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Al-Sisi, el hombre fuerte egipcio surgido tras la "primavera árabe" que quiere ser el nuevo faraón

El militar que lideró el golpe de 2013 arrasó en las recientes elecciones, hechas a medida
Ricard González
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1 de abril de 2018  

TÚNEZ.- Aunque está previsto que la junta electoral egipcia anuncie los resultados de las elecciones presidenciales mañana, los medios oficialistas ya filtraron la victoria de Abdel Fatah al-Sisi con cerca del 92% de los votos. Poca intriga había alrededor de la reelección del presidente, ya que su único rival era un candidato títere, líder de un partido que apoya de forma incondicional a Al-Sisi.

La verdadera oposición está inmersa en el ostracismo o entre rejas. Para la oposición, los comicios fueron una farsa. Para el mariscal, una confirmación última de su destino, que ya le fue revelado hace más de 30 años en una serie de sueños premonitorios.

A finales de 2013, cuando todavía era ministro de Defensa, se filtró una entrevista con Al-Sisi en la que contaba cómo supo a través de sus sueños que le esperaba un futuro glorioso. En uno de ellos, se reunía con el difunto presidente Anwar Sadat, y este le decía: "Siempre supe que serías presidente". A lo que Al-Sisi respondía: "Yo también sé que seré presidente". En otro sueño, blandía una espada con el credo musulmán grabado "No hay otro Dios que Alá", lo que lo situaba a la par de los grandes guerreros de la historia del imperio musulmán. Todos ellos, sueños de corte mesiánico que ayudan a entender su trayectoria y, sobre todo, su estilo de gobierno.

Nacido en 1954 en el humilde barrio cairota de Al-Gamaliya, Al-Sisi parecía predestinado a regentear el negocio de su padre, propietario de una tienda en el turístico zoco de Khan al-Khalili. Pero su vida dio un giro radical cuando consiguió entrar en una prestigiosa academia militar. A sus 63 años, Al-Sisi pertenece a una generación de oficiales sin experiencia en combate, ya que durante la última guerra contra Israel, en 1973, aún estaba formándose. Eso no impidió que ascendiera rápidamente en la jerarquía militar hasta convertirse en el miembro más joven de la Junta Militar que tuteló la transición después de la caída del exdictador Hosni Mubarak, en 2011.

Aunque entonces ya prometía, nadie podía imaginar que tres años después gozaría de un poder cuasi absoluto. Su fulgurante ascenso no habría sido posible sin la ayuda del presidente al que más tarde traicionaría: el islamista Mohammed Morsi. Cuando era un perfecto desconocido para el gran público, el líder de los Hermanos Musulmanes lo nombró ministro de Defensa en 2012, creyendo que su condición de musulmán devoto sugería una menor hostilidad hacia el islamismo que la vieja guardia de generales. Craso error. A pesar de que el ruido de sables era audible semanas antes del golpe, dicen que Morsi confió en la lealtad de Al-Sisi hasta último momento, toda una muestra de la astucia del general.

Al-Sisi justificó el golpe de Estado de 2013 en la necesidad de corregir la deriva autoritaria de los Hermanos Musulmanes y devolver el país a la senda de la transición democrática. Algunos liberales, como el premio Nobel Mohammed el-Baradei, le creyeron y formaron parte del primer gobierno posgolpe. No obstante, las esperanzas duraron tan solo unas pocas semanas. El 14 de agosto de aquel año, en plena pulseada entre la Hermandad y el gobierno, las fuerzas de seguridad mataron a cerca de 1000 personas concentradas en un campamento de protesta islamista situado en El Cairo. Fue la peor masacre de la historia contemporánea de Egipto.

Al mariscal le cayó la careta aquel día. En lugar de liberalizar la escena política, instauró un régimen altamente personalista. Sus fotos eran omnipresentes por todo el país, y los medios oficialistas se dedicaron a crear un nuevo culto a la personalidad, revestido con altas dosis de patriotismo. Egipto volvía a los viejos hábitos del pasado. Desde 1952 y hasta la Revolución de 2011, el valle del Nilo había sido gobernado por presidentes autocráticos surgidos de la institución militar. Al-Sisi encajaba perfectamente con ese molde.

En 2014, fue investido presidente tras unas elecciones sin garantías en las que obtuvo más del 95% de los votos. En estos cuatro años, su popularidad fue menguando a causa del progresivo recorte de libertades, de la aplicación de un duro programa económico de ajuste estructural, y de su incapacidad de poner fin a los cíclicos zarpazos del terrorismo. Por esta razón, el régimen impidió por la fuerza bruta que se presentara cualquier rival a estas elecciones, incluidos aquellos miembros de la élite tradicional que encarnan una oposición moderada.

Algunos analistas creen que el aumento de la represión busca descabezar la oposición antes de lanzar una enmienda constitucional que elimine el límite actual de dos mandatos que obliga a Al-Sisi a retirarse en 2022. "Los acólitos de Al-Sisi quieren volver al modelo de presidencia vitalicia vigente con Mubarak", comenta Michele Dunne, del think-tank Carnegie. A Al-Sisi no le basta con ser presidente con mandato limitado, quiere ser un nuevo faraón.

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