Ara Malikian, un libanés manos de violín

Laura Ventura
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8 de abril de 2018  

A los 15 años, su talento desbordaba cualquier escuela de su país en guerra. De familia armenia, ya en Europa, se convirtió en el violinista estrella de fiestas judías. Hoy es un artista virtuoso y consagrado que desafía toda convención
A los 15 años, su talento desbordaba cualquier escuela de su país en guerra. De familia armenia, ya en Europa, se convirtió en el violinista estrella de fiestas judías. Hoy es un artista virtuoso y consagrado que desafía toda convención Crédito: Fernando Maselli

MADRID.- Capítulo tres. Ara Malikian observa con curiosidad cómo ingresa el carrito en la sala y con él una legión de bebidas: cervezas (con y sin alcohol), agua (con y sin gas), gaseosas (con y sin azúcar). Una asistente llena de hielo un balde plateado y acomoda en una heladera latas y botellas. Abre bolsas de snacks y de golosinas y las dispone en cuencos. Ella quisiera ser invisible. Quisiera ser insonora. Pero en esos laberintos solitarios y herméticos su presencia y el eco de sus acciones se multiplican. El violinista habla de guerra, de refugiados y de angustia. Ambos se sienten un poco extraños en la contradicción que presentan ambos espacios y situaciones. El artista le agradece con ternura a la asistente y mira ese paisaje de abundancia. "¿Quieres comer o beber?", ofrece.

Es mediodía y el WiZink Center es un páramo. Hace algunas semanas Ara Malikian (49) colmaba esta enorme sala frente a la cual encuentra la verdadera Casa de la Moneda y Timbre, la misma que inspira la serie La casa de papel, filmada en otra locación. Lleva consigo un violín para la producción de fotos, pero no el -así con énfasis en el artículo masculino- violín, el mismo que sobrevive ya a tres generaciones Malikian, que salva vidas y dispara emociones. Este instrumento que inspiró La increíble historia del violín, el espectáculo que, además de cuerdas, tiene un potente hilo conductor: el devenir de la familia Malikian.

En este recorrido a través de países, guerras y pruebas de superación personal hay un final feliz, una evolución que conduce a la consolidación de un artista virtuoso que desafía toda convención. Esta historia personal suena al son de sus propias composiciones, pero también al son de artistas de la talla de Bach, Paganini, Mozart, Beethoven, Schubert, Stravinsky, y también de Radiohead, David Bowie, Led Zeppelin y Jimmy Hendrix. En la Argentina, la próxima cita será en la ciudad de Córdoba, en Espacio Quality, el 19 de abril, y luego en el Gran Rex porteño, el 20 y 22 de abril. Malikian no solo toca el violín, sino que además baila y vibra con él.

Ara Malikian tocará en la Argentina el 19 (Córdoba), 20 y 22 de abril (Buenos Aires)
Ara Malikian tocará en la Argentina el 19 (Córdoba), 20 y 22 de abril (Buenos Aires) Crédito: Fernando Maselli

Capítulo dos. El papá de Ara Malikian era un hombre estricto. Fue él quien le dio a su hijo pequeño, el tercero luego de dos mujeres, el violín. A los 3 años, en 1971, la música era un juego, pero luego, a los 8, se convirtió en un objeto de estudio regular. Violinista profesional, su papá no le daba solo un instrumento, sino que le brindaba un pasaporte a su libertad, un salvoconducto que, como a su abuelo, lo llevaría a un país sin guerra.

Entre bombas y pizzicatos, la familia Malikian corría a menudo a los refugios antiaéreos de El Líbano. "Para mí era normal, lo cotidiano, escuchar las bombas y salir a esconderse. Pero no tuve una niñez trágica. Casi que era como un juego, para mí y para otros niños que estaban en la misma situación. Mis papás salieron del país, se mudaron luego a Marsella, y no querían recordar aquel tiempo", dice Ara y piensa también en sus padres ya fallecidos.

A los 15 años, su talento desbordaba cualquier escuela y programa de un país en guerra. Ara obtuvo una beca para estudiar en Hanover. Cuando llegó a Alemania debió sortear otra batalla: la del visado. Era menor de edad y, por lo tanto, no podría obtener una beca de estudios. Finalmente se pudo comprobar su virtuosismo y permaneció en ese país. "Me extrañó que no hubiera guerra, no escuchar las explosiones de las bombas. No te das cuenta de dónde vives hasta que no sales de allí. El violín no era solo una diversión, era la única manera de poder sobrevivir; si no lo lograba, me echarían de Alemania. Era de vida o muerte. Practicaba porque me gustaba, pero también con una angustia que no le deseo a mi hijo y que creo que era necesaria y que me formó como músico".

