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Cor@zones

El ingreso de una nueva compañera en el trabajo le molestó, hasta que la conoció mejor

Señorita Heart
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30 de marzo de 2018  • 00:24

Sin dudas estaba atravesando una mala racha. Su matrimonio estaba "estancado" después de 19 años. Había sido dueño de diferentes locales gastronómicos pero ahora, hacía tres años que la vida era mezquina con su destino y en un cerrar y abrir de ojos, lo llevó de jefe a empleado de un restaurante. Eso sí, era el encargado y tenía que supervisar que todo marchara sobre ruedas. Fiel a su estilo responsable, todas las noches repasaba mentalmente el servicio y se aseguraba de que todos los mozos cumplieran con sus tareas.

Pero esa noche algo le molestó. Había una empleada nueva y no era nada más ni nada menos que la sobrina del dueño. "Yo estaba haciendo una carrera ascendente dentro del lugar y creía que esta chica casada y con hijos, iba a ser un estorbo para mis planes", recuerda Franco que, aunque no tenía intenciones de separarse, se aventuraba en relaciones extra-matrimoniales que lo distraían de la monotonía en la que se sentía inmerso. "No sé que paso, ni tampoco puedo decir que ella era lo que buscaba. Es más, ni siquiera me interesaba. Pero un día, sin querer, la empecé a mirar de otra manera. Ella era camarera de eventos y para mí era la mejor empleada: estaba bien predispuesta, sonreía y era amable Tenía otro empleo y hacía ese trabajo para ayudar a su marido con unas deudas".

PICO Y MEDIO

Crédito: Pixabay

Franco no podía dejar de mirarla. Una noche en una fiesta, ella estaba parada al lado de una barra con sus manos entrelazadas en la cintura y un impulso lo llevó a acercarse. Puso uno de sus dedos en la palma de ella que cerró su mano en una suerte de juego amistoso. "Qué extraña sensación", pensó él. "Fue algo mágico y, partir de ese día, me empecé a hacer el bocho. ¿Por qué lo había hecho? ¿Había sido un juego o una provocación? Algo extraño empezaba a surgir", asegura él.

Para fin de año, se encontraron en la fiesta de fin de año que organizaba el restaurante. Clara tenía que volver a su casa temprano y Franco lo sabía. Anticipándose a la despedida, la esperó en un pasillo que conducía a la puerta de salida y allí le dio "medio pico", según recuerda. "Ella me miró sorprendida pero no dijo nada y simplemente se fue". Pasaron algunos días y él sintió que era el momento de avanzar. "¿Vamos a tomar algo? Te espero dentro de una hora a la salida del trabajo". Ella asintió con una sonrisa. Se encontraron en un parque y se besaron apasionadamente. "Desde ese momento empecé a conocer a una mujer que no sabía que existía. Yo creía que eran todas como mi esposa: calculadoras, superficiales, nada cariñosas. Pero ella tenía algo especial".

Pasaron tres años inolvidables. Clara fue la primera mujer en la vida de Franco con quien él sintió el deseo de ser padre. "Para ese entonces ya llevaba 20 años de casado y nunca se me había ocurrido ser papá. Pero ella me llevó a decir eso. Pensaba que iba a ser una prolongación de ella. Hasta recuerdo que le decía que quería una nena exactamente igual a ella. Estaba enamoradísimo".

Tenían encuentros apasionados, a escondidas de sus parejas, de sus compañeros de trabajo, de los dueños del lugar donde estaban empleados. Pero las mentiras tienen patas cortas y en el trabajo descubrieron la relación. Ella tuvo que renunciar y tuvieron que buscar otra forma de verse. El auto pasó a ser su nido de amor y, sin quererlo ni haberlo planeado, comenzaron a pensar en una vida juntos.

Franco finalmente se separó. Pero Clara no pudo hacerlo como habían conversado, entonces le pidió un tiempo. "Ahí comenzó mi sufrimiento. La extrañaba muchísimo, miraba su foto y se me escapaba una lágrima. Los días, los meses, eran interminables. Hice terapia. Mi vida estaba en pausa. No tenía ganas de otro amor de otra mujer, sólo la quería a ella que era la que me había hecho sentir feliz". Franco rogaba al universo la reconciliación. Pero esta posibilidad estaba muy lejos. Él lo sospechaba: cada día que pasaba los distanciaba de una vida juntos sin vuelta atrás. "Ella siempre me preguntaba ¿vos me vas amar toda la vida? Y yo le decía que sí pero ella simplemente me decía que estaba muy segura de lo que sentía por mí. Jamás dijo que me amaba. El tiempo fue pasando y cuando escuchaba su nombre mi corazón se aceleraba. La veía en casi todos lados pero nunca era ella cuando me acercaba. Sufrí mucho ese tiempo y aprendí que hay amores que son puertos y otros que son puentes. Ella fue el puente para separarme, de otro modo yo hubiera seguido en una ceguera matrimonial. Jamás la volví a ver, ni quise saber de ella. Hoy, después de mucho tiempo, tal vez una década, puedo decir que el amor lo conocí por ella".

Si querés que la Señorita Heart cuente tu historia de amor en sus columnas, escribile a corazones@lanacion.com.ar

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