La historia negra de las barras argentinas en los mundiales

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8 de abril de 2018  

El periodista Gustavo Grabia acaba de publicar "Asalto al Mundial", donde aborda el comportamiento de las barras bravas argentinas en las Copas del Mundo y sus entramados políticos
El periodista Gustavo Grabia acaba de publicar "Asalto al Mundial", donde aborda el comportamiento de las barras bravas argentinas en las Copas del Mundo y sus entramados políticos

Uruguay 1930. Fragmento del capítulo La camiseta se tiñe de sangre. (...) Como era obvio, ambos hermanos rioplatenses terminaron llegando a la final. El chauvinismo ya estaba instalado. Y los medios argentinos hicieron poco por frenarlo. Más cuando se supo que los jugadores estaban siendo amenazados de muerte por los uruguayos. Era tal el clima que se vivía que el goleador xeneize Roberto Cherro se había autoexcluido, el delantero de Estudiantes Alejandro Scopelli también se quedó afuera y el doble ancho Luis Felipe Monti, clave en aquella selección jugando como volante de contención, decidió ir con menos vehemencia que de costumbre a la pelota tras recibir amenazas de muerte él y su familia. "Durante aquel partido tuve mucho miedo porque me amenazaron con matarme a mí y a mi madre. Estaba tan aterrado que ni pensé en el partido que estaba jugando y perjudiqué así el esfuerzo de mis compañeros", admitió Monti tiempo después. Cuando esa información cruzó el Río de la Plata, los argentinos decidieron ir en masa a Uruguay a bancar la parada. Treinta mil de los nuestros intentaron subirse a los barcos al grito de "Argentina sí, Uruguay no" y "Victoria o muerte". Pero más de la mitad no logró ingresar al vecino país. Entre la niebla que perjudicó el viaje y la requisa exhaustiva de la policía uruguaya en la frontera, que tenía la orden de que no ingresara casi nadie, apenas diez mil lograron llegar al Parque Central, donde se jugaba el encuentro. Y no la pasaron nada bien ante los 60.000 uruguayos que coparon el Parque Central. Antes del partido, por las calles del puerto, un grupo de locales paseó un féretro con los colores albicelestes. En el campo, la Argentina hizo un primer tiempo como si nada de esto estuviera pasando. Y se fue victorioso 2 a 1. Pero el entretiempo traía malas noticias. Más amenazas de muerte y 300 soldados uruguayos con bayonetas esperando en la línea de cal. "Cuando los vimos entendimos que no estaban ahí justamente para defendernos", contó Monti. En ese marco y con la complicidad del árbitro belga John Langenus, quien aceptó 50 años después que había un clima de guerra, Uruguay dio vuelta el partido por 4 a 2. Y la barra uruguaya, como si el triunfo fuera poco, esperó al plantel y a los hinchas argentinos en el puerto, quienes debieron subir en lancha por detrás a los barcos para no ser atacados.

Suecia 1958. Monedas al viento. (.) Apenas habíamos tenido un tropezón producto de haber llegado sobre la hora al torneo y la mala fortuna de usar una camiseta que se consideraba "mufa". Así llegamos al 15 de junio de 1958 al estadio Olimpia de la ciudad de Helsingborg. Pero no bien el árbitro inglés Arthur Ellis dio la orden, los europeos tomaron el control del partido. Y no lo largarían jamás. La historia es conocida: la Argentina perdió 6 a 1 y la jornada pasó a la historia bajo el nombre de "El desastre de Suecia", justo el mismo día en que debutaba en un Mundial y con apenas 17 años un tal Pelé, en el triunfo 2 a 1 de Brasil sobre la Unión Soviética.

La decepción convirtió a los hinchas argentinos en una masa descontrolada buscando un culpable, un pueblo intentando replicar la obra maestra de Lope de Vega, Fuenteovejuna. Con las comunicaciones poco fluidas de aquel entonces, los jugadores no tenían idea de lo que les esperaba al regreso. Se subieron al avión el 26 de junio por la tarde y al otro día arribaron a Buenos Aires. Solo hay que remitirse a la crónica del diario El Mundo para entender la magnitud del escándalo. "Había oscurecido completamente cuando se divisaron las luces del avión de Aerolíneas Argentinas que traía a los futbolistas y comenzaron a oírse gritos en contra de los jugadores. La policía tomó posiciones, estratégicamente se encendieron los focos de los operadores telenoticiosos y más de un centenar de periodistas y fotógrafos trató de protegerse de la agresión de los aficionados que comenzaron a arrojar monedas. El avión se detuvo a 300 metros de la plataforma y fue evidente la sorpresa y el desaliento de los jugadores, cuando vieron el despliegue policial en tierra y que enseguida se agrupó alrededor de ellos".

