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Un llamado a la reflexión antes de zambullirnos en la decadencia

José Claudio Escribano
El escandaloso programa de Mirtha Legrand desnudó un problema que excede lo televisivo y que refiere a la ruptura con elementales normas de convivencia de la vida social
Fuente: LA NACION
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5 de abril de 2018  

La televisión argentina cayó el sábado por la noche en inolvidable infortunio, pero ¿estará a salvo en adelante de trances aún más traumáticos, más retrógrados, más tristes todavía que el del programa que hoy persevera en boca de todos? Siempre se puede caer más abajo de lo que se ha caído. Siempre habrá aguas más sucias en las cuales enlodarse. El gran tema es cómo evitarlo.

Apartemos de la reflexión el nombre de los periodistas, actores, dirigentes sociales a quienes se quiso asociar con uno de los delitos que en mayor grado repudia la sociedad, incluidas las franjas que se expresan en cruel estilo en la sórdida oscuridad carcelaria. Apartemos también la identidad de las personas que han quedado envueltas en diferentes papeles, por impericia, por bobería, por contraprestación de servicios o por lo que quiera imaginarse, en cuanto a las responsabilidades por lo sucedido ante las cámaras. Deberá corresponder a la Justicia, y solo a ella, determinar la naturaleza del suceso y sus consecuencias.

Apartemos a un lado nombres y patronímicos. Los involucrados en el incidente registrado por las cámaras pudieron haber sido estos u otros. Sin olvido del telón de fondo real, que es una investigación judicial en marcha sobre pedofilia y prostitución, lo esencial del escándalo sabatino concierne a principios y valores, no a personas, con los que se ha jugado con asombroso atrevimiento. Concierne al interés con el que indaguemos qué hacer a fin de que la sociedad salga de la pendiente por la que se han deslizado, con morboso desatino, sus expectativas sobre el mundo y los submundos televisados.

Concierne a que lo sucedido el sábado ha sido, ni más ni menos, que síntoma de una confusión general patética sobre escenarios ideales. ¿Quieren seguir las buenas gentes dando pábulo a las excentricidades que a diario se les propinan desde los medios audiovisuales por el simple motivo de que el rating verifica que eso es lo que ellas precisamente celebran? Esas gentes no son de ningún círculo rojo, sino de un vasto círculo verde, de envenenadas fantasías. Quieren volver a P.T. Barnum y sus freaks, ¿o no? Decídanlo, pero decídanlo bien a riesgo de que se recreen indefinidamente las imágenes y palabras de hace unos días.

Lo del sábado ocurrió en un set de televisión. Pudo haber ocurrido del mismo modo frente a algún micrófono de una constelación radial donde abunda la calidad, pero sobran los esperpentos. O como ocurría hasta no hace mucho en las sucias páginas de revistas o periódicos de circulación restringida, aplicados por vocación o financiación espuria a promover escándalos al voleo contra reputaciones incómodas. Por supuesto, el escándalo del sábado se propagó como llamas entre los gigantescos vertederos de detritos en los que el anonimato azuza en turbas digitalizadas lo más execrable de la condición humana.

¿Por qué todo esto ocurrió el sábado último y no otro sábado de hace veinte, cuarenta o sesenta años? ¿No vale la pena preguntarlo? ¿No vale la pena anoticiarse de que la degradación de los usos y costumbres públicos ha ido con el tiempo en aumento?

Se podrá argüir que detrás de un acto de tremenda desfachatez en el contexto de una mesa anestesiada más de la cuenta pudo haber estado la mano negra de agentes o de exagentes de servicios de inteligencia. O de provocadores, oh sí, de connotación política, nacional o extranjera, o de sujetos con intereses empresarios o económicos o institucionales de cualquier naturaleza, con el objeto de que se agrediera a una o más personas de notoriedad pública. Se podrá conjeturar por igual que no necesariamente todos los afectados eran los destinatarios directos de lo que se quería divulgar de forma aviesa: a veces es útil a tal clase de propósitos, y a fin de disfrazar la procedencia primaria del mensaje, "mezclar la hacienda". Se puede, en suma, razonar sobre la diversidad de puntos abarcados por esta parrafada como se lo habría hecho años o décadas atrás ante situaciones parecidas.

