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Baño de barro

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
Crédito: Panna Ghosh - DPA
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5 de abril de 2018  

Se puede ser feliz con poco. Al menos por un rato. Estos chicos que se acuestan en el barro fresco en un día de calor agobiante en las afueras de la ciudad de Kailashahar, India, parecen la mejor prueba. En los dos que ríen -los brazos extendidos sobre ese lecho irregular que se acomoda al peso del cuerpo- se adivina el más absoluto de los abandonos en la mera alegría de ser. Siempre es lindo estirarse sobre el suelo, pero hace falta tener ocho o diez años y una salvaje vocación de confundirse con los elementos para que esa experiencia sencilla se convierta en una fiesta. Mientras dura la dicha, lo demás no existe. Es aquí y ahora, un instante pleno, un aleteo del tiempo donde el pobre de pronto se vuelve el hombre más rico de la Tierra. Así se siente, arriesgaría, el chico de la derecha. Al que está a su lado, a juzgar por su expresión, el momento se le pasó. Acaso le entró barro en el ojo y esté descubriendo que aquello que te da felicidad también te la quita.

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