La barra de Independiente fue protagonista en el Mundial de Sudáfrica, en 2010
La barra de Independiente fue protagonista en el Mundial de Sudáfrica, en 2010

La revista El Gráfico directamente comparaba a Ezeiza aquel día con una guarnición militar, dado el despliegue de hombres de seguridad. Y hasta los funcionarios aduaneros, siempre receptivos a tener un trato cordial con los famosos, fueron estrictos a la hora de hacer los trámites para los futbolistas. Es el precio del fracaso, que aquellos que estaban acostumbrados a los honores recibían por primera vez en carne propia. Porque una multitud enardecida se había convocado para agredir a quienes se habían ido como campeones y vuelto como fracasados. Los monedazos surcaron la noche del aeropuerto como si el plantel fuera la Fontana di Trevi y acertarles daba un título mundial que había quedado allá a lo lejos, en las desapacibles tierras nórdicas.

Argentina 1978. La barra de la dictadura (.) Por entonces, la realización del Mundial corría peligro por los países europeos donde sí se estaba al tanto del plan sistemático de desaparición forzada de personas que se llevaba adelante en la Argentina. Ante esa situación, Massera planteó dos vías de trabajo. Una institucional contratando a la agencia Burson Marsteller por 500.000 dólares para que hiciera una campaña pro Argentina en el Viejo Continente y esta le aconsejó que lo primero a hacer era adherirse a los éxitos deportivos. La segunda fue otra vez convocar a los líderes barras, pero esta vez con un objetivo más concreto: no podía haber violencia en los estadios que empañara la imagen del fútbol argentino. Quien obviara esta decisión tendría un final poco feliz. A cambio, se les daría la participación plena en las tribunas de los estadios donde se jugara el Mundial. El acuerdo estaba sellado.

(.) En lo que respecta a los barras, su utilización fue evidente. Y si bien hubo un conjunto de violentos distribuidos básicamente por todo el estadio Monumental, era la de River la que tenía predominio sobre el resto, barra que había sido infiltrada por la propia Policía Federal. De hecho, el nombre que circulaba era el de Miguel Bomparola, apodado el Negro Bompa y que era la mano derecha del jefe, Alberto Taranto, alias Matute, asesinado el 19 de octubre de 1983 tras un superclásico entre Boca y River en el estadio de Vélez que ganó el Xeneize por 1 a 0. Bomparola, exoficial de la Policía Federal, llegaría 30 años después a ser el hombre clave de seguridad del club bajo la presidencia de Daniel Alberto Passarella, el Gran Capitán de aquel Mundial 78. También empezaba a pisar fuerte otro pesado del tablón, Carlos Alberto De Godoy, alias el Negro Thompson, líder de la barra de Quilmes, quien sería clave en la barra de la selección desde 1979 a partir de su relación con el intendente de dicha localidad durante la dictadura, Julio Casanello, que llegó a ese puesto ubicado allí por el gobernador bonaerense de facto, Ibérico Saint Jean, y que tiempo más tarde llegaría a presidir el Comité Olímpico Argentino entre los años 2005 y 2008.

La hinchada de River fue la barra oficial de la Argentina en Alemania 2006. En la foto, Gonzalo Acro, asesinado un año más tarde, durante un partido mundialista
La hinchada de River fue la barra oficial de la Argentina en Alemania 2006. En la foto, Gonzalo Acro, asesinado un año más tarde, durante un partido mundialista

Esos violentos del tablón fueron también los que encabezaron las manifestaciones en Ezeiza para recibir a los planteles y periodistas extranjeros que se acercaban a participar o cubrir el torneo. Eran los difundidores en los estadios de la campaña "Los argentinos somos derechos y humanos", eslogan creado por la compañía de publicidad internacional Burson Marsteller y que tendría su pico un año después, en ocasión de la visita al país de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, cuando el gobierno mandó a fabricar y distribuir 250.000 calcomanías con el lema y armó una manifestación donde también tuvieron preeminencia varias barras de los clubes porteños. Y bajo ese esquema de silencio que en las canchas garantizaban los violentos del tablón, el Mundial se jugó en un país azotado por el terror y en donde la prensa en general y la revista El Gráfico en particular fueron señeras en la defensa de la organización gubernamental del torneo. "Para quienes están en el exterior, para todos aquellos periodistas insidiosos y maliciosos que durante meses hicieron una campaña de mentiras sobre la Argentina, esta competencia está mostrándole al mundo la realidad de nuestro país y su capacidad para hacer cosas importantes de manera responsable y bien. En cuanto a aquellos que están en el país, a los no creyentes que teníamos en nuestra propia casa, estamos seguros de que el Mundial ha logrado emocionarlos y hasta hacerlos sentir orgullosos", se leía en el editorial del número siguiente a la inauguración del Mundial.

