BARRACAS AL SUR, LA MUERTE

Alberto Barceló (1873-1946), diputado y senador nacional conservador, gobernó Avellaneda a discreción, y durante casi medio siglo grabó en su territorio un estilo que hasta hoy es difícil de borrar: política y delito
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21 de junio de 1998  

El 22 de octubre de 1933 una multitud marchaba por la aenida Mitre llevando en andas un féretro cubierto por la bandera nacional. Aguardaba al cortejo en el cementerio el intendente Alberto Barceló, que desde 1909 era el hombre más poderoso de la ciudad. ¿Quién era el muerto? ¿Quizás otro dirigente político? Dentro del ataúd de caoba se iba de este mundo Juan Ruggiero, conocido como Ruggierito, el pistolero que manejaba el juego clandestino, la prostitución y la violencia política en la ciudad. Había sido acribillado en la vereda de la casa de su amante, en Dorrego 2049 de Crucecita, desde un auto.

Avellaneda se creó en 1906, durante la gobernación de Marcelino Ugarte. Antes se llamaba Barracas al Sur, y sólo la separaba del barrio porteño de Barracas un angosto y pestilente brazo del río. Al comienzo habían sido unos ranchos de barro y paja. Se fueron juntando, a un lado y otro del Camino del Sur (que más tarde se llamó avenida Mitre), fábricas y talleres asentados sobre unas tierras que con frecuencia se inundaban. Saladeros, luego frigoríficos. En 1933, cuando se firmó el pacto Roca-Runciman, la Argentina proporcionaba el 60% de las importaciones y el 30% del consumo total de carnes en el Reino Unido. En 1856, en Barracas al Sur vivían 5099 vecinos. En 1947, el censo de Avellaneda registraba 273.839 habitantes. Entre 1870 y 1960, la población creció treinta y cinco veces cuando en toda la Argentina en ese lapso lo hizo diez veces y en Estados Unidos, cuatro.

¿Cómo se gobernaba un lugar semejante, barriada proletaria a veinte minutos de la avenida Corrientes, El Dorado de aventureros, capital del delito y semillero de fortunas rápidas? Para contestar esa pregunta habría que repasar toda la historia de la Argentina, pero me limitaré a la figura de Alberto Barceló (1873-1946), un hombre que estuvo estrechamente asociado al poder en Avellaneda.

Descendía de un catalán de Arenys de Mar que fue comerciante en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, y socio de Justo José de Urquiza. El abuelo de Barceló se vino a Barracas al Sur montando un parejero y con una lanza que le había regalado Urquiza en la diestra. Por lo menos seis hermanos de Alberto Barceló tuvieron cargos en Avellaneda. Dos de ellos, Domingo y Emilio, ocuparon también la intendencia, y otros fueron jueces de paz, diputados provinciales, comisarios. Ya a comienzos de siglo, el nombre de Alberto Barceló pesaba en la política, bajo el influjo de Adolfo Alsina y de Carlos Pellegrini. Barceló fue diputado y senador provincial, senador nacional y candidato a gobernador para las elecciones de 1940, anuladas por la intervención decretada por el presidente Roberto Ortiz. Fundó su propio partido, el Provincialista (1923). Tras el golpe de Estado de 1930, se integró en una confederación conservadora: el Partido Demócrata Nacional.

Entre 1909 y 1917 fue intendente de Avellaneda, y volvió a serlo en 1924, 1927 y 1932, hasta que en los años 40 su estrella se fue apagando. Si bien para Helvio I. Botana, ahijado de Barceló e hijo de Natalio, el fundador de Crítica, "la generosidad (de Barceló), no restringida por la política, se derramaba en sus opositores", éstos no le ahorraron improperios.

"Señor de horca y cuchillo" le dijeron, por ejemplo, durante un debate en el que se discutió su diploma de senador provincial. Barceló podría haber suscripto lo que dijo de sí mismo Al Capone: "Soy un fantasma forjado por millones de mentes". El gángster de Chicago, una ciudad con la que se comparó Avellaneda, era considerado en los años 30 el Enemigo Público Nº 1, pero era un ciudadano de conducta privada tan virtuosa que finalmente sólo pudo ser condenado por evadir impuestos. Anécdotas de Barceló hay muchas, y más de una quizá la inventó él mismo. Se decía, por ejemplo, que sus enemigos lo citaban por la noche en parajes solitarios y oscuros, a los que siempre acudía solo y donde nunca había nadie.

