Macri aplica su propia medicina

Francisco Olivera
Francisco Olivera LA NACION
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31 de marzo de 2018  

Pasado lo más arduo de la tormenta con el Gobierno, los laboratorios parecen haber recuperado la calma. Al menos hacia afuera o en el discurso. "A un presidente nunca se le dice que no", se resignan sus operadores. Acaban de firmar el lunes, a regañadientes, un acuerdo de provisión de medicamentos para el PAMI que le permitirá al Estado ahorrarse unos 7000 millones de pesos por año. La alusión al jefe del Estado es en realidad un eslogan para explicar qué terminó exactamente de convencerlos: Mauricio Macri, a quien muchos de ellos consideran amigo o afín ideológico, destinatario en algún caso de cuantiosos aportes de campaña del sector en 2015, se involucró personalmente con la negociación. ¿Quién podría negarse cara a cara?

Fueron semanas largas, no exentas de agresividad desde ambos lados. "Obvio: si bajan los precios, sus ganancias van a caer", se impacientó en una de las reuniones Gustavo Lopetegui, el funcionario de la jefatura de Gabinete que encabezó las conversaciones. Lopetegui fue durante esas horas el destino de todos los reproches empresariales. El más recurrente fue personal: es amigo y fue socio de Mario Quintana, el otro vicejefe de Gabinete y a quien los laboratorios le atribuyen no solo la decisión y los principales trazos de este acuerdo forzoso, sino una doble intención como accionista de Farmacity, empresa de la que son proveedores. Es una acusación que al mismo tiempo, de manera exacta y reversa, Quintana suele recibir de los gremios de Aerolíneas Argentinas: suponen que cada vez que los despide, al cerrar la puerta, se da vuelta y consulta con el verdadero diseñador de la estrategia aeronáutica, que es Lopetegui, expresidente de LAN. Explicaciones que el gobierno de los CEO estará siempre obligado a dar. La ley de ética pública no regula las conversaciones o consultas: solo impide a todos los funcionarios intervenir sobre sectores en los que tengan un interés particular.

El acuerdo se firmó, pero llevará tiempo recomponer algunas relaciones. Hay desencuentros que vienen de antes. En Cilfa, la cámara que nuclea a los laboratorios nacionales, recuerdan todavía que Roemmers hizo en su momento más de una oferta para comprar Farmacity y que Quintana, entonces presidente y fundador de la cadena, las rechazó. En la mañana del lunes, mientras los representantes de esa cámara discutían internamente los detalles del acuerdo que estaban a punto de firmar, se oyó "Quintana" en lugar de "Lopetegui" para hablar del interlocutor gubernamental. Actos fallidos cuidadosamente estudiados que, si se viralizan, podrían incomodar también a los jueces de la Corte Suprema en el momento de decidir sobre el conflicto entre Farmacity y 4500 farmacias en la provincia de Buenos Aires, que llegó a esa instancia después de que la Corte bonaerense falló contra la empresa porque una ley le impide instalarse. Farmacity apeló en 2012. La Corte nacional pidió el expediente el 23 de agosto pasado para definir el caso.

El malestar de los laboratorios tiene aspectos que van más allá de una negociación que, por momentos, incluyó comparaciones en voz alta entre la intransigencia de Lopetegui y aquella que la industria le recuerda a Guillermo Moreno. "Raro en un gobierno que está contra el control de precios", se oyó el sábado pasado en La Herencia, el predio de Pilar donde Alberto Álvarez Saavedra, vicepresidente de la Unión Industrial Argentina y accionista de laboratorios Gador, festejó sus 70 años con varios de sus pares. Álvarez Saavedra donó todos sus regalos al Hospital de Niños, así lo pedía en la tarjeta de invitación, pero es improbable que la discreción con que suele manejarse en público haga olvidar una imagen del sector que difícilmente sea desaprovechada por el Gobierno en la discusión: la fiesta que el 11 de febrero hizo Alejandro Roemmers en Marrakech, Marruecos, con 600 invitados para celebrar sus 60 años. No se escatimó ni en el show, que se le encargó a Ricky Martin. Es cierto que son festejos privados y nadie podría objetarlos con autoridad. "No ayuda", razonó esta semana un empresario.

El Gobierno llegó a la pelea después de haber comparado precios de medicamentos con otras partes del mundo. Lopetegui recurrió primero al argumento de que, si bien la Argentina era en general un 30% más cara en vastos sectores de la economía, en el de los medicamentos llegaba a veces al doble o al triple. Después dijo que podría denunciar a los laboratorios por abuso de posición dominante en la Comisión de Defensa de la Competencia, agregó que estudiaría el rol de dos droguerías que pertenecen a empresas de la industria y contestó a las referencias a Moreno. "No reinventemos la rueda. El único consejo que acepto de una política pública es cómo lo hace el mundo desarrollado. Y los Estados intervienen en España, Inglaterra, Australia y Canadá", les dijo.

Macri ha quedado así frente a un desafío de carácter personal y de desenlace incierto: el del empresario-presidente que intenta hacer competitivo un país de lógica corporativa. Es una experiencia única en la historia y no exenta de contradicciones. ¿Podrá hacer lo mismo con sus exsocios de la obra pública? ¿Y con el sindicalismo que acaba aceptar una pauta de reclamo salarial que no excede el 15%, tal como pedía? Discrecionalidades que sin duda estarán contempladas en su famosa lista de 562 argentinos que, en la intimidad, dice querer enviar a la Luna. El Presidente cree que para algunos no hay más remedio que esperar la acción del tiempo.

Esta dialéctica que lo enfrenta y lo emparenta con lo privado es recurrente en su discurso. Hace unos días, antes de cerrar el acuerdo con los laboratorios, decía a sus colaboradores que confiaba en que un gabinete compuesto por exejecutivos de empresas fuera capaz de hacer esta tarea mejor que ningún otro. Son, cree, negociadores que conocen los vicios del oponente. Y ayer, en una entrevista con Cadena 3, recordó públicamente el paso de Juan José Aranguren por el mundo empresarial: "Dejó su actividad en la que le iba muy bien y tuvo que vender sus acciones en la compañía perdiendo la mitad de lo que había ganado en su vida".

El éxito de esta política no solo dependerá de que sea genuina y legítima, sino del crecimiento económico. Sobran en la historia ejemplos de administraciones que dicen en público querer enfrentar vicios empresariales o sindicales con los que al mismo tiempo pactan para sobrevivir, o cruzadas que mueren antes de nacer, ahogadas en recesiones, más allá del discurso y los acuerdos. En ninguno de estos casos hay que confiar demasiado en las palabras: a un presidente nunca se le dice que no.

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