Pero hay, al margen de inferencias sobre antiguas triquiñuelas, un cambio, una mutación trascendente que revela la ruptura descomunal que se vive respecto del pasado. Lo refleja el episodio inaudito del sábado. Parece referir a una cuestión de forma, pero es de fondo. Viene configurada como una ola colectiva creciente, que se abate con absoluta desaprensión contra el sistema de convenciones sociales y profesionales por las cuales generaciones de hombres y mujeres, jóvenes y ancianos tenían ante sí pautas previsibles sobre los límites a los que de ordinario se ceñirían las conductas individuales y colectivas. Superado el estupor inicial, ¿alguien podría afirmar que otros programas, otros canales, otros curiosos paneles de curiosos panelistas van en mejor dirección, con acopio de méritos y contribuciones de valía a una cultura nacional honrosa, que los de la estrepitosa colisión con la sensatez y el buen juicio del sábado 31?

La producción del controvertido programa televisivo había advertido un día antes que "va a salir fuego de esta mesaza". ¿Nadie se preguntó qué se traía en manos el orate, digámoslo prolongando su propia metáfora, con el prenuncio de un incendio? Los titulares de un canal son permisionarios de una concesión del Estado y por más que diversos espacios de su programación se encuentren tercerizados, ¿nadie fiscaliza, al margen de la producción específica, lo que se pueda llegar a decir o hacer ante las cámaras y afecte eventualmente el orden legal o la sensibilidad y moralidad públicas? Estamos seguros de que sí, pero también de que en tiempos en que fuertes corrientes arremeten hasta con ira contra todo lo que esté establecido, el pulso a veces vacila en aplicar al menos el modesto rigor del buen gusto.

¿Es verdad que "por un punto de rating se mata a la madre"? No. Nos negamos a que sea verdad que el nivel ético de la televisión sea tan desprejuiciado como lo que subyace en las redes, tan por debajo, paradójicamente, de los inmensos logros de ellas mismas en favor de la comunicación, el conocimiento y la creatividad entre los hombres y sus culturas. Los diarios que acreditaron el mayor índice de credibilidad en el mundo prosperaron, lo sabemos, impulsados por consignas de otro orden. Vale la pena desempolvar aquí esta que sigue: "Es preferible perder dos primicias antes de que nos desmientan una". Y aun así, sufrían, sufren tropiezos por errores inevitables en el ajetreo de la labor cotidiana.

La gran Constitución de 1853 prohíbe por su artículo 14 la censura previa; también esa cláusula establece, claro, que no hay derechos absolutos, entre otras cosas porque hay derechos de terceros que pueden entrar en conflicto con los de otros. Los derechos, dice, se ejercen "conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio". De ese equilibrio delicado de normas penden nuestras libertades, base de la tolerancia y el respeto recíproco. ¿Vamos a honrar ese espíritu con palabras como las que se difundieron el sábado, y cuyo registro fue inmediato en las redacciones porque todas se hallaban alertadas de que algo grave iba a producirse esa noche?

La mala praxis del sábado recuerda, en principio, la falibilidad del género humano, y que la larga carrera de una de nuestras grandes mujeres del espectáculo mal podría ser confinada, de un día a otro, al infierno de la vituperación y el ostracismo profesional. Tenemos todos una deuda de gratitud con ella y ella una deuda consigo misma sobre lo que significaría seguir adelante sin enmiendas después del traspié habido.

Urge la reflexión social por el contexto en que se expresa el proyecto de vida en común de la nación, si es que estamos concertados en que haya un proyecto solidario para nuestro destino. De menor a mayor la atemperación de la guaranguería, vocablo que fue de uso corriente entre nuestros antepasados, sería un primer paso. Nada simple de ejercitar, con todo: en el fondo de esta crisis que refulgió en cámaras el sábado se halla el padecimiento de la educación popular en el país.

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