El poder de Alberto Barceló se basó en el progreso indiscriminado y caótico de Avellaneda, en la creación de empleos, lícitos o ilícitos, y en el favor como contraprestación política, así como en la aniquilación drástica de los rivales.

Barceló era un hombre de acción, y si hubiera leído algunos de los análisis ideológicos que se hicieron de su política, seguramente hubiera sonreído con escepticismo. Pero, ¿quién era Ruggierito?

Juan Nicolás Ruggiero, hijo de un carpintero napolitano, a los 14 años ya pegaba carteles para el comité conservador de don Alberto. Luego pasaba por la Intendencia de Avellaneda a buscar la comida que los conservadores repartían a los pobres. Ruggierito ganó fama cuando sostuvo un tiroteo con bandas rivales en la vereda de un burdel regenteado por don Enrique Barceló (llamado Enrique el Manco), hermano del caudillo, del que Ruggierito era custodio.

Ruggierito se hizo un nombre como pistolero audaz y fiel a la causa. Su cuartel general estaba en el comité de la avenida Pavón 252. Por las dudas, mantenía siempre algún negocio legal como tapadera; por ejemplo, la concesión de líneas de colectivos en Avellaneda. En su documentado y ecuánime Barceló, Ruggierito y el populismo oligárquico (1966), Norberto Folino transcribe un diálogo con el ex periodista y ex comisario Esteban Habiague, a quien Barceló, en recompensa por los servicios prestados, hizo diputado provincial. Habiague pinta así a Ruggierito:

"Retacón, medido, de una guapeza contenida pero evidente, sabía hablar. Se codeaba con los hombres de gobierno... Si algún opositor se ponía un poquito pesado en un comicio, si algún principista ciego se empecinaba en denunciar este negocio municipal, ahí estaba Ruggierito y sus muchachos de gatillo rápido. Ya don Alberto, con esa gran muñeca que todos le reconocían, hablaría luego al juez de turno en la tertulia del Jockey. De Avellaneda, en esa época macanudísima, nadie entraba a pudrirse en Sierra Chica" (sede de un penal).

El prontuario de Ruggierito incluía antecedentes por robo, juegos prohibidos, abuso de armas, lesiones y homicidio, por lo menos. En la época hubo otro matón célebre, Julio Valea (el Gallego Julio) que trabajaba para los radicales, y cuyo asesinato por un tirador emboscado en el hipódromo de Palermo algunos adjudicaron a Ruggierito (total, ¿qué le hacía una mancha más?). El Gallego Julio estaba en el paddock mirando a su caballo Invernal, que disputaba la última carrera, cuando lo alcanzó la bala.

Según el diario Crítica, "en menos de tres años, se cuentan más de cuarenta crímenes sin que uno solo haya sido esclarecido".

Quién mató a Ruggierito? ¿Fue un ajuste de cuentas? Nunca se supo. Se sospechó de Barceló como instigador, pues en un acto político en el barrio La Mosca se habían escuchado gritos de "Barceló, no; Ruggierito, sí". Al anunciar el crimen, Crítica calificó a la víctima como "asesino" y el diario vespertino rival, Noticias Gráficas, como "dirigente conservador". Juan Ruggiero le había comprado una casa a los padres en Ranelagh (provincia de Buenos Aires) donde existió muchos años una estatua de cuerpo entero erigida en su memoria.

Conservadores y radicales vivieron peleados, pero a veces se mezclaron. Hipólito Yrigoyen, a quien Barceló combatió y odió, solía incursionar en Avellaneda, e incluso vivió allí, en la esquina de Beruti y Belgrano.

