La desilusión de Silicon Valley

3 de abril de 2018  • 13:07

Alquilar un camión de mudanzas para irse de Silicon Valley puede llegar a costar 10 veces más que alquilarlo para instalarse allí. En el último trimestre del año pasado la zona metropolitana de San Francisco fue la región con más residentes buscando mudarse a otro lado, con casi el veinte por ciento de su población considerándolo. El New York Times, apresurándose a sacar conclusiones, sucintamente remató con que Silicon Valley se terminó.

Ya van a ser 23 años desde que se publicó Microserfs (1995) de Douglas Coupland, probablemente la primera novela dedicada a retratar la vida en una startup de tecnología. En ella se retrataba la vida laboral en Microsoft, por lejos el lugar más cool para trabajar por aquel entonces, y la osadía de cinco amigos que deciden abandonar la comodidad de su trabajo allí para fundar su propia startup. Eventualmente se mudan a la zona de San José, en la bahía de San Francisco, y conocen de primera mano lo trágica que puede ser la vida del emprendedor.

Lo que distingue a la obra de Coupland, y la mantiene vigente, es que escrita en formato de diario se enfoca en la vida interna de estos programadores y no tanto en los pormenores de la vida del emprendedor. En cambio, Silicon Valley sirve como escenario de una suerte de coming-of-age tardía y las dificultades de llevar adelante un negocio en la industria de la tecnología justo antes de la explosión de la web no se vuelven el centro del relato más que intermitentemente. Microserfs no pasa de moda porque estas dificultades siguen siendo más o menos las mismas y las ansiedades de emprender, también.

En marzo se estrenó la quinta temporada de Silicon Valley de HBO, celebrada consistentemente desde su estreno, que lejos de situar los pormenores de emprender en la industria de la tecnología como escenario para algo más, los pone al centro de la escena y construye su relato a partir de ahí. La desoladora realidad que muestra Silicon Valley la empujó a convertirse en casi un culto para muchos emprendedores del Silicon Valley geográfico.

Adelanto de la quinta temporada de Silicon Valley

1:20

A diferencia de patéticos intentos por capturar una cultura a la que terminan humillando, como es el caso de The Big Bang Theory, Silicon Valley parecería dar en la tecla cuando se trata de señalar hasta el más mínimo detalle. No sólo lo absurdo de mucho de lo que pasa en ella, sino también hasta el último detalle tóxico de la cultura que retrata, incluyendo la falta de diversidad y la misoginia. Hace unos días leía a varios amigos que trabajan en la industria comentar que no toleran ver la serie. "Se siente demasiado real", coincidían.

La gracia de Silicon Valley no está en ver a los protagonistas "romperla" en un mundo de gigantes tecnológicos, sino en verlos apenas sobrevivir. Inadvertidamente, o quizá muy cuidadosamente planeado, la serie funciona como efectivo antídoto a una penetrante retórica de que todos debemos ser emprendedores y que cualquier otra opción puede ser legítima, pero no loable.

Quizá es por eso que al leer Disrupted (2016) de Dan Lyons -que durante algún tiempo fue guionista de Silicon Valley- la ficción televisiva cobra otro matiz. En sus páginas Lyons describe su paso por una empresa de tecnología, no muy distinta de las que se muestran en la pantalla o de las que leemos constantemente en los blogs dedicados. Lyons, ex-editor de la revista Newsweek de 50 años, comenta constantemente que nunca se sintió tan viejo.

Pero lo que subyace a estas tres obras es algo más. Ya en el año 2000 la revista Newsweek publicaba un editorial denunciando el " culto al emprendedor". Apenas surfeando la crisis de las punto com, entre sus líneas manchadas de sarcasmo se leía el algoritmo para el éxito: tener una gran idea, conseguir financiación y luego poder intercalar largas vacaciones con esporádicos momentos de trabajo.

Mucho más recientemente el foco se puso en destronar la idea de que es la meritocracia el motor detrás del éxito emprendedor. "Los mitos de la meritocracia y el emprendedurismo refuerzan ideales de la industria tecnológica que perpetúan sus estructuras de poder y privilegios", denunciaba Alice Warwick en Status Update (2013). Entre otras cosas Warwick concluía que no todos pueden trabajar en una startup y que el modelo de negocios de las startups no puede aplicarse a todas las situaciones.

Lo que queda detrás de los anuncios grandilocuentes de las empresas de tecnología suelen ser las historias de quienes mueven sus engranajes a diario. Sus dificultades para pagar alquileres que no tienen ningún sentido , las ansiedades provocadas por un discurso que pone al éxito y al fracaso exclusivamente como responsabilidad individual y la presión de no haber tenido una idea para hacerse rico antes de los 35 no suelen ser temáticas problematizadas cuando hablamos de las virtudes de la tan vitoreada cuarta revolución industrial.

Quizá sea por esto que como fuerte antídoto a tanto relato distorsionado dejen su marca las ficciones o relatos en primera persona que en parte problematizan otra crisis: la desilusión de Silicon Valley.

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