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Cinco series que no resistieron el paso del tiempo

Dos de los protagonistas de Lost, Jack y Sawyer, parecían dividir al mundo en dos bandos opuestos. Todos y todas tomaban partido por alguno de ellos. La única que no se decidía, para tortura de los protagonistas, era Kate.
Dos de los protagonistas de Lost, Jack y Sawyer, parecían dividir al mundo en dos bandos opuestos. Todos y todas tomaban partido por alguno de ellos. La única que no se decidía, para tortura de los protagonistas, era Kate.
Martín Fernández Cruz
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17 de mayo de 2018  • 00:16

Hace unos meses, una nota sobre cómo los millennials repudiaban el humor de Friends dejó en evidencia que muchas series no siempre envejecen del todo bien. Quizá por un cambio de sensibilidad en la sociedad o quizá porque los códigos televisivos cambiaron, son muchas las razones que pueden hacer que una ficción que supo ser éxito, con el tiempo se convierta e un productor difícil de digerir. Por ese motivo repasamos cinco casos emblemáticos de ficciones que fueron hits indiscutidos, pero que no pudieron resistir el paso de los años.

Lost

Primer trailer de Lost y el grupo de sobrevivientes que llega al purgatorio

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Es innegable que Lost rompió el molde, que su estructura narrativa dejó una huella imborrable y que su influencia puede sentirse al día de hoy. Y también que fue la ficción que inauguró la era de encendidos debates virtuales con especulaciones al por mayor mientras los guionistas dejaban boquiabiertos a millones de espectadores en el mundo. Lost era una epidemia que duraba unos 22 episodios por año y era casi imposible salir a la calle sin escuchar algún fan desarrollando una teoría sobre los perdidos.

Pero el caso de esta serie es especialmente llamativo porque el tiempo no la trató con justicia, y no porque la calidad de la historia fuera mala sino porque el fenómeno social a su alrededor fue tan importante, que verla hoy en día significa perder un condimento clave en la construcción del mito. Cada uno de los secretos que escondió la trama tuvieron en vilo a todos sus seguidores y muchas veces las discusiones sobre el rumbo de la saga eran más interesantes que lo que sucedía en la serie en sí.

Si bien el final desencantó a muchos y la historia se desinfló levemente en sus últimas temporadas, esta ficción nunca dejó de ser exitosa, pero eso no le alcanzó para soportar el paso de los años. A diferencia de Los Soprano o The Wire, que pueden ser vistas innumerables veces, el truquito del cliffhanger eterno que tanto buenos resultados le dio a Lost en el momento de su transmisión original, en un segundo o tercer visionado comienza a mostrar grietas. Y por estos motivos es que la serie, a pesar de la importancia enciclopédica que tiene en el mundo de las televisión, es un título que perdió mucha fuerza y que en 2018 no tiene el impacto que la caracterizó a mediados de la década pasada.

Beverly Hills 90210

Lindos, jóvenes y millonarios, así eran (casi) todos los adolescentes de Beverly Hills

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Hagan a un lado el factor nostalgia, olvídense de esas tardes noventosas en las que miraban esta serie y eso alcanzará para entender que la magia de Beverly Hills 90210 no pudo perdurar a través del tiempo. La ficción producida por Aaron Spelling en 1990 fue una puesta a punto en el mundo de los dramas adolescentes. Pero el problema que tiene la tira vista a la distancia, es que se nota demasiado que ese no es el mundo de los jóvenes, sino que en realidad es el mundo de los jóvenes visto a través del prisma de un grupo de adultos, que a fin de cuentas eran los productores y guionistas, razón por la cual la serie rápidamente quedó desfasada. Los adolescentes reales de esa época estaban mucho más afectados por el suicidio de Kurt Cobain que por si Brandon encajaba o no en una escuela de niños ricos.

Para aquel o aquella valiente que hoy intentara maratonear esta ficción, el problema principal saltaría rápidamente a la vista: la serie nunca terminó de definir un eje desde el cual contar su historia. Beverly Hills no presentaba una imagen idealizada de la adolescencia como lo haría años más tarde Dawson´s Creek, ni jugaba a plantear la juventud como un juego maquiavélico como Gossip Girl, de hecho ni siquiera tenía el romanticismo ñoño de los primeros años de Rory en Gilmore Girls. Beverly Hills 90210 parecía proponer una mirada adulta al mundo adolescente y en esa contradicción perdió su esencia, convirtiéndose al día de hoy en una encorsetada visión de la adolescencia según los noventa.

Sex and the City

Así comenzaba Sex and the City

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Esta serie que fue sensación a fines de los 90 y que hizo de Sarah Jessica Parker un ícono de la moda, con el correr de los años demostró tener un discurso mucho menos rupturista del que se creía en su momento. La trama seguía la vida de Carrie, una heroína que buscaba darle voz a otro tipo de personajes femeninos en una época en la que el feminismo era para el público masivo un sinónimo de Valeria Solanas. Carrie y sus tres amigas se divertían, tenían historias de amor y vivían en una Nueva York que parecía estar divida entre locales de zapatos y en restaurantes.

