Vivir la viudez

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
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5 de abril de 2018  • 02:34

En general, la muerte es un tema del que a nadie le gusta hablar. Aun así, todos en algún momento tendremos que enfrentar la pérdida de un ser querido. Algunas personas deben atravesar por la pérdida de su pareja e ingresar en el estado que se conoce como "viudez". Siempre la muerte del otro es un recordatorio de nuestra propia finitud. Pero sin duda, en la partida de aquel que pasó años a nuestro lado, en la que es quizás la relación más cercana que dos personas pueden compartir, llorar a nuestro compañero es también llorar por nosotros mismos porque sabemos que un día vamos a morir.

La muerte suele despertar en la gente dos grandes miedos: cómo nos vamos a morir y qué vamos a encontrar después de la muerte. Y en este caso específicamente se agregan el temor y la incertidumbre respecto de cómo seguir adelante sin el compañero, cómo enfrentar la vida solo y cómo superar ese dolor tan grande, que muchos perciben como un desgarro.

En medio de esa situación, el viudo/la viuda siente que su corazón no soporta tanto sufrimiento y está a punto de detenerse. Se siente quebrado, angustiado, y tiene la sensación de que nunca más podrá volver a ser feliz o a vivir todo lo bueno que compartió con su pareja durante años.

Tengamos en cuenta que:

  • 1. El duelo siempre es por muchas pérdidas: por la persona que se fue, por el dolor que sentimos al ver al resto de nuestros familiares, por el dolor de las cosas que la persona que partió se llevó y que ya no podremos tenerlo con nosotros, por el recuerdo que nos dejó. Son varios duelos los que se viven.
  • 2. Es importante despedirse en la mente y en el corazón, a través de palabras, en una carta por ejemplo. Porque cuanto menos expresamos lo que sentimos, más largo y doloroso es el duelo.

Casi siempre se intenta encontrarle una respuesta, una explicación al dolor, pero nada parece ser suficiente para brindar un poco de tranquilidad. Es entonces que la persona siente que "no tiene consuelo". Quienes están a su lado, llámense hijos, hermanos o amigos, y con la mejor de las intenciones, aconsejan: "Tenés que tratar de no pensar". En realidad, hay que hacer precisamente todo lo contrario: permitirse sentir las emociones negativas que surgen y elaborar los recuerdos del que partió y que ahora llevamos adentro.

Solamente se logra empezar a sanar el dolor que el duelo provoca cuando nos damos permiso para expresarlo, lo cual es una forma de gastarlo o agotarlo. Solamente es posible curar aquello que se reconoce, se acepta y se atraviesa.

En este caso particular, en el que el viudo/la viuda pierde a su compañero de muchos años y tiene hijos grandes que ya no viven en la misma casa, es aconsejable procurar la compañía y el consuelo de otros, hasta adaptarse a la nueva vida. Aunque el otro solo acompañe en silencio, lo cual a veces suele ser más provechoso que hablar.

A través de los años he sido testigo de personas que se han sanado del dolor que surge en el duelo de un ser querido (no solo de la pareja), solamente por reunirse durante un tiempo con gente, que puede ser un familiar cercano o un amigo íntimo, para llorar juntos y expresar lo que sentían. Pero, por supuesto, es fundamental conectarse con gente de confianza que genere un clima de comodidad y paz y respete el accionar del que ha sufrido la pérdida.

Muchos viudos, frente a la pérdida del ser amado que compartió casi toda su vida con ellos, piensan: "Yo estoy vivo y él o ella, no". Entonces aparece en su interior un fuerte sentimiento de culpa, que es lo que conocemos como "la culpa del sobreviviente", como ya hemos comentado en otra oportunidad. Inconscientemente la persona que queda, se pregunta: "¿Por qué se murió él o ella y yo no?". La culpa aquí suele ser profunda y es normal sentirse así durante un tiempo.

Cuando vivimos en pareja durante un tiempo, armamos un "yo o cerebro de pareja" y en la viudez uno debe rearmar ese "yo" y descubrir: ¿Quién soy yo sin mi pareja? Este es un proceso que debe permitirse y consiste en la reconstrucción de ese "yo". La persona viuda debe rearmar una nueva escena, con un protagonista menos.

Lo cierto es que, como lo expresó Helen Keller, todo lo que una vez disfrutamos en la vida nunca lo perdemos. Y todo lo que amamos profundamente se transforma en parte de nosotros. Continuar con nuestro propio proyecto es la manera de honrar a quien se fue. Siempre nuestro compañero nos deja semillas en el corazón y la mejor manera de honrarlo es haciendo crecer eso y siguiendo adelante, a pesar de la pérdida.

Un consejo que solemos darles a los viudos (y ante cualquier otra pérdida) es conservar un álbum de los recuerdos. La muerte podrá llevarse al ser querido pero jamás podrá arrebatarnos los recuerdos. Estos, como el amor, son eternos. Y como bien lo dijo un autor: "La muerte termina con la persona pero nunca con la relación que tuvimos con ella ni con la huella que dejó en nosotros". El álbum de recuerdos nos brinda una nueva manera de relacionarnos con aquel que partió antes que nosotros. Y a pesar de que ya no podamos verlo ni tocarlo, sigue estando dentro de nosotros para siempre.

Para concluir, elaborar el duelo es aceptar que esa persona no está más en el afuera, hecho que nos causa un profundo dolor, pero siempre estará dentro de nosotros. El dolor no se supera ni es un problema a resolver. El dolor se transforma y nos transforma. Es parte de nuestra historia.

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