Eduardo Gómez: una prima lo buscaba en los hospitales porteños, disfrazada de enfermera

Norma Gómez es la hermana del soldado chaqueño Eduardo Gómez
Norma Gómez es la hermana del soldado chaqueño Eduardo Gómez
Fernando J. de Aróstegui
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2 de abril de 2018  

El conscripto del Ejército Eduardo Gómez sirvió en el Regimiento de Infantería 4, que el 12 de junio de 1982 libró la batalla de Monte Harriet. Y allí cayó. Pero su familia no fue notificada del hecho. Y, al terminar la guerra, los Gómez debieron librar otra batalla: una para obtener información oficial sobre el destino desconocido de Eduardo.

Su hermana Norma contó que entonces, en el Chaco, familiares y vecinos juntaron plata para que Omar -otro de sus hermanos- y su prima Elda viajaran a Buenos Aires a buscar precisiones sobre el paradero de Eduardo. En la Capital, luego de varios esfuerzos infructuosos deambulando por distintas reparticiones oficiales, apelaron a una estrategia cinematográfica: Elda se disfrazaba de enfermera y se colaba en los hospitales para tratar de encontrar a Eduardo entre los heridos.

Después de unos días, el caso tomó publicidad al ser editado por una revista, que tituló: "¿Dónde está Eduardo Gómez?". Entonces Elda y Omar fueron citados por el Estado Mayor Conjunto. Pero la información que les dieron allí no era la que buscaban: "Nos dijeron que si no volvíamos de inmediato al Chaco, mi madre perdería otro hijo, por Omar: lo iban a hacer desaparecer", recordó Norma. Así que luego de tres meses de búsqueda, se volvieron.

Toda la violencia que la familia Gómez sufrió desde el inicio de la guerra nada tenía que ver con la apacible y humilde vida rural que hasta entonces llevaba en la localidad chaqueña de Berthet. Allí, en un campo de cinco hectáreas, toda la familia se apretaba en un reducido rancho de adobe: Eduardo, sus tres hermanos, su madre Estelvina y su abuela Dionisia.

"Su infancia en el Chaco fue alegre y humilde", recordó Norma.

Para alimentar a la familia, Eduardo cazaba con una escopeta guasunchos (un tipo de ciervo), liebres y tatús. Y su abuela ordeñaba una vaca. Los chicos tomaban la leche sin hervir, acompañada con batatas, mandiocas y zapallos. En inmensas mesas familiares, los Gómez compartían el cerdo y el pan que Eduardo sabía cocinar en el horno de barro, y donde también cocinaban balines de tierra para cazar pajaritos, que al día siguiente comían en el desayuno.

Nada tampoco tenía que ver la temperatura tórrida del Chaco con el clima helado y lluvioso de las islas. Ni las flores violetas de los jacarandás y las amarillas de las tuscas que sombreaban el candente rancho con el lodazal adonde luego cayó Eduardo.

De naturaleza pacífica, solo se enojaba cuando perdía River y recibía las burlas cándidas de su abuela boquense. Y aunque se llamaba Eduardo, desde chico le decían Carlitos por el terror que le provocaba un extravagante vecino llamado Carlos. En el pueblo todos lo conocieron como "Carlos Gómez".

Al terminar el colegio primario se dedicó a distintas tareas rurales: trabajaba en la cosecha del algodón y con un hacha hacía destronques.

Así transcurría su vida, hasta que en 1981 viajó a Corrientes para hacer el servicio militar. Al año siguiente, a través de una carta suya, su familia se enteró de que había sido derivado a las Malvinas, de donde ya no volvió.

A finales de 1982 el Estado confirmó la muerte de Eduardo. "Pero no les creímos", explicó Norma. La falta de evidencia sobre la caída de Eduardo alimentó las improbables esperanzas de que aún estuviera vivo.

En la mesa de Navidad de ese año, su abuela Dionisia puso un plato de más por si Eduardo aparecía intempestivamente. Norma asumió la muerte de su hermano después de aquellas Fiestas amargas. "Me siento muy identificada con los familiares del ARA San Juan por la incertidumbre ante la falta de información oficial", comparó Norma. Su madre, en cambio, siguió esperando siempre la aparición de Eduardo. Hasta que el año pasado murió sin conocer la noticia de la identificación de su hijo.

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