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El mundo de Fassbinder visto desde un presente convulsionado

Magníficos intérpretes, en la propuesta de Rodríguez
Magníficos intérpretes, en la propuesta de Rodríguez Fuente: LA NACION
Carlos Pacheco
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31 de marzo de 2018  

Fassbinder, todo es demasiado / Dramaturgia y dirección: Lisandro Rodríguez / Intérpretes: Carla Petrillo, Horacio Banega, Carlos Defeo, Norberto Laino, Sofía Cobas Alé y Lisandro Rodríguez / Escenografía, vestuario y objetos: Norberto Laino / Espacio: Laino y Rodríguez / Asistente de dirección: Paco Gorriz / Sala: Cultural San Martín, Sarmiento 1551 / Funciones: jueves, a las 21; viernes y sábados, a las 21.30 / Nuestra opinión: buena

En su interés por promover relecturas contemporáneas sobre fuertes referentes de la historia del teatro y el cine universal, el ciclo Invocaciones, que viene desarrollándose en el Cultural San Martín, propuso al director Lisandro Rodríguez realizar una experiencia teatral a partir del mundo creativo de Rainer W. Fassbinder.

Considerado uno de los realizadores más importantes dentro del denominado nuevo cine alemán, la producción teatral y cinematográfica que realizó en poco tiempo (su muerte se produjo a los 37 años, en 1982) sentó las bases de una renovada manera de observar a la sociedad y exponerla en sus dobleces de forma descarnada.

Ingresar en el mundo creativo de Fassbinder implica introducirse en un complejo túnel del tiempo en el que ideas, temas y personajes irán atrapando la atención de quien lo estudie. Y el que lo haga no podrá abstraerse de un contexto político alemán que es sumamente determinante a la hora de comprender la magnífica obra de este artista contemporáneo.

Fassbinder, todo es demasiado es una experiencia sumamente singular. Si en otros proyectos del ciclo dedicados a Meyerhold, Brecht, Pasolini o Kantor, el espectador podía de manera muy concreta reconocer el universo creativo de aquellos directores, aquí eso resulta más complejo. Rodríguez y su equipo buscan instalar en escena un discurso que pueda sintetizar el campo creativo del realizador alemán con el de este grupo de artistas que reside y produce hoy en Buenos Aires. El cruce es interesante aunque en ese procedimiento se pierden valores que hacen a lo estrictamente fassbinderiano. Hay momentos, por ejemplo, en los que aparecen enfatizados discursos críticos en contra del modelo político y cultural argentino que bien podrían formar parte de cualquier otra propuesta dramática y allí tendrían mejor anclaje.

Este proyecto dialoga mucho con una propuesta anterior de Rodríguez, Dios, presentada el año pasado en el Centro Cultural Recoleta. Una aventura performática muy destacada. Un juego inteligente y también irreverente en el que se simulaba la puesta de un misa dentro de la capilla del lugar con sutiles críticas a la Iglesia argentina, sobre todo aquella que condenó la retrospectiva del maestro León Ferrari, en 2004.

Rodríguez reclama un espectador activo que deberá construir en su mente ese mundo desorganizado que planta en el espacio escénico. Actores desarraigados que parecen incapaces de materializar un personaje, aunque el vestuario, su forma de moverse y cómo representan da una idea de que sí lo son. Parlamentos que brotan de manera inesperada. Relaciones que se producen con una intencionalidad que nunca termina de formalizarse. Todo comienza y se quiebra, mientras una intérprete deambula por el espacio como una sombra que no habrá posibilidad de hacer desaparecer. El mismo Rodríguez caracterizado como Fassbinder toca una guitarra cuyo sonido termina siempre apagándose.

Dos magníficos monólogos escritos e interpretados por Horacio Banega permiten que lo que sucede encuentre un cauce potente. La experiencia quedará así cerrada. Y se comprenderá aquello que se señalaba al comienzo respecto de cómo se plantan ante Fassbinder artistas que habitan esta ciudad. El público hará la lectura correspondiente.

El espectador que conoce la filmografía de Rainer W. Fassbinder seguramente completará con su recuerdo algunos momentos de esta experiencia. Quienes no la conozcan, irán a buscarla. Ese espíritu de provocación que al cabo de sesenta minutos se proyecta desde el escenario tendrá finalmente su respuesta.

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