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Duelo: China confía en su poderío y se planta a EE.UU. en la guerra comercial

Crédito: Ippóliti
Aunque preferiría evitarlo, no teme ir al choque en la disputa con Washington; mientras que tiene en Xi a su presidente más influyente en décadas, el régimen lidera iniciativas económicas globales y cuenta con vías para contraatacar
Adrián Foncillas
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1 de abril de 2018  

PEKÍN.- Donald Trump ya tiene la guerra comercial con China que anunciaba desde la campaña para las elecciones presidenciales de 2016. Los expertos discuten sobre sus efectos bilaterales y globales, y quién pisará antes el freno o qué país quedará más afectado, pero son conjeturas: nunca las dos mayores potencias se habían retado así en el mundo globalizado.

La respuesta del régimen chino al desafío del presidente norteamericano combina los llamamientos a la sensatez con la confianza del que cree en su fuerza: no quiere la guerra comercial, pero no se asustará ni se esconderá, aclaró el Ministerio de Relaciones Exteriores. "China luchará hasta el final para defender sus derechos legítimos con todas las medidas necesarias", añadió la embajada en Washington.

El diario ultranacionalista chino Global Times vaticinó que "Estados Unidos quedará en ridículo por usar herramientas anticuadas" y que "las extensas represalias chinas añadirán caos a Washington".

El desequilibrio de 375.000 millones de dólares en la balanza comercial entre Estados Unidos y China es el detonante. "Tenemos el mayor déficit que ningún país ha tenido en toda la historia", justificó Trump mientras aprobaba tarifas a importaciones chinas valoradas en 60.000 millones de dólares anuales. China respondió al día siguiente con aranceles del 15% a 120 productos en caso de que no se resuelvan las diferencias amistosamente. El listado es quirúrgico: apunta a los estados agrícolas donde más fervor genera Trump. Pekín aclaró, además, que respondían a los aranceles norteamericanos sobre el acero y el aluminio aprobados semanas atrás. Ante ese escenario, no es posible descartar otra salva china, que provocaría la contestación de Washington.

No se divisa el final de la dinámica. Trump fue el abanderado de la campaña contra China y su retirada decepcionaría a su electorado. También al presidente chino, Xi Jinping, lo condiciona el contexto. Acaba de ser consagrado el líder más influyente desde Mao Tsé-tung y anuncia sin pausa el regreso de una China poderosa. Ni siquiera su buena sintonía permite el optimismo.

La lógica de los negocios pesa más, señala Perry Link, profesor de Estudios Asiáticos de la Universidad de Princeton. "La relación personal entre ambos es muy superficial. Xi es un manipulador y no puede ser el amigo honesto de nadie. Trump es un ególatra ingenuo, también incapaz para cualquier vínculo honesto", señaló.

Culpar a China de todos los males del trabajador medio integró la política norteamericana de las últimas décadas. Bill Clinton ya anunció medidas severas y terminó por apoyar el ingreso chino en la Organización Mundial del Comercio (OMC). Los aranceles a las ruedas de autos chinas que impuso Barack Obama acabaron castigando al sector avícola estadounidense cuando Pekín prohibió piezas de pollo.

No inquietó demasiado en China que durante las elecciones Trump prometiera aranceles a sus exportaciones y acusara a Pekín de ser el mayor ladrón de la historia, de "violar" a Estados Unidos ("No podemos seguir permitiendo que China viole a nuestro país", dijo en mayo de 2016) y de aniquilar sus puestos de trabajo. Washington puede agobiar a México con impuestos, pero China juega en otra liga.

A la Casa Blanca le hubiera sido más fácil en la China de la apertura, con una economía agraria y balbuceante que necesitaba la tecnología occidental. China exporta hoy centrales eléctricas y trenes de alta velocidad, lidera iniciativas de comercio global como el Banco de Inversiones e Infraestructuras Asiáticas o la Nueva Ruta de la Seda y le sobran mercados alternativos si Trump cerrara el norteamericano. Su economía es aún más inmadura que la estadounidense, pero le sobra munición para contraatacar.

China es uno de los principales destinos de las cosechas estadounidenses y podría sangrar el único sector en el que Washington registra superávit. América Latina supliría el sorgo (la materia prima del temible aguardiente nacional) y la soja que compra a Estados Unidos. También podría recurrir a la europea Airbus tras anular el acuerdo de 300 aviones por un valor de 37.000 millones de dólares que firmó con Boeing. La compañía admitió en 2016 que las órdenes de compra de Pekín sostenían sus 150.000 puestos de trabajo. Los chinos no tendrían muchos problemas en conducir vehículos europeos o japoneses en lugar de los de General Motors, que ya vende más en el gigante asiático que en Estados Unidos.

También China es ya el mayor mercado de Apple, además de su lugar de fabricación. Multinacionales como Nike o Starbucks, que dependen del mercado chino para cuadrar balances, podrían ser estranguladas por Pekín con aranceles o simplemente extremando el cumplimiento de la burocracia.

Hay antecedentes: después de que Seúl desairara a Pekín aceptando el sistema antimisiles norteamericano, la mitad de las tiendas de la multinacional surcoreana Lotte fueron cerradas por violaciones de seguridad contra incendios.

Boicot

Tampoco sería nuevo que Pekín aconsejara a su pueblo boicotear los productos de un país o elegir destinos turísticos diferentes. Y podría desprenderse de parte del billón de dólares en deuda del Tesoro norteamericano. Lo explicó la excandidata demócrata Hillary Clinton cuando años atrás le enrostraron que no criticara con más brío la falta de derechos humanos en China. "Nadie quiere problemas con su banquero", justificó.

En el terreno político bastaría que Pekín se desentendiese de las sanciones a Corea del Norte para darle oxígeno al dictador Kim Jong-un y arruinar el que podría ser el único éxito internacional de Trump en caso de conseguir la desnuclearización del régimen.

Los antecedentes y los economistas desmienten que las guerras comerciales, como afirma Trump, sean "buenas y fáciles de ganar". La evidencia es que todos pierden y nadie más que los consumidores. Los aranceles a los productos chinos repercutirán en el precio final y, según señaló esta semana la Cámara de Comercio de Estados Unidos, tendrán "efectos devastadores para las economías familiares". Más del 41% de la ropa y el 72% del calzado vendido en Estados Unidos proviene de China.

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