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Valeria Bertuccelli en su bosque de miedos

Mariana Arias
Mariana Arias PARA LA NACION
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4 de abril de 2018  • 00:56

Según el Dalai Lama, el verdadero destructor de la felicidad siempre está ahí, adentro tuyo, y donde quiera que vayas te acompaña; hagas lo que hagas es difícil dejarlo atrás si no tomás la decisión de hacerlo. El líder espiritual del budismo tibetano habla de dos tipos de emociones: una clase de emoción sin ningún razonamiento (claro que siempre creemos que sí hay una razón, pero en lo más profundo puede no ser real), como el miedo o el odio, y otro tipo de emoción ligada al altruismo o la compasión, que es necesaria y positiva. El Dalai Lama asegura que la combinación de las emociones con el razonamiento y la inteligencia es la manera de cambiar, es la forma de transformarnos.

La Reina del Miedo, la ópera prima de Valeria Bertuccelli, tiene al miedo como protagonista. Robertina, el personaje que interpreta ella misma, está dominada por una emoción que la angustia, la saca de su eje, la confunde. El miedo no la deja enfrentar varios problemas que tiene ante su vida. Una separación inconclusa, el estreno de su unipersonal, la responsabilidad de una casa que la desborda por momentos y que la enfrenta a la oscuridad de la noche, el momento en el que se siente más indefensa en su soledad. "A mí me miran y se me hiela la sangre", dice Tina, una actriz consagrada que no puede resolver casi nada. En la butaca, el espectador espera durante toda la película que acceda a la luz y encuentre una salida. Esa tensión que conocemos -nadie está exento del miedo- nos moviliza internamente y uno se olvida por momentos de que está en el cine viendo una película. Logra abrazar a la sala, logra identificación.

En el auto, yendo al teatro adonde pocas veces llega, Tina recibe la llamada de una amiga que le cambia el rumbo. Esa conversación la obliga a tomarse un avión e ir a ver a su amigo enfermo en Dinamarca. La muerte cercana la hace girar hacia lo esencial. Junto a Lisandro (interpretado por Diego Velázquez) puede empezar a pensar, con él puede hablar y abrirse sin miedo. Aunque la resistencia siempre está, esa necesidad de unir emoción e inteligencia (como enseña el budismo) aparece en el personaje de Bertuccelli cuando se siente acompañada por alguien que está pasando por un estado de entendimiento y que la ama. Todo comienza a fluir de otra manera y el árbol del jardín de su casa, que quiere desplantar desde el inicio de la historia y que aún tiene vida, finalmente, puede acceder a ocupar el espacio del escenario, a convertirse en la única escenografía de la obra que se estrena en pocos días. El árbol se puede pensar como un símbolo de la vida. Al revés del famoso refrán, en este caso es el bosque -un bosque de miedos- el que no dejaba ver el árbol de la vida. Una vida que siempre da miedo pero que hay que enfrentar con emoción e inteligencia.

Valeria Bertuccelli perdió a su padre cuando era muy chica, pero lo recuerda como alguien que enfrentaba el miedo y que le hablaba de cómo hacerlo. Curioso dato que encontré antes de entrevistarla en La Nación, en el ciclo Conversaciones. Inmediatamente lo ligué a su película y me pregunté: ¿Será La Reina del Miedo una manera de resolver algo propio? ¿Una forma de mostrar el arte, que para ella, funciona como una vía de salvación?

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