Los inmigrantes de antes

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
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29 de marzo de 2018  • 00:29

Muchos de nosotros somos hijos o nietos de inmigrantes. Y muchísimos otros son inmigrantes. Las personas que vinieron a nuestro país, a fines del siglo XIX y primera mitad del Siglo XX, eran en gran parte inmigrantes españoles e italianos (en mi caso personal, mi papá era griego) y, en menor medida, chinos, japoneses, etc.. Lo hicieron porque existía una situación de guerra o dificultad económica en su lugar de origen.

Fue así como un grupo se quedó en su país y otro vino para acá. Pero lo cierto es que ambos sufrieron por la guerra y sus consecuencias. Todos sufrieron y todos anhelaban progresar y prosperar. ¿Por qué hay gente que se quedó, por ejemplo, en Italia y otros italianos que se atrevieron a venir a América? ¿Cuál es la diferencia entre los que se quedaron en su país y los que salieron?

Aquellos que emigraron podrían ser vistos como personas con un rasgo de valentía que priorizaron los logros del momento, su individualismo, el "yo y mi familia tenemos que procurar un mejor futuro". Ellos buscaron la satisfacción o el avance a corto alcance. Mientras que los que permanecieron en su suelo natal priorizaron el proyecto a largo alcance, lo comunitario. En general, quien sale de su patria prioriza el riesgo, mientras que el que se queda se centra en el proyecto a largo plazo. Ambas actitudes son válidas.

Muchos de los que llegaron aquí, en una determinada etapa de la vida, comenzaron a sentir nostalgia. La nostalgia nos invade, metafóricamente hablando, "cuando el avión empieza a aterrizar". El italiano, o el español, que vinieron a nuestro país en la mitad de la vida empezaron a mirar hacia atrás como cualquiera de nosotros (lo que uno hace es mirar hacia atrás para revisar lo vivido). Y vio todo aquello que recordaba de su pasado y no se conectaba con el presente que estaba viviendo en esta tierra.

Es decir, que el inmigrante recordaba, por ejemplo, cuando tenía doce años y jugaba en su pueblo de entonces. Pero al observar su vida actual, no veía ningún pueblo y ningún niño de doce años parecido a él a esa edad. Tampoco disfrutaba de la comida ni se observaban las costumbres de su país. Entonces al no encontrar algo en su pasado que lo conectara con su presente, magnificó su pasado y eso dio lugar a la nostalgia. "¡Ay cómo jugaba yo en Italia! Allá tenía mi cochecito, mi pelota, mi muñeca de trapo"... y seguramente mientras jugaba caían bombas alrededor. Pero borró lo negativo y exaltó el cochecito que no era "como los de ahora", sino un juguete grande y bello.

Todo nostálgico, y esto no es privativo del inmigrante, empieza a ver su pasado y se da cuenta de que no coincide en nada con su presente. Es decir, que no tiene cómo anclarlo en el momento actual. Entonces maximiza lo bueno y minimiza lo malo de su pasado. La nostalgia nos invade porque no nos permite conectar con el presente.

Algunos de los inmigrantes que llegaron sintieron que no eran de allá (porque no estaban allá) y no eran de acá (porque no nacieron acá), por eso no pudieron echar raíces. ¿Para qué vino el inmigrante a la Argentina? Para trabajar. Su único proyecto era trabajar y no existía en su vida nada más que eso. Y como no volvió nunca a "su casa", su país de origen, vivió para trabajar. Uno deja de trabajar cuando regresa a su casa pero en este caso la casa quedó en Europa (o donde fuera su lugar de origen). Trabajar duro fue toda su satisfacción. No había desarrollo personal, ni actividad fuera del trabajo.

Ahora bien, trabajar duro le brindó la posibilidad de ahorrar. ¿Por qué? Porque era una urgencia hacerlo, no por ser avaro ni inseguro, ni por miedo al futuro, sino porque ahorrar era una satisfacción y el termómetro de que estaba trabajando bien. En términos generales, el inmigrante no se compraba ropa para lucirla sino para vestirse. Por eso, los hijos le decían: "Papá, compráte un pantalón nuevo". Y él contestaba: "¿Para qué, si ya tengo uno?". No encontraba satisfacción en la ropa, a menos que fuera para trabajar.

Sin embargo, muchos inmigrantes sí disfrutaban la comida porque comer era para estar fuertes físicamente y así poder trabajar. Su satisfacción era ahorrar y gastar principalmente en comida, porque era un fin en sí mismo y decir que gastaban para ellos era algo considerado superfluo.

Como se desarrollaba solo para trabajar, el inmigrante fue brillante. Por eso, muchos armenios, italianos, españoles, griegos, etc. progresaron a pesar de que no tenían estudio (algunos ni siquiera tenían el nivel primario completo). Pero eran hábiles para hacer negocios y conectarse porque toda su satisfacción era trabajar y no había otras fuentes de placer fuera de eso.

Supongamos que el trabajo es A. En el trabajo, hay que esforzarse pero también hay que disfrutar porque el trabajo es una bendición. Por eso, el inmigrante no veía B, ni C, ni D, ni H. No veía otras fuentes de satisfacción, por ejemplo: salidas, hobbies, etc. La vida es un abecedario que nos ofrece muchas letras para usar y disfrutar y siempre deberíamos procurar ir desde la primera letra hasta la última, porque cada una es una fuente de satisfacción.

Necesitamos aprender a disfrutar de cada situación vital que nos haya tocado experimentar. Sea en mi tierra o en el lugar donde esté viviendo, siempre tendré nuevas posibilidades de desarrollo, de expansión y de disfrute.

Hoy hay un nuevo tipo de inmigración totalmente distinto al que hemos analizado con otro nivel de conexión, etc., pero eso lo dejaremos para un nuevo artículo.

Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com

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