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Néstor Miguel González: el amante de la danza que llevó su fervor patriótico a las islas

El hermano de Patricia González, Néstor, era de La Plata y cayó en las islas
El hermano de Patricia González, Néstor, era de La Plata y cayó en las islas
Fernando J. de Aróstegui
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2 de abril de 2018  

A nadie sorprendió la resolución épica con la que Néstor Miguel González partió a luchar en la Guerra de Malvinas. Miembro de una asociación tradicionalista, su amor patriota se había forjado a golpes de botas de potro sobre la tierra, mientras celebraba su gran pasión: la danza. Chacareras, pericones, huellas y triunfos sirvieron para modelar su ferviente carácter nacionalista.

De una naturaleza inusualmente madura para sus escasos 20 años, las cartas que Néstor le escribía a su familia desde las islas rezumaban tranquilidad. Lo cual no impedía que incluyera notas alegres. Como cuando le contó a su padre, amante de la cocina, que habían comido una oveja frita en su propia grasa: "¡Te voy a pasar la receta!".

Pero las cartas de Néstor dejaron de llegar cuando cayó bajo las bombas inglesas en Wilde Ridge, cerca de Monte Longdon. Su familia no fue notificada del hecho en ese momento. Y cuando terminada la guerra las tropas volvieron al Regimiento 7 de Infantería Mecanizada, en La Plata, donde había servido Néstor, fueron allí a recibirlo.

"Llegaban los micros y bajaban los soldados, pero él no aparecía", contó su hermana María Alejandra. Entonces, un suboficial amigo de su padre le recomendó: "No lo busques: Néstor quedó allá". Y aunque la información fue confirmada por un oficial, muchas versiones encontradas (que Néstor podría estar en Campo de Mayo o en el sur) sirvieron para alimentar esperanzas vanas, que Elena, la madre, abrigó un tiempo.

Néstor había nacido en La Plata, donde vivía con Raúl, Elena y cinco hermanos. Sin vocación por el estudio, abandonó el colegio secundario en tercer año. Entonces, entró a trabajar en la zapatería de un tío, donde aprendió los rudimentos del oficio. Hasta que más adelante, se independizó y abrió El Borceguí con dos socios, Cucho y Olga.

Obsesivamente pulcro, fijaba con Lord Cheseline su pelo encrespado que brillaba tanto como sus mocasines negros, siempre impecables. Junto a sus chombas Penguin y sus pantalones de gabardina formaban su selecto vestuario, en el que jamás incluyó un par de jeans. En el bolsillo trasero de su pantalón nunca faltaban un peinecito y un pañuelo.

Sin embargo, la mejor y más fiel versión de Néstor aparecía los viernes. Vestido con chiripá, sombrero y botas de potro, sin falta asistía junto a toda su familia a las ansiadas peñas celebradas por la Agrupación Tradicionalista y Campo de Pato la Montonera, en Ensenada.

Cada edición reunía a unas 70 personas de todas las edades, que se divertían bailando, mirando jineteadas y cantando. Néstor había heredado su vocación por la danza de su padre, que era profesor. Y su talento había quedado demostrado cuando con una hermana ganaron el primer premio de un concurso.

También de su padre había heredado la naturaleza nacionalista. Raúl le escribió en una carta enviada a las islas: "Cuídense. Pero si algo tiene que pasar, pueden estar orgullosos de que será por Dios, la patria y por nosotros".

Aunque Néstor tenía solo 20 años cuando fue a Malvinas, María Alejandra rechaza con vehemencia que a los conscriptos combatientes se los llame "los chicos de la guerra". En cambio, explica que "fueron hombres". Dice que con seguridad su hermano habrá tenido miedo y llorado, pero destaca su gran valor.

Ella viajó el lunes 26 a las islas, donde en el cementerio de Darwin ahora Néstor, como otros 89 soldados recientemente identificados, tiene una placa con su nombre, "justo frente a la cruz mayor", precisó María Alejandra.

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