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Grandes Esperanzas

Tuvo un accidente, le diagnosticaron 5 años de vida pero luchó para cumplir sus sueños con su silla de ruedas

Alejandro Gorenstein
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30 de marzo de 2018  • 00:25

No hacía mucho que había terminado el secundario y para el año 1971 Luis Pompeo trabajaba en una agencia de publicidad que ya no existe. Ingresó, primero, como cadete, fue ascendiendo hasta que en menos de un año se abrió una vacante en el área de producción audiovisual y pasó a ser proyectorista. En ese momento, cuenta, no había tecnología como hoy en día y él operaba los proyectores que proyectaban las publicidades.

En 1972 surgió una campaña de Shell titulada "Baños limpios", en la que había que convencer a los dueños de las estaciones de servicio para que dejaran de tener "esas oficinas oscuras y baños sucios por un lugar atrayente donde la gente pudiera tomar algo". Esa tarea hizo que Luis tuviera que asistir a diversas reuniones como parte de su rutina laboral y la empresa le había alquilado un auto para la seguidilla de viajes que debía hacer. El 19 de abril había estado en Rosario, luego pasó por Córdoba y cuando manejaba hacia Mendoza, a la altura de Villa Mercedes (San Luis), el auto patinó, se fue al barro, dio cinco vueltas y un equipo de audio le dio justo en su columna. Al poco tiempo del incidente, una ambulancia lo trasladó hacia un hospital local. En la guardia lo vieron tan mal que hasta un cura le dio la extremaunción. Mientras tanto, una ambulancia se trasladaba a la zona para llevarlo a Buenos Aires. Hasta ese momento, él pensaba que se iba a recuperar, aún no era consciente de la gravedad de su lesión. La rotura de la columna había sido a la altura de la última dorsal, primera lumbar que, generalmente, deja inhabilitado a los pacientes desde la cintura hacia abajo.

Luis, que en ese entonces tenía 22 años, permaneció seis meses internado y finalmente decidieron no operarlo, ya que su columna se había soldado estando en cama con almohadas. Luego, lo trasladaron al centro de rehabilitación de la calle Ramsay, donde comenzó a tener un poco más de noción de lo que le estaba ocurriendo. "Un interno me dijo que no iba a caminar nunca más y luego me lo confirmó un médico. Hasta ese momento no sabía cuál iba a ser mi pronóstico, fue un gran golpe para mí. Junto con un grupo de chicos internados en las mismas condiciones pensamos en comprar un arma para suicidarnos en conjunto, pero no tuvimos el coraje, en el fondo teníamos ganas de vivir", recuerda. Paralelamente, la compañía en la que trabajaba tenía un seguro de vida. Un inspector fue a verlo y aludía que Luis estaba mintiendo sobre la gravedad de su lesión. Para colmo, un médico que lo trataba le dijo que tenía aproximadamente cinco años de vida. El panorama no podía ser más desalentador.

La promesa a sus padres

Mientras estaba internado y hacía kinesiología, sus padres iban todos los días a visitarlo, al igual que Amanda, su novia con la que estaban juntos hacía dos años. Paralelamente, Luis avanzaba en el tratamiento y cuando le dieron el alta llegó a caminar en muletas. Sin embargo, con el tipo de lesión que tenía le resultaba muy difícil poder lograrlo con cierta facilidad, por lo que en ese momento decidió vivir el resto de su vida en silla de ruedas. "Yo veía que mis padres estaban adelgazando mucho por cómo me veían. Y en ese momento les prometí que no me iba a pudrir en la cama, que con la silla les aseguraba que iba a ir a todos lados".

Por aquellos días, una kinesióloga que lo atendía le regaló unas palabras que a Luis le quedaron grabadas para siempre y que le sirvieron de impulso para no darse por vencido. "Mirá, quedate tranquilo, vos vas a ser independiente, el accidente te ha dejado musculatura necesaria para que seas independiente. Tu trabajo en la vida es intentar vivir para confundirte en la sociedad".

Luego de casi dos años de internación se fue a vivir con Amanda a un departamento que tenían sus suegros. Una de las cosas que más extrañaba era volver a manejar. Luis tenía un Fiat 1567 familiar al que le colocó controles ortopédicos para poder conducir con las manos. "La primera vez que logré hacerlo empecé a tener la sensación de que podía vivir. Me comí bocinazos, puteadas, de todo, pero a la vez tenía una alegría impresionante, eso me daba una gran independencia".

En 1974 regresó a trabajar a la empresa, pero lo colocaron como asistente administrativo ya que pensaban que ese puesto le iba a resultar más cómodo por su discapacidad. Esa decisión le dolió porque, además, se sentía que era el imán de todas las miradas.

Pero como les había prometido a sus padres que no se iba a detener, ese impulso de energía le venía todos los días, las cosas que él iba pudiendo hacer, las hacía y la peleaba fuerte. Si había que quedarse 10 o 12 horas produciendo, él lo hacía. "Había noches en las que dormía en los microcines. Me pasaba de la silla de ruedas al piso y luego seguía trabajando. Yo definí en un momento como que la mente tenía una cajita roja que actúa solo en las emergencias. En mi caso me daba la fortaleza, la inteligencia y la paciencia para superar los escollos que tenía que vivir".

A "La Bombonera" en silla de ruedas

Luis y su papá eran fanáticos de Boca e iban seguido a "La Bombonera". Cuando logró avanzar en su recuperación y se sintió más seguro, decidió que era el momento para volver a la cancha de Boca, a ver al equipo de "El Toto" Lorenzo. Quería demostrarle a su papa que podía hacerlo.

  • ¿Cómo vas a ir de esa forma? -le dijo su padre.
  • Vas a ver que voy a poder hacerlo -le contestó Luis.

