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La televisión no puede ponerse al servicio de las infamias

El programa de Mirtha Legrand permitió que un personaje del submundo montara una burda operación y denigrara a conocidas figuras
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5 de abril de 2018  

El sábado pasado, los espectadores del programa La noche de Mirtha, que se emite por Canal 13, pudieron calibrar el nivel de degradación al que puede descender en la Argentina la vida pública. La tradicional mesa que conduce Mirtha Legrand sirvió para que un personaje del submundo que se presentó como prostituta profesional, como Natacha Jaitt, pronunciara un monólogo atroz dirigido a difamar y amenazar sin limitación alguna a figuras de la política, de la prensa y del espectáculo. También de la vida religiosa, ya que los insultos alcanzaron al propio papa Francisco, en plena noche del Sábado Santo. Una maniobra montada con el objetivo de silenciar e intimidar y a la que la producción del programa se prestó sin medir sus muy nocivas consecuencias.

Jaitt profirió sus infamias escudándose en una supuesta indignación por la trata de personas. Pero lo más llamativo fue que se autoincriminó, al confesar que durante un año fue contratada por una empresa para realizar tareas de inteligencia sobre políticos y periodistas. Nada que sorprenda demasiado. No es la primera vez que este personaje formula escandalosas declaraciones basadas en hechos absolutamente incomprobables, como aquellas que, allá por 2011, tuvieron como víctima hasta al actual presidente, Mauricio Macri. Siempre se entendió, sobre la base de innumerables indicios, que se trata de alguien manipulado desde los sótanos de servicios de inteligencia que se mueven con fines extorsivos.

En esta exhibición de indecencia parecen concentrarse varias de las miserias que contaminan la República. Una de ellas es el recurso del escarnio y de la calumnia para intimidar a personajes públicos, sobre todo a periodistas. La práctica de ese método trascendió al gobierno de los Kirchner, que se sirvieron de él hasta el hartazgo. Aunque debe reconocerse que durante esa etapa no se llegó al nivel de agresividad y bajeza al que se asistió el sábado en La noche de Mirtha .

La búsqueda desenfrenada del rating, que es la excusa que ofrecieron los responsables de la producción del ciclo, es inaceptable. Mirtha Legrand lleva más de medio siglo conduciendo su programa y jamás recurrió a un espectáculo tan desagradable para sumar televidentes. Afirmar que se apeló a la bajeza para conseguir rating es un insulto a la audiencia de la conductora. Nadie puede alegar absoluta inocencia respecto del contenido que se ofrecería en la pantalla. La controvertida invitada venía repitiendo en las redes sociales desde hacía varios días las mismas difamaciones que reprodujo esa noche sin que nadie la interrumpiera. Desde esas mismas redes el productor general del ciclo, Ignacio Viale (h.), había prometido durante la tarde del sábado que se trataría de una emisión incendiaria. Viale dijo también anteayer que ignoraba que el programa había sido escenario de una operación de inteligencia, cuando su invitada lo explicó durante su monólogo difamatorio.

Otra desviación que parece adquirir rasgos de cronicidad es el espionaje clandestino. Pero el sábado ocurrió algo inesperado: una persona admitió haber sido contratada para esa tarea ilegal. Hace tanto tiempo que los argentinos se sienten vigilados que ese delito ya no parece una anomalía. A tal punto que a nadie en esa mesa se le ocurrió pedir explicaciones a pesar de que la invitada de Mirtha Legrand explicó que realizó persecuciones, filmaciones, y registró conversaciones al servicio de una entidad desconocida, "porque yo vivo en la noche y en la noche veo muchas cosas". En sus intimidaciones, Jaitt señaló que "todo esto termina en Olivos", en lo que fue interpretado como un mensaje mafioso emitido desde el bajo fondo hacia el Presidente. Jaitt tendrá que dar explicaciones a la Justicia sobre esas prácticas y estos dichos.

Nunca se sabe del todo cuál es la cobertura o la tolerancia que esas operaciones tienen por parte del aparato de inteligencia del Estado. Durante el kirchnerismo, sobre todo cuando la Secretaría de Inteligencia funcionó a las órdenes de Antonio Stiuso, fueron muy habituales. Sería de lamentar que entre aquel organismo y la Agencia Federal de Inteligencia actual, que conduce Gustavo Arribas, haya continuidades injustificables. Arribas aseguró, al llegar al cargo, que esas prácticas no tendrían lugar en su gestión.

No debe llamar la atención que esos procedimientos prosperen en una sociedad que cobija innumerables mafias. Todos los días se producen evidencias de que en los sindicatos, en los tribunales, en las fuerzas de seguridad, en los clubes y organizaciones deportivas, como en muchas otras instituciones, existen cofradías delictivas. Lo que no es tan ostensible es que esas mafias puedan operar desde medios de comunicación insospechados, como Canal 13, o desde programas tan tradicionales como el de Mirtha Legrand.

El papel de la conductora esa noche fue incomprensible. Dejó la impresión de haber entregado la conducción a una de las invitadas, para que difamara e insultara sin prueba alguna a políticos, religiosos, directivos de canales de TV que compiten con el 13 o periodistas que realizan su trabajo con decencia. Entre ellos, la periodista que también había sido invitada a su mesa.

Lo ocurrido el sábado fue, por la vía negativa, una lección inapreciable. Los periodistas, conductores de programas de TV y directivos de medios de comunicación tienen una responsabilidad social delicadísima. Su ética debe estar a la altura de la protección excepcional que les otorgan la Constitución y las leyes. Ese compromiso los obliga a ser cuidadosos con la información que proporcionan y también responsables con aquellos a quienes les conceden la posibilidad de comunicarse. Estos recaudos, que tienen validez universal, son más necesarios en un país que carece de un sistema judicial creíble. La falta de tribunales confiables no solo garantiza la impunidad, sino que deja a los ciudadanos en una dolorosa indefensión ante la calumnia.

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