En 1921, el puntero radical Angel Bálsamo, que actuaba en Villa Pobladora, fue asesinado a balazos y puñaladas. La prensa acusó del hecho a los partidarios del entonces candidato conservador a la gobernación, Rodolfo Moreno (h.). Los autores materiales e intelectuales del crimen nunca fueron conocidos.

El diario El Pueblo, ya en 1911, al hablar del auge de la delincuencia en la ciudad fomentado por el poder de los Barceló, decía que las "hordas de Atila o Alarico habían entrado en Avellaneda".

A esta mala vida se sumaban la creación, en 1932, del Partido Fascista Argentino, cuya sede estaba precisamente en Avellaneda, y las andanzas de los grupos paramilitares promovidos por la Legión Cívica Argentina, que salían a castigar judíos. Sobre las hazañas de algunos policías escribió Beatriz Guido un espeluznante espisodio en Fin de fiesta, cuando el comisario Antonio Requena aprieta a un político rival, que grita a sus verdugos "¡Redobloneros, matones, sirvientes de ese hijo de puta de Braceras". Ficción con fuertes dosis de realidad.

El historiador Miguel Angel Scenna define el gobierno municipal de Barceló como "duro, implacable, paternalista, mechado de violencia, fraude y corrupción", pero en su gestión abundaron las obras públicas, se hizo el primer censo municipal y se inauguró el Hospital Fiorito, construido en parte con la donación de 625.000 pesos hecha por los hermanos Fiorito, rematadores de la zona que lotearon tierras y las vendieron a plazos a muchos obreros y empleados.

Las chimeneas de las fábricas, el Riachuelo, los pajonales de la Isla Maciel fueron inmortalizados en los cuadros de artistas como Fortunato Lacámera. Avellaneda era la ciudad de la industria. Junto con los frigoríficos La Blanca, inaugurado en 1902, o Wilson, en 1914, prosperaban prostíbulos y casas de juego, a los que la policía otorgaba protección. Según la ordenanza de 1909, los burdeles debían establecerse en ambas aceras de la calle Saavedra, entre las de Lavalle y Montes de Oca, tener las ventanas y celosías siempre cerradas, aunque "las piezas debían estar convenientemente ventiladas, tener una altura de 3,50 metros y una capacidad de aire de 30 metros cúbicos".

En la Isla Maciel (donde nació Ruggierito, en 1895) funcionaba el célebre lupanar El Farol Colorado, con pupilas francesas y polacas, importadas por la organización de trata de blancas Zwi Migdal, la misma que tenía desde 1911 un camposanto propio que el pueblo llamaba el Cementerio Rufián. A ese "...turbio atracadero de la gente nochera" dedicó Enrique Cadícamo un poema:

Ahí bajaba del bote la runfla calavera,

a colocar su línea y tirar su espinel,

se llamaba ese puerto El Farol Colorado,

y en su atmósfera insana, en su lodo y su

intriga,

floreció la taquera de la lata en la liga,

de camisa de seda y de seno tatuado.

Carlos Gardel frecuentaba los comités conservadores de los años 20 y 30, y solía cantar en fiestas y actos preelectorales. Hay fotos en las que aparece Gardel junto a Barceló y Ruggierito. Simon Collier, en su biografía del cantante, admite que el intendente de Avellaneda pudo haberle conseguido a Gardel documentos de identidad que le permitieron a éste zafarse del servicio militar en Francia, donde era requerido por haber nacido en Toulouse. También según Collier, el jefe de la policía de la provincia de Buenos Aires Cristino Benavídez quizás ayudó a Carlitos, pues se conocían de ciertas noches bravas en el cabaret Armenonville. En 1930, Gardel había grabado el tango Viva la patria, de exaltada adhesión al golpe de Estado de 1930.

Desde 1918 regía la ley Sáenz Peña, que establecía el voto secreto y obligatorio, pero las elecciones eran una parodia de democracia. Estos eran algunos de los métodos usados para adulterar los comicios: urnas de doble fondo, recuento tramposo de los votos, intimidación a los votantes por matones, tráfico con libretas de enrolamiento de ciudadanos muertos (un político valía por la cantidad de libretas que consiguiera, y se dice que el puntero conservador Cayetano Ganghi le llevó un día a Carlos Pellegrini, en carretilla, doscientas libretas, para conseguir su aprobación).

