Humo y cabotaje, ese combo letal para la selección

Sebastián Fest
Sebastián Fest LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio
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2 de abril de 2018  • 10:08

Berlín, febrero de 2014. Joachim Löw conversa con un periodista argentino que, tras entrevistarlo, le plantea en tono jocoso un pedido: si la selección que dirige vuelve a cruzarse con la de Argentina, que no repita por favor el 4-0 de 2010 en Ciudad del Cabo. Esas cosas pasan una sola vez en la vida, ¿no? Löw, exagerando el cliché del alemán, no le da resquicio a la broma y demuele al interlocutor con la respuesta: "Es cierto, con un 1-0 alcanza". No hace falta recordar el resultado de la final de Brasil 2014.

Cuatro años después de esa conversación, Löw sigue siendo el entrenador de una Alemania firme en el lote de candidatas a ganar el título el 15 de julio de este año en Moscú, mientras la Argentina se retuerce, incómoda y ansiosa, tras eyectar tres entrenadores en ese mismo período. Los 12 años de Löw en el cargo contrastan con los diez meses de Jorge Sampaoli, aunque a los dos se les pida lo mismo: ganar el Mundial. Hijos ambos de sus circunstancias, ni Löw sobreviviría dirigiendo a la selección argentina, ni Sampaoli tendría margen al frente de la alemana. Son mundos diferentes, aunque años atrás la federación alemana buscara inspirarse en el exitoso modelo argentino de selecciones juveniles.

Cuando faltan apenas 73 días para el inicio de Rusia 2018, los argentinos discuten a su selección como si el torneo estuviera a tres años vista. Hay de todo. Por un lado está el humo lanzado por un especialista como Ricardo Caruso Lombardi, que vuelve a insistir en que los jugadores del medio local son tan buenos o incluso mejores que los que actúan en Europa. Por el otro, las revelaciones del propio Sampaoli en un libro que acaba de salir a la venta (Mis latidos. Ideas sobre la cultura del juego, Planeta). El técnico se abre en esas páginas con una sinceridad que bordea lo peligroso.

Caruso sabe que pulsa una fibra sensible del argentino y se lanza con picardía demagógica a una pileta en la que hay bastante agua en términos sociales, aunque no futbolísticos. Globalmente, los argentinos que juegan en Europa son mejores que los que lo hacen en el fútbol local. ¿Por qué? Sencillo: porque el fútbol de los grandes campeonatos europeos es muy superior al del torneo argentino. Y si no que les pregunten a River y San Lorenzo tras sus recientes experiencias en las finales del Mundial de Clubes, donde el Barcelona y el Real Madrid les hicieron precio. Y no, no vale hablar de Riquelme y Boca en el 2000. Pasaron 18 años y las distancias entre ambas realidades son mucho mayores que entonces. Escuchar a Caruso Lombardi puede ser incluso divertido, pero ni el humo ni el amor por el cabotaje van a ayudar a la selección.

Tampoco está del todo claro en qué medida es útil en este momento el libro de reflexiones de Sampaoli. Menotti, Bilardo, Del Bosque y Löw publicaron sus libros tras jugar y ganar el Mundial. Hoy, todo es más veloz. La obra tiene el valor innegable de la sinceridad descarnada, pero ahí también puede estar el problema, porque el técnico escribe sobre una materia viva y sensible como son los jugadores, la sociedad, los medios y la política. Lo hizo antes de la debacle de 6-1 con España, pero se leerá después.

"Siempre digo lo mismo -plantea en el libro de 187 páginas-. Cuando veo un equipo, miro qué centrocampista tiene. Cuando sé qué centrocampista posee, sé qué equipo voy a ver. Por ahí pasan las decisiones del juego".

El técnico cree que Gerardo Martino se fue tras perder las dos finales de la Copa América porque "jugó contra un país colonizado por los medios de comunicación", y se extiende en su devoción por Juan Domingo Perón: "Veo discursos de Perón en los que aprendo lo que puede generar un conductor, un líder. Hay un don que debe tener alguien que ocupa ese tipo de lugares, la capacidad de conmover. Uno se tiene que conmover para conmover al otro".

Esa emotividad sampaoliana quizás sirva para entender otra de sus reflexiones en el libro, una confesión tan franca como abonada a la polémica: "Yo no planifico nada. Todo surge en mi cabeza cuando tiene que surgir. Brota naturalmente en el momento oportuno. Odio la planificación. Si planifico, me pongo en el lugar de un oficinista. Soy el de Alumni del 91. El fútbol no se estudia; se siente y se vive. Parto desde ahí. Yo soy de la calle; negar eso es imposible. Es raro que me hayan puesto la etiqueta de planificador. No sé a qué obedece". El párrafo llama la atención en alguien que apostó a la tecnología en el predio de la AFA y al análisis minucioso de todo lo que hacen los jugadores, apoyado por un amplio cuerpo técnico. Pero Sampaoli está convencido: "Tal vez mis charlas suenan a las de un tipo súper estudioso. Nunca fui estudioso. Ni en el colegio, ni en la facultad, ni en el curso de entrenador. Yo no puedo leer un libro; veo dos hojas y ya me aburro. Escribo tres cosas en un papel y me cansé".

En medio del debate acerca de si Paulo Dybala debe ser número fijo para la selección o no, el técnico sale, probablemente sin ser consciente de ello, en auxilio del cordobés. "Es más complicado hacer funcionar a un equipo con jugadores que tienen que entenderse con Messi que idear un plan colectivo con jugadores normales". Suena bastante parecido a aquello que explicó en su momento el delantero de la Juventus, ¿no?

El poder del capitán de la selección queda en evidencia con otra reflexión de su técnico: "El socio de Messi lo va a elegir Messi. Lo va a determinar por él, porque juega siempre. El socio de otro puede ser cualquiera (.) su estilo va a determinar qué es lo que más necesita".

En un libro trufado de citas de Callejeros, La Renga y Los Redondos, entre otros, Sebastián Beccacece, número dos del técnico, dice sentir que con Sampaoli "para casi todo hay solución". Ojalá sea así.

El técnico ve a España, Brasil y Francia "un escalón por encima", y dice no olvidarse de Alemania, aunque la sienta "sobrevaluada". Según Sampaoli, Alemania ganó la final de 2014 no porque fuera mejor, sino porque fue "más fría". "Encontró una situación y la aprovechó a partir de esa frialdad que le permitió a Götze elegir la mejor definición. No le pasó así a Higuaín o Palacio ". La frialdad, dice, "es lo que se viene en el fútbol". Y eso no le gusta nada. "Si predomina eso, voy a estar afuera. No me siento parte. Intentaré pelearla desde adentro".

Respetables sentimientos de Sampaoli, valiente en su sinceridad. Löw, que estuvo en el Maracaná, pero también en Ciudad del Cabo, podría decirle que su análisis de la Mannschaft recuerda demasiado al "no se les cayó una idea" de Diego Maradona tras la paliza de Sudáfrica 2010. Y con un 1-0, podría añadir, siempre es suficiente. ß

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