Vivir en un ayuno tecnológico

Guillermo Tomoyose
Guillermo Tomoyose LA NACION
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8 de abril de 2018  

Hace varios años, antes de la existencia de los smartphones, tuve la idea de experimentar unas vacaciones sin Internet en Puerto Madryn. Solo usé las llamadas telefónicas. Si se tiene en cuenta el objetivo, la iniciativa fue un éxito y estuve aislado de la Red. Pero también terminé aburrido, ansioso e irritado por embarcarme en tal absurda misión. ¡Incluso estaba fuera de la temporada de avistajes! Los tiempos cambiaron, claro. Ahora estamos más conectados que hace 15 o 20 años. Pero no hay que caer en situaciones extremas. Es fácil intentar una medida drástica (y es muy probable que este tipo de iniciativa fracase también). Como en muchos otros aspectos de la vida, es mejor el equilibrio y aprovechar la tecnología y la conectividad en su justa medida. Sin embargo, existen muchas situaciones que nos fuerzan a experimentar un ayuno tecnológico por minutos, horas o días.

La fila de espera en el banco es uno de esos momentos. Nada de relojear la pantalla del celular por cuestiones de seguridad. ¡Ni siquiera se puede leer un libro electrónico! La desconexión dentro del auto es un muy buen recurso para evitar las distracciones que generan los smartphones. No se trata solo de aislarse de la tecnología, sino de adoptar un hábito vital para evitar un accidente. En un viaje aéreo la opción forzada es deshabilitar las funciones de acceso a Internet. Como podrán imaginar, de aquí viene el bendito modo avión. Sin embargo, en los últimos años las aerolíneas comenzaron a ofrecer servicios de conexión a Internet. Sean cuatro, seis o hasta doce horas, este momento es ideal para dedicarles a todas esas actividades que dejamos de lado por prestarles demasiada atención a los contenidos online.

Aunque sea un lugar común, la lectura de un libro es ideal. En mi caso, es un momento que disfruto mucho para esbozar algunas ideas, proyectos o realizar anotaciones de viaje en una libreta de bolsillo. A pesar de mi devoción por la tecnología, un anotador y una lapicera siguen siendo parte de mis accesorios junto a todos mis gadgets. Eso sí, tampoco soy un monje de la meditación offline: a la salida del banco o al llegar a destino después de un vuelo, siempre vuelvo a la conexión a Internet, con la satisfacción de haber aprovechado la desconexión temporal sin padecer la experiencia. del ayuno tecnológico.

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