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En la vigilia pascual, el Papa invitó a romper el silencio ante las injusticias

Francisco durante la vigilia pascual
Francisco durante la vigilia pascual Fuente: Reuters
Elisabetta Piqué
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31 de marzo de 2018  • 19:21

ROMA.- En la vigilia pascual, la celebración más importante del año litúrgico, que evoca el pasaje de la muerte a la vida de Jesús, Francisco lamentó el silencio ante las injusticias e invitó a "romper las rutinas, renovar nuestra vida, nuestras opciones y nuestra existencia".

"Celebrar la Pascua, es volver a creer que Dios irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias desafiando nuestros «conformantes» y paralizadores determinismos. Celebrar la Pascua es dejar que Jesús venza esa pusilánime actitud que tantas veces nos rodea e intenta sepultar todo tipo de esperanza", dijo, en su sermón.

"Ahora la invitación va dirigida una vez más a ustedes y a mí: invitación a romper las rutinas, renovar nuestra vida, nuestras opciones y nuestra existencia. Una invitación que va dirigida allí donde estamos, en lo que hacemos y en lo que somos; con la «cuota de poder» que poseemos", agregó. "¿Queremos tomar parte de este anuncio de vida o seguiremos enmudecidos ante los acontecimientos?", preguntó.

Como es tradición, el rito, muy sugestivo, comenzó en el atrio de la Basílica de San Pedro, donde el Papa bendijo el fuego y el cirio pascual. El templo se encontraba entonces a oscuras. El cirio prendido, llevado en procesión, con el que se fueron prendiendo las velas de los fieles, simbolizaba el ingreso de la luz, Cristo, del mundo de las tinieblas del pecado, la soledad y la muerte.

En una ceremonia en látin, con lecturas en español, inglés e italiano, y bellísimos cantos, en su homilía Francisco comenzó reflexionando sobre el peso del silencio ante la muerte de Cristo. Recordó que "frente a la injusticia que condenó al Maestro, los discípulos hicieron silencio; frente a las calumnias y al falso testimonio que sufrió el Maestro, los discípulos callaron". "Durante las horas difíciles y dolorosas de la Pasión, los discípulos experimentaron de forma dramática su incapacidad de «jugársela» y de hablar en favor del Maestro. Es más, no lo conocían, se escondieron, se escaparon, callaron. Es la noche del silencio del discípulo que se encuentra entumecido y paralizado, sin saber hacia dónde ir frente a tantas situaciones dolorosas que lo agobian y rodean", evocó. Y relacionó ese momento con la actualidad. "Es el discípulo de hoy, enmudecido ante una realidad que se le impone haciéndole sentir, y lo que es peor, creer que nada puede hacerse para revertir tantas injusticias que viven en su carne nuestros hermanos. Es el discípulo atolondrado por estar inmerso en una rutina aplastante que le roba la memoria, silencia la esperanza y lo habitúa al «siempre se hizo así»", lamentó.

Tras destacar "el triunfo sobre la Vida" que significó la resurrección de Jesús, Francisco explicó que "la tumba vacía quiere desafiar, movilizar, cuestionar, pero especialmente quiere animarnos a creer y a confiar que Dios «acontece» en cualquier situación, en cualquier persona, y que su luz puede llegar a los rincones menos esperados y más cerrados de la existencia". "Este es el fundamento y la fuerza que tenemos los cristianos para poner nuestra vida y energía, nuestra inteligencia, afectos y voluntad en buscar, y especialmente en generar, caminos de dignidad. ¡No está aquí.ha resucitado! Es el anuncio que sostiene nuestra esperanza y la transforma en gestos concretos de caridad", explicó. "¡Cuánto necesitamos dejar que nuestra fragilidad sea ungida por esta experiencia, cuánto necesitamos que nuestra fe sea renovada, cuánto necesitamos que nuestros miopes horizontes se vean cuestionados y renovados por este anuncio! Él resucitó y con él resucita nuestra esperanza y creatividad para enfrentar los problemas presentes, porque sabemos que no vamos solos", sentenció.

Las 7000 personas presentes en la Basílica -entre las cuales cardenales, obispos, diplomáticos y fieles de todo el mundo-, lo escuchaban en silencio, en un clima de gran recogimiento. Para llegar hasta allí, como sucedió ayer para el Vía Crucis en el Coliseo, los fieles debieron sortear varios controles y detectores de metales, en una ciudad militarizada como nunca en una Semana Santa blindada por temor a atentados, algo que se ha vuelto habitual en los últimos años.

Como es tradición, en la segunda parte de la liturgia Francisco bautizó, confirmó y dio la primera comunión a ocho adultos de Albania, Italia, Nigeria, Perú y Estados Unidos. Entre ellos, estaba John Ogah, un nigeriano de 31 años que en septiembre pasado inmovilizó, frente a un supermercado de las afueras de esta capital, a un asaltante italiano armado con un cuchillo. Este inmigrante "héroe", que después de su gesto obtuvo su permiso de residencia, como padrino eligió a un capitán de los carabineros.

Mañana, luego de celebrar la misa de Pascua en la Plaza de San Pedro, Francisco impartirá desde el balcón central de la Basílica de San Pedro la "bendición urbi et orbi", a la ciudad y al mundo.

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