencias de asociar el término "ocio" con el de "pereza" o desidia. Claro, desde una perspectiva pragmática y utilitarista en la que el trabajo configura el centro de la existencia, pareciera que el ocio, entendido como ausencia de productividad o eficiencia, equivale a inercia, liviandad, reposo o esparcimiento.

En otras palabras, nos hemos acostumbrado a que el ocio ocupa el lugar pasivo del descanso, esa especie de paréntesis u oasis funcional, en última instancia, del mundo laboral.

Lejos de ello, el ocio, arguye el pensador alemán, tal como fue concebido en la antigüedad, es el "espacio en el que el hombre se encuentra consigo mismo, cuando asiente a su auténtico ser. La esencia de la pereza, en cambio, es la no coincidencia del hombre consigo mismo".

Dicho de otra forma, detrás de un workaholic se puede esconder un haragán envilecido cuya zona de confort es la rutina agobiante de preocupaciones laborales. Una vida sin ocio, desde esta óptica, se vuelve vacía, hiperactiva y tediosa. Esto se ve con claridad cuando llega la época de vacaciones y no sabemos qué hacer con nuestra vida no laboral.

Advertimos que durante el año no cultivamos realmente el ocio, sino que lo usamos como un medio para otra cosa. Y cuando esa otra cosa falta (el trabajo), caemos en la náusea existencial de la que hablaba Sartre. Y las series de televisión y las redes sociales nos salen al auxilio cual narcóticos camuflados. "Dime lo que haces en tu tiempo libre y te diré quién eres" sería un buen apotegma para sintetizar esta conexión entre ocio e intensidad vital.

Curiosamente, la palabra negociación proviene del latín negotium, que significa negación del ocio. Es decir, desde la exégesis contemporánea, se vincula con el mundo de la acción y de la eficiencia; con la disciplina aplicada a las cosas prácticas y útiles. Sin embargo, desde la perspectiva iluminada por Pieper, podría significar la ausencia de esa dimensión desinteresada y contemplativa en la que el hombre procura encontrar sentido ulterior a su existencia. Ese espacio de soledad y recogimiento en el que, como diría Ortega, el hombre procura ensimismarse y reencontrarse, para salir de nuevo al mundo más pleno, intenso y consistente.

No hay nada más contraproducente para un negociador que su ausencia de ocio. Y en este sentido el origen etimológico de la palabra atenta contra su esencia profunda. Lejos de ser una máquina productiva de hacer, convencer y hablar, un gran negociador es alguien que forja relaciones de confianza gracias a mostrarse tal como es; sin aparentar ni procurar impresionar a los demás.

Baudelaire dijo alguna vez que la capacidad de asombro y la espontaneidad son los dos atributos nucleares de todo artista. Creo que esto vale también para un buen negociador, pues la primera le permite adentrarse con genuina curiosidad en la complejidad singular del mundo del otro (requisito esencial para gestionar las diferencias con creatividad); y la segunda lo habilita a desenvolverse con soltura y frescura, libre de los prejuicios y temores inherentes a todo conflicto.

Difícilmente podamos desarrollar estas dos cualidades si no recuperamos la concepción original del ocio; ese espacio cotidiano destinado al autoconocimiento y a la reflexión desinteresada sobre la propia existencia. Fácil de decir, pero ¡qué difícil ser un negociador ocioso en el mundo de hoy!

Socio de Ingouville, Nelson & Asoc.

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