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Una odisea de la imaginación

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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4 de abril de 2018  

De noche, no hay nada más allá del mar. Durante el día es diferente. El horizonte, alguna embarcación y las nubes peripatéticas tranquilizan el espíritu y nos prometen que el mundo sigue allá, más allá. Pero de noche, no. De noche mirar el mar es como sentarse en el alféizar de la nada. Corta el aliento y a la vez cautiva.

No era esa la visión, hace unos días, sobre la costa atlántica, cerca de las 9 de la noche, con una luna casi llena restañando entre las olas. Una linda foto, un cuadrito de bazar. Ningún misterio.

Pero el océano no ahorra en sorpresas. Luego de un rato de oír el hipnótico salmo de la rompiente, advertí una luz anaranjada sobre el horizonte, hacia el este. Sabía que un minuto antes no estaba ahí. Ahora había aparecido, brillante y maciza. Conjeturé que era un barco. Pero estaba ascendiendo. Un número de estrellas pasaron por mi mente, pero noté que casi no titilaba. Era un disco de color anaranjado ascendiendo sobre el horizonte, claro y distinto. Era un planeta, pero nunca había visto uno así de magnífico. Arriba, solo los astros más conspicuos competían con la luna tirana y las impiadosas luminarias costeras. Canopus, Spica, Rigil Kentaurus, Hadar, Proción, Rigel, Betelgeuse y la altiva Sirio.

¿Qué era esa luz naranja en ascenso? Mientras sacaba mi teléfono para identificarla, llegué a la conclusión de que en cualquier momento el rumor del mar se vería infectado por el motor de alguna clase de aeronave y que el enigmático disco luminoso se volvería algo más trivial.

Pero no. Siguió ascendiendo morosamente y unos instantes después tuve en la pantalla un nombre inesperado. Era Júpiter.

Me he pasado la vida observando los cielos, pero nunca había visto amanecer a Júpiter sobre el mar. Di las gracias, por supuesto, y me quedé mirándolo, fascinado y con un nudo de felicidad en la garganta.

Ayer me reincorporé al diario luego de mis vacaciones, y la escena del crepúsculo joviano sobre el mar seguía visitando mi conciencia. Volví a conectarme también con las noticias, desde luego, y entonces quedé pasmado cuando uno de los titulares pasó frente a mis ojos: 2001, Odisea en el espacio cumplió anteayer medio siglo. Se estrenó el 2 de abril de 1968 con 19 minutos más que la versión que hoy conocemos.

Mi padre, que había visto la película en Estados Unidos, nos llevó a su estreno en Buenos Aires. No tendría más de 9 años por entonces y no entendí mucho de una historia que, 50 años después, todavía origina debates. Pero desde esa butaca de un cine que quizá ya no existe viajé a Júpiter. Vi a Júpiter y sus lunas con el realismo implacable pero poético de Stanley Kubrick. Estuve ahí.

Se convirtió desde entonces en una de mis películas favoritas, una de ese puñado con el que uno no entendería del todo su propia biografía. A poco de verla, me regalaron el Orión III de Pan Am que aparece al principio del film, y lo atesoré durante años. Más tarde, en un anuario de la Encyclopedia Britannica, leí torpemente cómo se habían filmado las escenas más contundentes. Tuve la película en VHS y en DVD. La he visto tantas veces que perdí la cuenta. Y nunca le busqué una explicación. Es una obra de arte, no un teorema.

Cincuenta años después, 2001, Odisea en el espacio no padece obsolescencia alguna. Acaso algún borde ajado aquí y allá; acaso alguna inexactitud. Pero mucho antes de que la animación computada invadiera la cinematografía, Kubrick fabricó sus mundos y sus naves con realismo obsesivo, y respetó el silencio aterrador del vacío, labrándolo en ocasiones con los pentagramas de Johann Strauss y Richard Strauss (entre otros). Creó, en un género por demás volátil, un clásico.

Cincuenta años después, y porque los caminos del Señor son misteriosos, sentado en ese humilde muelle observé con emoción punzante al gigante tormentoso amaneciendo sobre el mar. Nunca lo había visto así. Excepto, claro, a los 9 años en un cine que tal vez ya no existe.

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