España 1982. La patrulla perdida (.) Claro que mientras algunas barras se mantenían fieles al ideario peronista, la gran mayoría estaba alineada a la represión ilegal que la dictadura había comenzado en 1976 y, aún con menor virulencia, seguía vigente por entonces. Y se venía otro torneo ecuménico, el Mundial de España 1982, que tendría a la Argentina como una de las selecciones más convocantes, debido no solo a su condición de campeón defensor, sino también a la presencia de Diego Armando Maradona, ya convertido en estrella del fútbol interplanetario. El riesgo para la dictadura era que en cada partido de la selección hubiese manifestaciones de exiliados para denunciar la situación del país y pedir el retorno a la democracia, tal como había sucedido en aquella gira por Europa de 1979, que logró ser acallada. Entonces se puso en marcha el operativo silencio, del que iban a participar muchísimos barras de distintos clubes y que tendría en cabeza del mismo a Carlos Alberto De Godoy, el Negro Thompson, jefe de la tribuna de Quilmes, guardaespaldas del intendente del lugar, Julio Casanello, con influencia directa en la parada de taxis de la estación Quilmes del tren Roca y con diálogo directo con el presidente de la AFA, Julio Humberto Grondona.

(...) Pero el maquiavélico diagrama terminó frustrándose antes de llevarse adelante: el 2 de abril de 1982 la Argentina inició la reconquista de las Islas Malvinas, lo que generó la guerra con Inglaterra y el freno al plan mundialista de los barras. "Estaba todo preparado para viajar, hasta nos habían sacado los pasaportes sin tener que ir siquiera al Departamento Central de Policía, pero por la guerra no pudimos viajar", reconoció en la revista Huella de San Martín, el 30 de mayo de 1998, Alfredo Alberto Apollonio, alias Batata, uno de los líderes de la barra de Chacarita. Es que se los necesitaba en la Argentina para disuadir a manifestantes pacifistas o antidictadura o trabajadores, como había quedado de manifiesto en la impresionante movilización del 30 de marzo que había hecho la CGT Brasil de Saúl Ubaldini a Plaza de Mayo (enfrentada a la CGT Azopardo de Jorge Triaca), que terminó en una brutal represión. (...)

