Donald Trump, la ola populista y la "recesión democrática"

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
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30 de marzo de 2018  • 00:10

Leo las durísimas críticas que recibe Donald Trump por parte de casi toda la prensa , los académicos y los expertos en las más diversas áreas de política pública, incluso cercanos al Partido Republicano, y por una cuestión metodológica me surge la pregunta: ¿En qué podrían estar equivocándose? ¿Hay algún aspecto que no están considerando o que interpretan erróneamente? A todos nos cuesta salir de nuestra zona de confort para mirar la realidad "afuera de la caja" (out of the box), en especial cuando se cuestionan valores o principios que nos parecen elementales. Esta dificultad para refutar marcos analíticos y conceptuales considerados inobjetables les (me) había impedido tomar en serio las posibilidades del Trump candidato. ¿No estará pasando lo mismo con el Trump presidente?

Tal vez sea cierto que el mandatario norteamericano haga todo mal: que su reforma impositiva termine promoviendo una crisis fiscal aterradora y acelere el fin de un ciclo casi inédito de recuperación económica que lleva más de nueve años; que su política exterior termine de destruir el siempre imperfecto (des) orden global construido desde el final de la Segunda Guerra y cree un mundo aún más inestable y caótico, incluyendo el proteccionismo y las devaluaciones competitivas; que su negacionismo en materia ambiental profundice un problema que ya alcanzó umbrales alarmantes; que su despreocupación respecto del drama que viven decenas de millones de refugiados genere un pésimo ejemplo para otros aliados que siguen comprometidos con encontrar alguna solución, como ocurre con Alemania (dado el impacto electoral negativo que esto tuvo recientemente).

Si ese fuera el caso, sólo resta esperar que el daño sea lo más acotado posible y que en las elecciones de noviembre de este año y, sobre todo, en las presidenciales de 2020, surja alguna alternativa competitiva dentro del GOP o entre los demócratas que haga que también los EEUU sean de nuevo "un país normal". Tal vez la diferencia la haga una eventual tercera fuerza que, como ocurrió con Ross Perrot en los '90 y con Ralph Nader en los 2000, sea incapaz de disputar la presidencia pero si de restarle un número relevante de votos a los partidos mayoritarios. El propio Trump amenazaba con competir por afuera de la estructura de su partido si no ganaba las primarias. Algunos observadores argumentan que el sistema político norteamericano puede estar experimentando una crisis y un eventual realineamiento de características históricas. Sólo el tiempo podrá develar esta trascendental incógnita.

Sin embargo... ¿Puede acaso el personaje (sus modales, su pasado controversial, el caos que caracteriza su gestión) generar tanto rechazo que sus logros en algo más de un año de gestión no se valoren lo suficiente? Algunos trumpistas republicanos recientes resaltan que logró reducir la inmigración ilegal, reformar los impuestos bajando la presión a empresas e individuos, desregular la economía para estimular el crecimiento, presionar a China para contener el expansionismo nuclear de Corea del Norte y reforzar la defensa de Ucrania frente a la amenaza rusa. Con sus amenazas proteccionistas, trata de reducir el enorme déficit comercial americano, incluso al precio de renegociar el NAFTA o retirarse del TPP. Mientras, aumenta la producción local de petróleo para garantizar la soberanía energética y depender menos de países considerados enemigos, como Venezuela. Sus medidas se corresponden con muchas de las promesas de campaña, incluyendo la construcción del muro en la frontera con México.

Este solo hecho de que un presidente cumpla con lo prometido cuando era candidato ameritaría un evento académico que estudie el caso a fondo. Pero la presidencia de Trump no debe analizarse aisladamente: se suma a la "ola populista" que recorre occidente hace ya mucho tiempo. Larry Diamond, experto en democracias de la Universidad de Stanford, viene alertando respecto de una "recesión democrática": desde 2006 se evidencia un estancamiento o una reversión en los principales indicadores de desarrollo democrático en todo el mundo, incluyendo países en los que el sistema parecía consolidado. La noción misma de "democracias maduras" está puesta en duda. Mucho antes del triunfo de Trump o de la sorpresa del Brexit, algunos investigadores venían estudiando este fenómeno de debilitamiento de los regímenes democráticos. Es el caso de Roberto Stefan Foa y de Yascha Mounk, autores de artículos que aparecieron en el Journal of Democracy en 2016 y 2017. Mounk acaba de publicar The People vs Democracy: Why Our Freedom Is in Danger and How to Save it (Harvard University Press), donde analiza esta suerte de rebelión popular contra los establishments políticos y económicos que golpea casi todas las democracias occidentales.

El mejor exponente de esta tendencia pesimista es el gran libro de Steve Levitsky y Daniel Ziblatt, How Democracies Die, que en enero de este año publicó Penguin Books. Plantea que la democracia muere en tres tiempos: la elección por vías democráticas de un líder autoritario; la concentración desmedida y el abuso en el ejercicio de poder y la represión de la ciudadanía y, sobre todo, de los líderes de oposición. Es una suerte de manual de chavismo ilustrado, pero se basa en muchos otros casos de indudable relevancia como la Turquía actual o el Perú de Fujimori.

Levitsky conoce bien la Argentina, ya que es autor de Transformación del justicialismo: de partido sindical a partido clientelista (Siglo XXI, 2005), que en buena medida explica el desconcierto en el que está inmerso el peronismo sin acceso a los recursos del Estado federal para financiar las redes clientelares y con un sindicalismo en decadencia y sometido a las amenazas y a los antojos del gobierno para preservar los privilegios de sus dirigentes. ¿Será capaz de resurgir de estas cenizas con un programa más moderno y superador respecto de la propuesta de Cambiemos? Macri y su equipo confían en que como ocurrió en 1995, 2007 y 2011, los oficialismos de turno se beneficien de la fragmentación de la oposición y no tengan dificultades para retener el poder.

Siempre en contra de la corriente, Argentina se está convirtiendo de a poco en un sano e inusual caso de optimismo para los especialistas en desarrollo democrático. Persisten las dudas, dada la penosa trayectoria institucional que el país recorre desde hace décadas. Pero nuestro trayecto reciente sugiere que tal vez la democracia como sistema sea más fuerte, sólida y resiliente de lo que muchos suponen.

Occidente vivió entre los 1950 y comienzos de este siglo una etapa notable de progreso económico, político y social. Es natural que se sorprendan frente a personajes como Trump, que vienen a cuestionar formas y contenidos que parecían sacralizados. Pero aún en los Estados Unidos existen muchos motivos para ser optimistas. La política continúa, a pesar o incluso gracias a Trump. Mucha más gente lee los diarios, una industria que languidecía y que parece salvarse gracias al interés por los asuntos públicos, multiplicado en los últimos tiempos. El movimiento "Me too" conmociona a la opinión pública y abre nuevos espacios de participación a miles de mujeres. Algo parecido ocurre con la revuelta estudiantil para limitar el acceso a las armas, luego de la ola de atentados en escuelas secundarias. Los jóvenes se levantaron en los '60 para no morir en Vietnam. Ahora lo hacen para no morir en el colegio. De esta energía participativa podrán nutrirse viejos y nuevos partidos, ONG o iniciativas virtuales que apelen a los mecanismos de la democracia para canalizar las demandas de los ciudadanos.

Las recesiones pueden ser largas y dolorosas. Pero en algún momento terminan.

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