Una tarde de domingo, Luis se fue manejando en su auto hacia "La Boca", lo dejó estacionado en la planta de estacionamiento, bajó la silla de ruedas y de a poquito se le fue acercando gente que lo acompañó y llevó hasta el estadio. Lo subieron en andas por las escaleras hasta la segunda bandeja de la popular y lo primero que hizo Luis fue ir al baño para ver si podía arreglarse solo. Se puso a un costado de la tribuna, mientras los hinchas le preguntaban si estaba cómodo, lo pasaban de lugar, estaban muy pendientes de él. "Cuando vi la cancha en silla de ruedas me puse a llorar, era un desafío que estaba logrando, no me importó ni el resultado ni me acuerdo contra quién habíamos jugado. Cuando terminó el partido, la gente me vino a buscar para acompañarme nuevamente hasta el auto. Solo puse las ganas para que esas personas me den una mano. Cuando volví de "La Boca" a Caballito, donde vivían mis padres, tuve una de las máximas alegrías de mi vida. Satisfacción, mezclada con gratificación, superación, viendo la cara de mi viejo mientras yo le contaba. Él estaba muy feliz y empezó a creer en mí".

Nuevos desafíos

Luis notaba que la gente para la que trabajaba confiaba en él, se desempeñaba como productor. Sus compañeros se sorprendían al verlo producir en una autopista en silla de ruedas y hasta en las Cataratas del Iguazú. "Vos estuviste en todo el proceso, cómo no vas a estar en la filmación", le decían.

Orgulloso, cuenta que logró demostrar que en silla de ruedas podía producir comerciales para televisión, para cine y para radio. "Si te lo proponés, la silla te acompaña a todos lados, a veces la miraba hasta con odio, pero después le empecé a agradecer porque gracias a la silla yo tenía una vida".

Como suele pasar muchas veces en las empresas, asumió un nuevo presidente en la compañía que no tenía mucha simpatía con los usuarios de silla de ruedas, ya que durante un tiempo él mismo había pasado por esa experiencia por un problema en la columna. Y decidió removerlo a Luis del sector audiovisual para pasarlo a prensa. "Iba a pasar a vegetar", pensaba. Y decidió ir en busca de otro trabajo, de un nuevo desafío.

Corría el año 92 cuando recibió el llamado del director creativo de Young & Rubicam, una agencia de publicidad internacional, con más de 13.500 empleados repartidos en 465 oficinas de 90 países.

  • Quiero que piensen que yo entiendo que ustedes pueden tener miedo de contratar a alguien en silla de ruedas, pero si tienen las pelotas necesarias para traerme, yo voy a responder el doble -les dijo Luis al presidente y al director creativo luego de la entrevista.
  • Para mí es suficiente -sugirió el presidente, antes de levantarse y alejarse de la reunión.
  • Me parece que ya entraste -le dijo el director creativo a Luis.

A las 9 de la mañana del día siguiente lo llamaron para comentarle que lo habían contratado. Era productor y asistente, y tenía una persona que era como sus piernas para poder hacer lo que él no podía. Cada día lo querían más y se fue sintiendo más cómodo.

Un sueño que esperó 40 años

En los últimos años Luis había perdido muchos seres queridos, entre ellos, a su mujer, que había fallecido en 2008. Pese a que era independiente, le costó mucho el tema de la soledad, desde que había nacido nunca había estado solo. En ese momento cayó en una depresión.

  • ¿Te animás a hacer surf en Mar del Plata? -le propuso Federico, uno de sus mejores amigos.
  • Pero, "Fede", hace 40 años que no voy al mar, yo al mar lo veo desde la costanera, cómo voy a entrar al agua -le respondió, incrédulo, Luis.
  • Vos no te preocupes, yo conozco a un profesor que se especializa en entrar al mar con personas con discapacidad -le comentó Federico.

Su amigo le pasó el contacto de Lucas Rubiño, que es acompañante terapéutico e instructor de Surf y que desde hace 15 años fundó el proyecto "Fabrica de sonrisas", donde trabaja con alumnos ciegos, amputados, con sobrepeso extremo, sordos, con síndrome de down, con parálisis cerebral en diferentes niveles, TGD, autismo, espina bífida, problemas medulares, secuelas de ACV y accidentes de todo tipo. Su objetivo es que estas personas, sin límite de edad, puedan conocer el mar y otros, como en el caso de Luis, que vuelven al mar luego de varios años de padecer una discapacidad.

No sin antes tomar todos los recaudos en relación con sus necesidades como discapacitado, Luis contrató un hotel que reunía esas comodidades y se animó a la aventura. Lucas lo esperó a la bajada de la avenida Colón y lo recogió en su Kangoo ploteada con tablas de surf. Cuando llegaron a la playa, Luis estaba muy nervioso, le temblaba todo.

El primer paso fue colocarle el traje de neopreno. Con una silla preparada para la playa, que Luis llama "anfibia", lo llevaron hasta la profundidad del mar que le permitía nadar, lo volcaron y entró al agua, se puso las gafas y comenzó a nadar. "Esa sensación fue tan fuerte que me recuperé del bajón que había tenido. Según mi asistente había estado una hora y media en el agua, para mí habían sido solo 20 minutos. Disfrutaba en el agua como un bebé. Fue algo que en mi vida pensé que iba a hacer. Lo veía como un imposible. Había estado un montón de veces en ese lugar, me encantaba el mar y no podía meterme. No me quería ir del mar. Son sensaciones buenísimas". Desde ese momento, Luis trata de, al menos una vez por año, volver a pasar por esa experiencia que fue un antes y un después en su vida.

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