La empatía nos hará más humanos

Diana Fernández Irusta
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3 de abril de 2018  

H ace mucho que te quiero: así se llama la película. Uno podría inferir que se trata de una variante más de aquello de "chico conoce chica"; otra comedia romántica, de esas que Hollywood sabe hacer tan bien. Pero no. Porque de lo que habla este film es de amor, pero amor entre hermanas. El guionista y director es Philippe Claudel, escritor al cual -mal que le pese a mi vocación diletante- vengo siguiendo desde hace un tiempo, y en cuya obra siempre encuentro un oasis de cuidado, proximidad, delicado registro del otro. Humanismo y belleza, podría decirse.

Durante años, y por vocación ciudadana, Claudel dio clases de literatura en una cárcel francesa. De esa experiencia surgió un libro que, entiendo, aún no se tradujo al español: Le bruit des trousseaux ("El ruido de los manojos de llaves"). Allí despunta lo mejor del autor; su mirada entre austera y poética, y una aceptación radical -ni ingenuamente benévola ni fácilmente enjuiciadora- de lo que en alguna entrevista él llamó la "gran zona gris" de lo humano. Territorio donde el bien y el mal se entreveran; el insoportable motor de nuestras pesadillas: saber que en cada ser humano anida la semilla del verdugo. También, la posibilidad de negarse a serlo.

Los ecos de semejante experiencia insisten en Hace mucho que te quiero, película que descubrí recientemente. Porque allí todo comienza cuando una mujer, Juliette (en la piel de una impresionante Kristin Scott Thomas), sale de prisión. En ese momento de libertad formal se encuentra, al interior de sí misma, con la más lacerante de las cárceles posibles. Juliette no tiene nada, apenas porta un modesto bolso. Está sola, abrumada. Está rota.

Solo va a buscarla su hermana menor, Léa. Hace mucho que se quieren, las dos. Y hace mucho -exactamente 15 años- desde que la hermana mayor fue minuciosa y violentamente borrada de la vida familiar. Cuando Juliette atravesó el límite que la llevaría a la cárcel, sus padres decidieron que no sería más su hija. Durante quince años, Léa creció en la prohibición de mencionar siquiera el nombre de la hermana caída. Los viejos conocidos de la familia fueron aceptando el nuevo estado de cosas. Ante los nuevos amigos, Léa se presentaría como hija única.

Las dos mujeres que se reencuentran al cabo de quince años son dos extrañas. Y son hermanas. En esa subtrama, la de la paciente y obstinada reconstrucción del lazo perdido, radica, a mi modo de ver, uno de los mayores hallazgos del film.

Mención aparte merece la otra línea del relato, la del regreso de la exreclusa a la vida cotidiana. Difícil no mirarla con ojos argentinos y preguntarse qué habría sido de Juliette, tan de clase media francesa, en una cárcel de las nuestras, en un sistema como el nuestro, en medio de nuestras carencias.

Pero en la trama de Claudel y en la pequeña ciudad -Nancy- donde la sitúa, la reinserción, aunque difícil, es posible. Poco a poco, Juliette se va reencontrando con los trazos de una vida común, el asomo de una rutina laboral, el lento rearmado de una identidad hecha trizas.

Recién al final se conocerán los detalles de aquello que la hundió, casi a voluntad, en la prisión. La mirada del autor es redentora: descubriremos que, más que del lado del delito, el crimen de Juliette se inscribió en el de la tragedia. Allí está el rostro abismal de Kristin Scott Thomas, donde por momentos asoma todo -realmente todo- el dolor del mundo. Y la irreductible soledad que acompaña ciertas decisiones. Y la fatal imposibilidad de reparar una vida quebrada.

Léa, la heroína secreta de esta historia, parece saberlo. Indagará con cuidado, aguardará, tendrá paciencia. Practicará la auténtica escucha, esa que no depende solo de los oídos. Buscará, a veces con más suerte que otras, el momento justo de la palabra. Y será su empatía la que permita a Juliette volver a sentirse, otra vez, humana.

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