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Grandes Esperanzas

Un golpe durante el embarazo le produjo daños al bebé que superó los malos pronósticos médicos

Carina Durn
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7 de abril de 2018  • 00:48

La vida de Victoria, la quinta de seis hermanos, comenzó en Mar de Ajó, en un hogar cercano a la playa. Ya hacía un tiempo que sus padres, oriundos de La Plata, habían elegido la ciudad balnearia como el nuevo destino para rehacer su vida. El embarazo de su madre transcurrió con absoluta tranquilidad y nada sugería que aquella apacible travesía pudiera verse alterada, hasta que un día, durante el séptimo mes, todo cambió.

"Ella volvía manejando, luego de dejar a una de mis hermanas en la escuela cuando, repentinamente, una cuneta muy pronunciada, una cuneta inapropiada, una maldita cuneta desmedida, hizo que su panza sufriera un golpe. Antes de que pudiera reaccionar, el enorme Falcón ya había impactado clavándose en ella. A partir de ese instante, comenzó a sentir algunas molestias y, ese bienestar que venía sintiendo hasta ese momento la abandonó por completo", cuenta Victoria.

Ni bien pudo, su madre viajó a La Plata a ver a su médico. Cuando le planteó lo que le pasaba, el obstetra minimizó su estado y le dijo: "Quedate tranquila, es el quinto y te pusiste mañosa".

"Mamá volvió confiada, pero intuyendo que algo no estaba bien. La realidad fue que el curso de mi calma existencia había cambiado para siempre. Hasta el día de hoy, aquel dolor me acompaña, inevitablemente. A veces, se traduce en tristeza e impotencia, otras, en bronca", relata Victoria, conmovida.

Ni caminar ni hablar

El parto se adelantó quince días y fue complicado. A pesar de ser un bebé muy pequeño, de poco peso, Victoria no podía salir. "Cuando al fin lo logré, los médicos vieron que mi cabeza estaba mal formada, tenía los ojos más adelante que la frente, la nariz más arriba que lo habitual y mis orejas arrepolladas", explica Victoria, "Lo primero que dijeron es que tenía Síndrome de Down. Pero luego, ante la consulta a un reconocido pediatra, amigo de mi abuelo también médico, se determinó que ese diagnóstico era erróneo y que habría que esperar mi evolución".

Los días pasaron y los reflejos de Victoria estaban ausentes. No podía moverse, ni succionar y los especialistas no podían comprender qué es lo que había pasado, hasta el día en que, con calma, pudieron reconstruir los hechos. "Aquel golpe que había sufrido mi mamá en el auto había sido el motivo. Me encajé entre dos huesos en su vientre y así permanecí, aplastada, casi dos meses, los últimos del embarazo", revela Victoria. "Mis papás tuvieron que esperar para ver cómo continuaba mi crecimiento, para ir descubriendo qué otras partes de mi cuerpo habían sufrido, y cuánto. Los médicos sentenciaron que no iba a poder hablar ni caminar nunca".

La motricidad de Victoria estaba afectada al extremo. "Es algo que hasta el día de hoy trabajo", cuenta. Su desarrollo requirió de mucha paciencia y llevó más tiempo que el de cualquier otro niño. Victoria no podía mantenerse en pie, hasta que un día, a los dos años y en la casa de los abuelos Raúl y Tilde, se animó a dar los primeros pasos. Esa tarde, su madre la observó con temor y quiso contenerla, pero su padre la calmó con un: "Dejala, se está largando". Fue inolvidable.

"Sin el trabajo y el amor de ellos, y de mis hermanos, mis cuñados, mis sobrinos, tíos, primos y tantos amigos no hubiera podido tener la vida que hoy tengo"
"Sin el trabajo y el amor de ellos, y de mis hermanos, mis cuñados, mis sobrinos, tíos, primos y tantos amigos no hubiera podido tener la vida que hoy tengo"

El centro de su habla también se encontraba muy afectado y tardó años en desarrollarlo. "Lo hice gracias a una labor de ocho años con mi queridísima Ana, mi fonoaudióloga, con quién recorrimos un largo y hermoso camino juntas. Además, tenía pérdida de audición en los dos oídos, y uno perforado. Tuve que operarme y, de todas formas, en la actualidad necesito usar dos audífonos para escuchar bien", aclara Vicky.

El sueño de la independencia

Los padres de Victoria hicieron todo lo posible para que su hijita tuviera una vida como la de cualquier otro niño y, por ello, su escolaridad comenzó a los cuatro años, en el jardín. Aunque realmente aún no hablaba, la pequeña se hacía entender. Y años más tarde, a los siete, comenzó la escuela primaria en un colegio público común, pero con la integración de una escuela especial. "Finalicé séptimo grado a los quince años y obtuve mi diploma otorgado por las dos escuelas", cuenta Vicky, orgullosa.

En el año 1999, la familia Elicade regresó a vivir a La Plata y, un año más tarde, los padres de Victoria decidieron enviarla a una escuela laboral, donde cursó tres años en el área de servicios, con especialización en taller de cocina.

La formación en la escuela y la oportunidad de realizar una pasantía, le permitió presentar una solicitud de trabajo por la Ley del Discapacitado ante la Dirección General de Cultura y Educación. Luego de un largo trámite, Victoria obtuvo el puesto en febrero del año 2003.

"Hoy ya tengo 36 años y 15 de antigüedad en mi trabajo, realizando diferentes tipos de tareas administrativas", cuenta Victoria, emocionada. "Lo que quiero compartir con mi experiencia (una que mi mamá y mis hermanos me ayudaron a reconstruir), es que hace dos años que pude independizarme y me fui a vivir sola. Porque ese era otro de los pasos importante para dar en mi vida. Y me llevó un tiempo, pero finalmente lo hice. Por supuesto que nada fue fácil, a veces no lo es, pero creo que con fuerza de voluntad y amor, todo es posible".

"Con una red de amor tan grande como la que por fortuna tengo nada es imposible"
"Con una red de amor tan grande como la que por fortuna tengo nada es imposible"

Superación constante

La vida de Victoria está signada por la búsqueda de nuevos desafíos y una necesidad constante de superación. Además, eligió la pintura como medio de expresión, algo que le gratifica el alma.

"Lo que quiero resaltar y transmitir es lo importante que es que existan otros "Carlos" y "Matildes" en nuestra sociedad para que todas las personas podamos evolucionar", expresa, en referencia a sus padres. "Sin el trabajo y el amor de ellos, y de mis hermanos, mis cuñados, mis sobrinos, tíos, primos y tantos amigos no hubiera podido tener la vida que hoy tengo. Durante mucho tiempo pasé, y a veces paso, preguntándome ¿por qué me tocó a mí?, cuando en realidad, a veces, siento que hay preguntas que no tienen respuestas, y que uno pierde mucho tiempo y energía en eso.

Lo que sí creo, y estoy segura, es que algo tengo que aprender de todo esto, entonces la pregunta cambia y es ¿para qué? Y aún tampoco tengo esa respuesta, pero me hace ver todo lo que hay por hacer, aprender y disfrutar en esta vida. Y en eso estoy, como todas las personas, viviendo y aprendiendo, creciendo. Lo que sí sé es que sin amor nada es posible, mientras que con una red de amor tan grande como la que por fortuna tengo, nada es imposible", concluye y vuelve a sonreír.

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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