La oposición a los conservadores bautizó el sistema -que a veces también usó- como fraude oligárquico. Los conservadores dieron vuelta el término: lo llamaron fraude patriotico, y muchas veces lo justificaron sin pudor.

Manuel Fresco (1888-1971) fue un político unido a Barceló, lo mismo que el presidente (general e ingeniero) Agustín P. Justo. Fresco, médico de profesión, fue concejal en Avellaneda y Morón, gobernó la provincia de Buenos Aires entre 1936 y 1940 y realizó obras públicas como la ruta 2, el casino de Mar del Plata, la cárcel de Olmos y muchos kilómetros de caminos. Su sucesor debía ser justamente Barceló, pero Ortiz intervino la provincia y anuló las elecciones, que para no variar habían sido fraudulentas. "La mera agregación numérica de votos... emitidos en el sigilo y la oscuridad, no confieren por sí mismos ni autoridad, ni estabilidad, ni aptitud, ni principios fecundos de acción", dijo en la Legislatura de la provincia Fresco, que años después creó un partido, la Unión Nacional Argentina Patria.

Don Alberto Barceló

Historiadores, cronistas y biógrafos suelen coincidir en que Barceló practicaba la violencia política, fomentaba la corrupción y servía dócilmente a los ricos, pero también admiten su popularidad. Ya en diciembre de 1915, durante un debate parlamentario, el diputado socialista Enrique Dickmann se planteaba el dilema que los adversarios de Barceló no terminaron de resolver, por lo menos hasta 1946: "En Avellaneda domina una dinastía inconmovible que tiene sobre el pueblo un poder de sugestión... inexplicable, porque los señores Barceló jamás han hablado, jamás han dicho una palabra, parece que son mudos...; la mayoría del pueblo de Avellaneda está con ellos, caso único en la democracia del mundo". Ese uso del silencio acerca a Barceló a su enemigo Yrigoyen (pero no hay que olvidar que Yrigoyen tuvo dimensión nacional y Barceló no pudo salir de Avellaneda). Barceló, señala Folino, "no es hombre de fortuna, ni orador, ni escritor, menos un ideólogo, tampoco un profesional de éxito". Entonces, ¿cuál fue su secreto?

El 11 de octubre de 1945, el coronel Juan Domingo Perón arengó a 50.000 partidarios casi en las puertas mismas de la residencia (un palacio) que se había construido Barceló en Avellaneda, y que alternaba con su mansión de vacaciones en Monte Grande. "Soñamos con un futuro en el cual el pueblo nombre a sus representantes... eligiéndolos no entre los más hábiles políticos ni entre los más camanduleros para hacer un fraude, sino entre los que hayan probado que son honrados y leales a la clase trabajadora."

El título de la novela de Beatriz Guido alude a que la fiesta de la oligarquía argentina terminó con Perón: en la escena final del libro, que Leopoldo Torre Nilsson convirtió en un film, los nietos de Braceras (Barceló) cruzan el puente hacia la Capital, huyendo de Avellaneda; el viejo caudillo ha muerto y algo está surgiendo: los seguidores de un coronel también cruzan el Riachuelo. Como la historia suele replantear de manera tozuda parecidos interrogantes, el lector de 1998, al leer esta crónica, puede hacerse, junto al autor, estas preguntas: ¿terminaron los caudillos?; ¿terminó la política asociada al delito?; ¿terminaron todas las formas de fraude, el cargo público como prebenda, el favor personal como contrapartida del voto, el negocio privado asociado al negocio público?

Mientras tanto, la saga de Alberto Barceló, Juan Ruggiero y la antigua Barracas al Sur puede revisitarse con nostalgia en muchos testimonios del arte argentino. Por ejemplo, en los versos de José González Castillo que cantó Carlos Gardel:

Una noche en Barracas al Sur,

una noche de verano,

cuando el cielo es más azul

y más dulzón el canto

del barco italiano...

Texto: Alvaro Abos Ilustraciones: Carlos Nine

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