México 1986. La barra oficial del campeón (.) A la Argentina le tocaba Inglaterra. Contra Uruguay, el aguante lo habían hecho las primeras líneas de Chacarita y Estudiantes, sobre todo. Y a diferencia de lo que había ocurrido con nuestro país, los hermanos orientales estaban acompañados por unos pocos violentos de Nacional y Peñarol que, encima, tenían buenas relaciones respectivamente con el Pincha y el Funebrero. Así que no hubo problemas. Pero lo que se venía era distinto. Era el primer enfrentamiento con Inglaterra tras la Guerra de Malvinas. Y el país lo vivía absurdamente como si fuera la segunda parte de aquella batalla. Para los barras en México, pelear contra los hooligans era una cuestión de honor y sabían que no sería censurado desde Buenos Aires. Todo lo contrario. Entonces, armaron sus fuerzas. Los hooligans venían precedidos por una fama de terror en Europa, y hasta el momento habían hecho su base en Monterrey, a mil kilómetros de la capital mexicana, donde habían destrozado varios locales y bares del centro tras empatar con Marruecos en la fase clasificatoria. Todos, de ambos bandos, estaban en un nivel de excitación importante. Por eso, el choque se veía venir. Además de los barras, para la ocasión los argentinos habían sumado también un grupo de exiliados y cincuenta escoceses, fundamentalmente del Celtic de Glasgow, prestos a dar una mano (Escocia participaba del Mundial en el grupo cinco y había quedado eliminada). El encuentro estaba pactado para el 22 de junio en el estadio Azteca. Los ingleses estaban en la ciudad desde varios días antes, puesto que habían jugado en el DF frente a Paraguay por los octavos de final. Y los argentinos empezaron a cranear la emboscada. La inteligencia la hizo el grupo de escoceses para saber por dónde se movían sus pares del Reino Unido. Y cuál era el grupo que llevaba las banderas al estadio. Los exiliados, que conocían la capital como la palma de su mano, aportaron los detalles de cuál era el lugar exacto para poder arrinconarlos y, tras la sorpresa inicial, sacarles los trapos, que era el objetivo principal de la revuelta. Hubo una reunión de todos los barras y se convino que el ataque sería en el Paseo de la Reforma, la vía principal de la ciudad, entre las avenidas Río Tíber y Florencia, justo donde hay una plaza que tiene el monumento a la Independencia, popularmente conocido como el Ángel. Un grupo atacaría por la avenida cercándolos hacia la glorieta, y otro vendría de atrás y en esa encerrona estaba la llave de la victoria. A la hora señalada, los argentinos se distribuyeron tal como se había planeado. Los hooligans del West Ham, Chelsea, Newcastle y Manchester United caminaban por Reforma despreocupados, con sus banderas, ya bastante alcoholizados. Apenas los vieron, los barras de Estudiantes, Central y Talleres empezaron a arriarlos hacia la plazoleta. Una vez allí, desde atrás, salió el resto del grupo, liderado por La Doce. La pelea duró largos 20 minutos hasta que superados en número y rabia, los hooligans se dispersaron dejando atrás, en la huida, varias banderas de sus clubes y de la selección, que después, por televisión para todo el mundo, la barra argentina liderada por el Abuelo mostraría como señal de victoria.

"Es cierto que yo participé de la pelea con los hooligans. Todos me recuerdan lo mismo, pero yo no lo tengo en la memoria como algo épico. Hubo un cruce sí, porque estaba todo el tema de Malvinas en el medio y además de argentinos había escoceses. El mito dice que ganamos y si después las banderas estaban de nuestro lado, supongo que fue verdad", cuenta Raúl Gámez, expresidente de Vélez, que por entonces portaba por apodo el de Pistola, era jefe de la barra de Liniers y participó de la pelea.

Pasear la bandera inglesa por la tribuna (de hecho, hubo una que fue quemada ante las cámaras de la TV detrás del arco que defendía Pumpido, apenas comen-zado el partido), le dio una consideración especial a La Doce ya no entre las barras, sino también en el hincha común. Es más, en el entretiempo los barras, ya sintiéndose dueños de la situación, comenzaron a orinar hacia abajo, donde estaban los ingleses. Y cuando estos quisieron reaccionar, una vez más fueron superados. Y lo mismo ocurrió a la salida del Azteca bajo los puentes de la llamada Calzada de Tlalpan, avenida que conecta el centro histórico de Ciudad de México con la zona sur de la urbe. Allí algunos ingleses quisieron recuperar sus pertenencias y terminaron en el hospital. La barra argentina se había consagrado como la barra del Mundial.

Alemania 2006. Un Mundial de Borrachos. (.) Claro que ese incidente y la decisión de profugarse de los capos de La Doce provocaron el vacío de poder en el mundo de la selección. Y eso fue aprovechado en forma gigantesca por la nueva barra de River, que ya se había asentado bajo el mando de Alan Schlenker y Adrián Rousseau, que tenía el apoyo total del presidente del club, José María Aguilar, que hasta había contratado a varios integrantes de Los Borrachos del Tablón como supuestos empleados del club, lo que les permitía blanquear el dinero que recibían por los "trabajitos" extras para la dirigencia. Entre otras cosas, la barra manejaba línea directa con el departamento de socios, de donde salían los tickets para comercializar los partidos de River, y también de la empresa que vendía los encuentros de la selección. Con los problemas judiciales de Boca, la fuerza de River creció en esas Eliminatorias hasta convertirse, con el tiempo, en la barra oficial del equipo argentino.

(.) Durante todo ese tramo de Eliminatorias, Los Borrachos fueron eliminando uno a uno a sus posibles competidores. Tenían, además, apoyo político, ya que habían trazado relación con el kirchnerismo a partir de quien sería el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, que terminó llevando a varios violentos del tablón a distintas dependencias oficiales, como la Secretaría de Industria y el Instituto Nacional de Estadística y Censos. El nexo para ese primer acercamiento lo había producido un barra tan histórico de la tribuna de River como del justicialismo, Eduardo Ferreyra, alias Joe, quien hizo su militancia en la unidad básica que tenía Moreno en Las Cañitas y después trabó relación con Federico Saravia, hijo de la exfuncionaria menemista Matilde Menéndez y fundador junto a Nicolás Trotta de la agrupación universitaria Jóvenes K. Con ese aval, no había quién pudiera hacerles sombra. Y el Mundial 2006 se convertiría, entonces, en un Mundial de Borrachos.