En su momento, los responsables de Sex and the City insistían con que el objetivo de la historia era mostrar un nuevo tipo de mujer televisiva, pero con la ficción terminada, no cuesta entender que eso no fue tan así y que hubo más de culebrón tradicional que de ficción liberadora. En algún punto, la meta de las protagonistas parecía ser casarse y más allá del lazo de amistad que las unía, los novios de cada una tenían muchísima importancia.

Contra todos los pronósticos y vista a la distancia, de las protagonistas fue Charlotte (Kristin Davis) la más comprometida en la lucha porque la mujer estuviera en un lugar de igualdad. Ella podía soñar con tener hijos, pero también tenía una conciencia de género muy poco habitual en personajes de esa (y esta) época.

Sex and the City no logró superar la prueba del tiempo porque la televisión rompió demasiados moldes en los años posteriores y, sin ir más lejos, series como Girls, Broad City o Fleabag mostraron una cara mucho más honesta y desangelada sobre el mismo tema.

La niñera

Esas risas de fondo...

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No dudamos del amor que tenemos por La niñera, ni mucho menos se podría objetar el increíble multitrabajo de Fran Drescher como protagonista, productora, creadora, guionista y hasta directora de esta querida sitcom (que en la Argentina siempre tuvo un lugar muy especial en el corazón de los televidentes). Los idas y vueltas de C. C. (Lauren Lane) con Niles Daniel Davis), la torpeza del señor Sheffield (Charles Shaughnessy), el caradurismo de la Nana Fine y los hermosos vestuarios multicolor de Yetta (Ann Morgan Guilbert) aún provocan risas contagiosas... pero sin embargo hay algo en esta ficción que huele a oxidado y es el acartonado ritmo que tenían las sitcoms en los noventa. En esa década, a medida que Seinfeld parecía reinventar las reglas del género, muchas comedias televisivas se encontraron atrapadas en un tempo cansino, de risas fingidas que estropeaban el dinamismo de los chistes, de escenarios pobres con tramas que avanzaban muy poco y en el que reinaba un perpetuo status quo que resentía cualquier evolución que pudieran tener los personajes.

Es cierto que el factor nostalgia puede llegar a permitir obviar esos defectos, pero para un televidente que se sienta a La niñera por primera vez, la experiencia de encontrarse con una comedia dominada por silencios que dan pie a las risas de fondo puede ser una experiencia traumática. Esta ficción no es mala en absoluto, pero tuvo la pésima suerte de pertenecer a un período en el que la sitcom entró a un bache del que solo pudo salir años más tarde.

David Hasselhoff x 2: El auto fantástico y Baywatch

Corridas, persecuciones, picadas, embotellamientos, esos eran los problemas de KIT

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Los ochenta fueron una década difícil para la televisión. A excepción de algunos honrosos casos ( V, siempre estarás en nuestro corazón), las propuestas televisivas pasaban sin pena ni gloria, los formatos pocas veces asumían riesgos y un producto de éxito se caracterizaba por presentar una y otra vez el mismo esquema con variantes mínimas. Las series de aventuras agonizaban y la lógica de muchas ficciones era presentar historias autoconclusivas una y otra vez, lo que impedía que construyeran arcos argumentales complejos. Y en este sentido, El auto fantástico supo ser rey.

Las aventuras de Michael Knight (David Hasselhoff) a bordo de Kit, su auto inteligente, resultaban fascinantes allá por 1982, pero visto hoy en día, cada episodio es repetitivo hasta el hartazgo y terriblemente monótono. Siempre surgía una amenaza similar que se resolvía medianamente igual y toda la acción estaba supeditada a las posibilidades de KIT, el personaje que debido a su naturaleza fierrera no podía hacer otra cosa más que andar a altas velocidades y realizar alguna que otra pirueta. El auto fantástico es una serie por la que muchos guardan un gran cariño, pero que es imposible de rever en la actualidad.

Baywatch y toda la estética noventosa licuada en menos de dos minutos

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Decidido a reincidir en su andadura de series víctimas de modas pasajeras, Hasselhoff pecó una vez más cuando en la furia flúor de los noventa se puso al frente de Baywatch junto a un adonizado elenco. Contra todos los pronósticos y con el doble rol de protagonista y flamante productor, la serie se convirtió en un éxito no solo en los Estados Unidos, sino también en el mundo. Con el tiempo, los responsables entendieron que tenían entre manos un tesoro inesperado, una ficción que hoy podría ser denominada de "consumo irónico". Pero ese éxito solo puede entenderse como hijo de una época, porque pretender reencontrarse en 2018 con Baywatch es un ejercicio imposible de realizar, y ni la simpatía de Mitch Buchannon la salva del desastre.

Todos los problemas de El auto fantástico resumidos en 15 segundos

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Tanto El auto fantástico como Baywatch son dos series imposibles de rever, pero eso no le impidió a Hasselhoff reinventarse en clave kitsch para llegar al nuevo milenio como una pieza de museo viviente sobre cómo fueron los alocados años ochentas y noventas.

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