En Malvinas, los muertos recuperaron su nombre

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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31 de marzo de 2018  

A diferencia de la mayoría de los sucesos de la historia argentina, las Malvinas son fuente de consenso. En torno a ellas, el país desarrolló una política de Estado y construyó una noción clave del sentido común de los argentinos: las Malvinas constituyen un trozo de territorio nacional arrebatado por una potencia extranjera. Más allá de las razones irrebatibles que le asisten al país, el tema encaja de un modo clásico en la narración nacionalista: la tierra propia es constitutiva de la comunidad nacional, el despojo del suelo lesiona su esencia. La saga de las Malvinas tuvo, no obstante, un punto de inflexión: la guerra que, para recuperarla, desencadenó una dictadura brutal. La causa legítima manipulada por una casta política espuria fue un mensaje difícil de descifrar. Los argentinos de aquella época escenificaron su confusión, aclamando en la Plaza de Mayo a los dictadores, para terminar gritándole poco tiempo después a su líder ocasional: "Galtieri borracho/ mataste a los muchachos". La unidad en torno a las islas se había quebrado.

La democracia restituyó a las Malvinas su carácter de causa nacional compartida por la mayoría. Los sucesivos gobiernos retomaron el reclamo diplomático y se elevó por ley a las víctimas de la guerra a la categoría de héroes, lo que significó un reconocimiento de la sociedad y el Estado a los que allí combatieron y murieron. Aunque la revalorización simbólica no tuvo correlato material y generó muchas protestas de los excombatientes, no siempre atendidas, se fue forjando un nuevo relato que empalmó la reivindicación diplomática con el sacrificio heroico de los soldados, omitiendo la intervención de la dictadura. Como muestra una interesante investigación de Laura Panizo, sobre el culto a los fallecidos en combate ("El cuerpo del Héroe: el descubrimiento del busto de un soldado caído en la Guerra de Malvinas"), muchos familiares diferenciaron a sus deudos de los ocasionados por el terrorismo de Estado, atribuyéndoles haberse sacrificado por una causa nacional, no facciosa. Sin embargo, el destino reúne inexorable a los familiares de las víctimas directas o indirectas de los militares. A los miles de desaparecidos deben sumarse una cantidad pequeña, pero no menos significativa de soldados argentinos desconocidos que yacieron más de tres décadas en las islas. La dictadura escindió la carne de la identidad de sus víctimas. El desaparecido es un nombre sin cuerpo; el soldado desconocido, un cuerpo sin nombre.

Gracias a un trabajo mancomunado de organizaciones civiles y gubernamentales de la Argentina y el Reino Unido, de diplomáticos de carrera, de exmilitares, de empresarios y hasta de figuras del espectáculo internacional, fueron identificados 90 de los 123 soldados argentinos enterrados en el cementerio de Darwin, bajo la leyenda: "Soldado argentino solo conocido por Dios". Para que los cadáveres encontraran sus nombres debió trabajarse con ahínco durante años. Primero, buscando y sepultando a los soldados argentinos esparcidos por las islas, luego armando una trama solidaria entre todos los involucrados hasta alcanzar el objetivo, para lo cual los métodos de identificación basados en el ADN fueron decisivos. Pero no se trató de un éxito tecnológico, sino humano y podría decirse político, acaso de la parte más luminosa de esta actividad, no protagonizada por los líderes y sus caprichos, sino por los funcionarios profesionales de los gobiernos y las organizaciones de la sociedad civil. Es interesante observar, por otra parte, que este trabajo mereció el respaldo unánime, con distintos énfasis, de los medios de comunicación, que abandonaron por un rato su alineamiento a un lado y otro de la grieta.

Las Malvinas lo volvieron a conseguir, tal vez por algo que entendió Max Weber, ese nacionalista incorregible, al cabo de la Primera Guerra: la fraternidad bélica y la muerte en la batalla son la base de la autonomía de la comunidad política frente a la religión. Esta tiene la incierta tarea de otorgarle sentido a la muerte natural. En cambio, el soldado idealizado sabe por qué lucha y por qué muere. Aunque sea un chico pobre del interior al que lo envió a sacrificarse una dictadura. El mito del héroe es a la vez un consuelo íntimo y la expresión de una identidad nacional agónica.

Para que en Malvinas los muertos recuperaran sus nombres intervinieron personas sensibles, además de organizaciones. Quizá las figuras de Julio Aro, excombatiente, y de Geoffrey Cardozo, exmilitar británico, sinteticen la dimensión humana de este esfuerzo. El inglés enterró con amoroso cuidado a decenas de soldados argentinos, apenas terminada la guerra. El argentino movió cielo y tierra para que los identificaran después. Cuenta Aro, que Geoffrey le escribió una carta donde le dice que le hubiera gustado compartir una trinchera con él, "ante cualquier enemigo". Al cabo de los años, ellos desmintieron a Juan López y John Ward, que siendo próximos se mataron en las islas, según la célebre metáfora borgiana.

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