Sudáfrica 2010. Un safari al corazón de África. Todos tuvieron su lugar para hacer un billete grande en las previas de los partidos. En los alrededores del Soccer City, donde jugó la Argentina contra Nigeria y contra Corea del Sur en la primera fase y contra México en los octavos de final, los violentos de la selección vendían a 250 dólares tickets que originalmente estaban a 80. Hicieron fortuna. Los de Independiente, por caso, hasta se dieron el gusto con las ganancias de pagarse un safari por el parque Pilanesberg del que también formó parte Facundo Moyano, hijo del poderoso gremialista Hugo Moyano. Tres días después, Pablo, el primogénito del exsecretario general de la CGT, miraba a la selección frente a Grecia en la tribuna rodeado de gente de la ONG HUA. La imagen de las tribunas donde jugaba la Argentina en esa primera ronda del Mundial no tenía nada que ver con lo que la FIFA estaba acostumbrada. Entre los ruidos de las particulares vuvuzelas, que eran el instrumento musical que los africanos llevaban a los estadios, se veía una barra cual cancha argentina, desplegando sus banderas tirantes, parándose en los asientos, amenazando al resto y dando la imagen de una jauría dispuesta a tomar por asalto el torneo. De hecho, hubo varios incidentes con los hombres de seguridad en los estadios, entre ellos, uno que protagonizó Marcos Lencina, jefe de la barra brava de Vélez, que recorrió el mundo porque justo se produjo cuando la televisión enfocaba ese lugar de la cancha. Y en todos esos partidos de primera fase, daba la sensación de que ganaban los violentos. Pero llegaría la revancha de la FIFA y ya no todo sería alegría para el barratour: tras haber provocado disturbios en esos primeros dos partidos de la selección, otro grupo de 19 violentos, pertenecientes en su mayoría a hinchadas del Ascenso, serían también deportados. Y tras el partido con Grecia, los deportados fueron otros 18, en este caso de la barra de Boca, la que bancaba el cuerpo técnico de la Selección.

Brasil 2014. Contacto caipirinha (.) Las charlas para hacer otro tour masivo las encabezaba, como siempre, Pablo "Bebote" Álvarez, el líder de Independiente. Y fue él quien armó el primer contacto para tener la logística en Brasil: era Jorge "Hierro" Martins, el jefe de la barra del Inter de Porto Alegre, que tenía varias causas en su país por violencia en el fútbol, derecho de admisión a los estadios y un lema que hacía público en sus redes sociales: "Dios perdona, Hierro no". La amistad se había forjado al calor de la Recopa Sudamericana 2011, que enfrentó a ambos equipos y terminó con el triunfo del Inter. Desde allí fue creciendo hasta generar una alianza del Mercosur. El poder de Hierro Martins en tierras gauchas era similar al de Bebote Álvarez en Avellaneda. De hecho, el día del sorteo del Mundial, que determinó que la Argentina jugaría en Porto Alegre contra Nigeria, Martins se fotografió con una campera de Hinchadas Unidas Argentinas en el estadio que albergaría ese match.

(...) Por fuera de este escándalo, había otro que crecía minuto a minuto: el desafío de Bebote Álvarez. Y el barra volvió a ganar: se pintó la cara como hincha suizo, se puso un gorro y se fotografió en la cancha, haciendo el típico gesto de la V de la victoria. Después también subió otras imágenes donde, cual backstage de modelo, se veía cómo lo estaban maquillando para pasar inadvertido. Y una última donde se reía del ministro de Seguridad, Sergio Berni, junto a otro capo barra: Gastón Sebastián Barraza, de All Boys. Y abajo la leyenda "Bebote 2-Ministerio de Seguridad 0". Era todo superbizarro, y los diarios y la televisión dividían sus coberturas entre las cuestiones futbolísticas de Messi y compañía y las andanzas de Bebote en Brasil. La seguridad argentina estaba quedando en ridículo y había una cacería para atraparlo. Faltaba poco para que llegara a su fin.

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