Crédito: Fernando Maselli

Pronto encontró un trabajo que le dio dinero y que no interfería con sus estudios ni compromisos con la beca. Ara Malikian se convirtió en el violinista estrella de bodas y ceremonias judías. Fue una maestría alternativa, no académica, que lo condujo por otros momentos de la historia del violín, por la música klezmer y la zíngara. Esta educación paralela, cosmopolita, ecléctica, sin exámenes ni tesis, le enseñó una lección: "Siempre fui muy trabajador, practicaba todo el día. Pero me di cuenta de que todo tiene que ver con la técnica y poco con las academias. Las academias no te ayudan a tener tu propia voz, a descubrir quién eres. Cuando me libré de las academias pude descubrir para qué sirve la música y el arte".

Ara Malikian buscó nuevos horizontes y se dejó seducir por una sociedad cosmopolita. A los 20 años se mudó al norte de Londres, a una zona algo peligrosa que en la actualidad es muy posh. Esa fue su residencia durante siete años y a ella regresó hace algunas semanas convertido en un astro del violín, cuando se presentó en Barbican Centre.

Capítulo uno. El abuelo de Ara Malikian era un hombre serio. Lo curioso no era su carácter, sino que lo apodaran, a pesar de su temperamento "Krikor, el bailarín". No había en ese entonces tiempo para ironías ni para juegos retóricos. Había que pensar rápido y había que pensar un plan efectivo de inmediato. Era 1915 y el genocidio arrasaba su Armenia natal y el único modo era -como sería dos generaciones después para otro Malikian- el violín. Krikor Malikian se hizo pasar por violinista y cruzó la frontera entre Armenia y El Líbano con aquel instrumento. Tenía la misma edad que su nieto cuando aterrizó en Alemania.

"Nunca supe la historia de mi abuelo hasta después de su muerte. El violín le salvó la vida", reflexiona el músico y se quita de los ojos la melena ensortijada. Desde los nudillos y a lo largo del brazo tiene un tatuaje de formas irregulares, de finos trazos. Enemigo de las lecturas unívocas, Ara Malikian quiso invocar rasguños. "Lo son para mí, pero que cada uno piense que lo quiera".

Armenio, español, inglés, alemán, árabe, francés e italiano. Estos son los siete idiomas que habla este músico, pero ser políglota no significa un ataque de vanidad, sino una manifestación más de su desarrollado instinto de supervivencia. "Hablo armenio, me siento armenio, no siento Armenia, porque no me identifico con ella, pero sí con su cultura, porque siempre he tenido la música, la historia, su idioma. Hablo los demás idiomas por necesidad".

Capítulo cuatro. Ara Malikian no es un hombre estricto ni serio. Su hijo Cairo, de 3 años y medio, le tiró el violín en la cara la primera vez que se lo acercó. El futuro dirá, pero sí tiene la certeza en el presente de que el pequeño no vivirá en el clima de angustia que él padeció cuando era niño en El Líbano.

El músico eligió Madrid como lugar de residencia. Ciudadano del mundo, embajador internacional del violín, empadronado en una ciudad que le ha abierto las puertas de salas tan disímiles como el Teatro Real y de la Plaza de Toros de las Ventas. Hijo adoptivo de la capital española, vecino del barrio de Malasaña, admite: "La gente me para en la calle y me reconoce porque soy el violinista de los pelos".

-¿Por qué elegís Madrid para vivir?

-Me gustó que hubiera más sol que en Alemania o Londres, y que la gente sea más alegre que en otros sitios. Encaja más con mi estilo de vida. Acá descubrí otras cosas. Este es un lugar de cruces, donde han pasado muchas culturas. La cultura occidental está muy presente, pero también la zíngara, la árabe y la latinoamericana. Acá hay un cóctel de culturas y estamos muy cerca de África.

-¿Dónde está tu cabeza cuando tocás?

-Cuando toco no pienso, no hay tiempo para eso. Para mí, estar en un concierto es como estar en el mismo estado que la meditación, en un transe. Disfruto, lo gozo, pero es un momento vacío. El escenario es un lugar sagrado, donde me siento muy feliz.

-Pero vos sos el sacerdote...

-Tengo un deber que consiste en transmitirle al público la felicidad que tengo. Me costó muchos años darme cuenta de que lo que uno hace en el escenario no es solo para uno mismo.

