Ser madre cuando no se terminó de ser hija

El embarazo precoz es uno de los principales indicadores de un país que carece desde hace años de una cultura de cuidado hacia los más vulnerables
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3 de abril de 2018  

Según estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación, en nuestro país, cada cinco minutos nace un bebe, hijo de una madre adolescente.

La gran mayoría de madres precoces viven en condiciones de pobreza, hecho que pone de manifiesto que esta no solo representa carecer de recursos materiales, sino también falta de acceso a la educación, ausencia de un entramado social que brinde contención temprana a las adolescentes, naturalización de la violencia de género en el seno familiar, ineficacia o falta de políticas públicas de prevención, inexistencia de bienes públicos de calidad, como centros de salud o de orientación al adolescente.

El Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unfpa) llevó adelante hace un tiempo un estudio que revela que el 53% de las adolescentes que quedaron embarazadas no lo buscó y que un gran porcentaje de ellas se embarazó en su primera relación sexual. Una de las causas del extendido desconocimiento sobre este tema se debe a que la ley de educación sexual no se instrumenta en todas las escuelas del país.

En la actualidad, el contexto para revertir las estadísticas no es favorable en diversos aspectos. El apoyo y la contención familiares son fundamentales, pero un gran porcentaje de estos casos se da en familias desunidas o con problemas de violencia doméstica y abuso.

Las campañas de difusión para crear conciencia deberían realizarse en los ámbitos en los que los adolescentes actúan, empleando la estética adecuada para cada edad y público, y con contenidos expresados de manera familiar para los receptores, lo que exige campañas segmentadas y no masivas, como suele hacerse.

Pero la difusión no es suficiente. Debe complementarse con acciones y políticas públicas que abarquen el sistema educativo, el de salud y el familiar, además de llegar con elementos de prevención a los espacios de esparcimiento adonde concurren los adolescentes.

Otro dato para tener en cuenta es que, según varios informes, más de la mitad de las madres adolescentes abandonan los estudios. Esa deserción escolar tiene varias consecuencias, tanto para la madre como para el futuro de los niños. En las adolescentes, limita el futuro laboral, las expulsa de su ámbito natural y reduce la posibilidad de establecer vínculos con sus pares, eliminando la base de acceso a oportunidades como, por ejemplo, una adecuada formación. En los niños, en tanto, las estimulaciones tempranas y los incentivos para el desarrollo que reciban serán muy limitados porque las madres carecen de herramientas para poder cumplir con esa función primaria.

Existen iniciativas que brindan soluciones para evitar que las madres que no terminaron sus estudios los abandonen, como acompañar con tutores en los domicilios de las estudiantes hasta un tiempo adecuado luego de haber dado a luz, dotarlas de tecnología e incluso disponer de guarderías para que los bebes queden a cuidado mientras la madre concluye la etapa escolar.

Pero estas acciones poco hacen frente a los efectos señalados por los expertos, quienes sostienen que el impacto psicológico de ser madre cuando todavía no se terminó de ser hija es complejo, porque el aparato psíquico de las adolescentes no está preparado para el rol que deberán enfrentar, por lo que los cambios de conducta pueden variar de una regresión a una sobreadaptación por demás exigente.

Debido a la escalada que ha cobrado la problemática del embarazo adolescente, a su dispersión geográfica y a que ya no es un hecho coyuntural, sino una tendencia, se requiere que el Estado asuma las soluciones de manera urgente e integral, que, como lo hemos sostenido siempre desde estas columnas, no pasa por la muerte de la persona por nacer.

Hace ya un tiempo, LA NACION publicó una carta de un lector en la que de manera certera se decía que el hecho de que el aborto no esté penalizado en algunos casos muy puntuales y la decisión de no castigar un determinado acto no lo hacen legítimo. La mentira, en general, no está penalizada; sin embargo, a nadie se le ocurriría decir que es legítimo mentir. Como en otros muchísimos casos, ese lector y su familia se proponían como padres adoptivos de un bebe, hijo de una niña de diez años que había quedado embarazada como producto de una violación. La adopción, además de un enorme acto de amor y responsabilidad, no debería ser descartada en situaciones tan críticas como la del caso comentado.

El embarazo adolescente es uno de los principales indicadores de un país que carece desde hace años de una cultura de cuidado hacia sus poblaciones más vulnerables. Es hora de empezar a trabajar sobre las causas, en vez de intentar actuar -muchas veces de manera errada e insensible- sobre sus consecuencias.

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