La Justicia y el lodazal persistente

Martín Rodríguez Yebra
(0)
1 de abril de 2018  

¿Tuvo precio la liberación de Cristóbal López? La pregunta se instaló primero como un rumor hasta convertirse en sospecha y desatar al final una conmoción pública que expone la precariedad institucional de la Argentina.

Tal vez no se sepa nunca si realmente mediaron maniobras oscuras para que uno de los empresarios emblemáticos de la era kirchnerista saliera de prisión con una rebaja sustantiva del delito por el que se lo investiga. Pero no hizo falta una intrincada teoría de la conspiración para que estallara una crisis en el sistema político, con foco en la Justicia.

Es la tiranía de lo verosímil: un tribunal conformado con reglas poco transparentes, un juez que firma el fallo en una causa de enorme complejidad horas después de recibir el expediente, un cambio de carátula que convierte casi en una falta administrativa la maniobra para construir un imperio económico con dinero que pertenecía al fisco.

El Gobierno se indignó, Elisa Carrió hizo de sí misma y presentó una denuncia, la Corte Suprema tuvo que apelar a la acción sin precedente de pedir que se investigue cómo fue que se conformó la sala que favoreció a López por dos votos (Jorge Ballestero y Eduardo Farah) contra uno.

La sola duda describe el lodazal en que se pretende juzgar la corrupción kirchnerista. Son procesos que avanzan en un zigzag vertiginoso dentro del inexpugnable fuero federal porteño. De las detenciones preventivas en masa a las liberaciones urgentes. Tribunales que se conforman y se diluyen con criterios no siempre uniformes. Jueces que se ofrecen como verdugos de poderosos caídos en desgracia para expiar deslices pasados. Grabaciones pensadas para ser secretas que circulan alegremente en los canales de televisión.

Si alguien soñó con un mani pulite argentino tendrá que conformarse con una sátira en la que los protagonistas no son héroes dispuestos a dar la vida por hacer justicia sino los integrantes de una corporación entrenada para defender a muerte su parcela de poder.

Mauricio Macri creyó que a los jueces, como a la economía, podría aplicarle la receta gradualista. Una sucesión de reformas sin estridencias -y sin renunciar a algunas mañas viejas- que a la larga diera el resultado esperado de diluir la influencia de los jueces federales, a los que acusa de garantes de la impunidad. La Corte leyó otra cosa. Intuye una jugada para controlar el Poder Judicial y empezó a actuar a la defensiva.

Esta guerra de poder incomoda a los jueces, marcados por un desprestigio persistente en la opinión pública, pero no deja de golpear al Gobierno. La Argentina reluciente -de reglas claras y oportunidades de negocios- que quiere vender al mundo contrasta con el imperio de inseguridad jurídica que se ventila alegremente desde hace dos semanas.

Al final el interrogante que interpela al poder no es qué hizo salir a Cristóbal López de la cárcel. Es otro que se repite sin respuesta desde mucho antes de Macri: ¿quién querrá invertir en un país donde la balanza de la Justicia se inclina por fuerzas caprichosas, imprevisibles y a menudo inconfesables?

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.