Crédito: Fernando Maselli

-¿Cuándo pudiste ser vos mismo sobre el escenario?

-Poco a poco, pero lo más importante y drástico ocurrió después de un concierto que di hace mucho tiempo para niños. Ellos no lo soportaron y me pregunté qué estaría haciendo mal. Es que no puedes estar dos horas sin involucrarte, sin el corazón. Los niños son muy sinceros. Tenía que emocionarles. Tiene que haber una perfección para que no suene feo, una técnica, pero en el escenario no tienes que pensar en otra cosa más que en lo que transmites. Empecé ahí a involucrar más mi cuerpo, mi corazón. Otro cambio que me hizo crecer fue el de poder colaborar con compañías de teatro. Los músicos estamos muy obsesionados con lo estructuralmente musical, con nuestros dedos, pero estar en un escenario en otros mundos, como la danza, me hizo aprender que existe un espacio escénico.

-También colaboraste con tus partituras en películas, por ejemplo, con Pedro Almodóvar ( Volver, Hable con ella y La mala educación, entre otras). ¿Cómo es esa experiencia de crear a partir de ese estímulo visual y de una historia?

-Todo está ya hecho cuando llega la parte de mi trabajo. No hice ninguna creación, todo está montado. Fue un honor, muy emocionante, pero simplemente era meter el violín en tal parte donde hacía falta.

-¿Sentís que tenés algo de docente al acercarles a los jóvenes los clásicos y, a su vez, a las generaciones formadas con los clásicos, artistas del rock?

-No es mi intención hacer un trabajo docente con las nuevas generaciones, pero sí me gustaría que hubiese cierta reconciliación de un público con la música clásica, porque piensan que no la van a entender, y, sin embargo, cuando toco a Mozart o Vivaldi, se emocionan. No es solo para entendidos. Y también pasa al revés, cuando alguien escucha a Hendrix. De lo único con lo que no estoy de acuerdo es con las etiquetas. Mucha gente ha descubierto a través de nuestros conciertos a Bach o a Vivaldi.

-¿Cómo analizás el presente de la música clásica?

-Me gustan los artistas que arriesgan, que se equivocan y que luego vuelven a acertar. En el mundo de la música clásica se está perdiendo esa sensación de bohemio, no está recomendado serlo, todo es más estricto, uniforme. Hacer música en ese mundo no me parece muy inspirador, nunca se habla de libertad. Al contrario, todo es más conservador. Que te digan "Bach no se toca así" es un encasillamiento que no entiendes por qué sucede, si ha durado más de 300 años y tantos músicos lo han tocado.

-Te dirigís a públicos de todas las nacionalidades, religiones y seguidores de estilos muy diversos. Pero, ¿por qué seguís apostando por el público infantil?

-La música es indispensable para los niños porque el arte es sinónimo de belleza y de libertad. Si crecés con música, crecés de otra manera. Creo que es imposible que un niño tenga ganas de delinquir o de hacer cosas oscuras si le das música. Te hace ser más abierto a todas las opiniones sin darte cuenta.

-¿La música es entonces un modo de construir la paz?

-Al conflicto de los refugiados, no le veo hoy ninguna solución o posibilidad de mejora. Está todo estancado. Hace algunos años se hablaba de que había más de 60 millones. Se hablaba. Hoy casi no se lo menciona. Creo que la generación de mi hijo Cairo es la que hoy lleva la esperanza, la que será solidaria con las causas humanitarias. A mí la música me salvó la vida y el violín en particular. Me alejó de la oscuridad. Me condujo hacia la luz.

Capítulo cinco. Malikian desacraliza al instrumento centenario y las convenciones escénicas de su ejecución. No luce frac ni vestido de gala y la gomina brilla por su ausencia. Con él queda abolido el manual de estilo de la música clásica. Nada hay de estático en este músico que vibra con cada acorde, con cada arpegio. Juglar posmoderno, el suyo es un relato autobiográfico, que no busca divertir a los miembros de una selecta Corte, sino conmover a un auditorio amplio, de todas las edades a través de un mensaje pronunciado en esperanto. Las cuerdas de Malikian se extienden para abrazar al público mientras pronuncia un discurso de tolerancia y de piedad hacia el género humano. El músico se fusiona con su instrumento, y así, sujeto y objeto se convierten en una única entidad compleja de definir, un alma que seduce y encanta a quien la escucha, y lo transporta a distintos siglos y culturas.

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