Perfectos desconocidos: la noche en la que el teléfono celular arruinó a un grupo de amigos

Zanotta, Portaluppi, Cherri, Heredia y Menahem
Zanotta, Portaluppi, Cherri, Heredia y Menahem Fuente: LA NACION
Alejandro Lingenti
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6 de abril de 2018  

Perfectos desconocidos / Basada en: la película de Paolo Genovese, con guion de Genovese, Bologna, Costella, Mammini y Ravello / Dirección: Guillermo Francella / Intérpretes: Alejandro Awada, Agustina Cherri, Mercedes Funes, Gonzalo Heredia, Peto Menahem, Carlos Portaluppi, Magela Zanotta / Asistente de dirección: Franco Battista / Escenografía: Jorge Ferrari / Iluminación: Eli Sirlin / Vestuario: Pablo Abal / Teatro: Metropolitan Sura / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: buena.

Quién puede hoy pasar un día de su vida sin usar el teléfono celular? Se ha dicho mucho sobre esta dependencia, que parece presentar las características de una epidemia y ya no tiene, eso es seguro, marcha atrás. Ese es el contexto que aprovechó el italiano Paolo Genovese cuando filmó Perfetti sconociutti, una película que se transformó en un boom de taquilla en su país de origen y cuya remake española, dirigida por Álex De la Iglesia y estrenada hace poco en la Argentina, repitió el suceso, con una muy buena recaudación local.

Hábil para detectar el rendimiento potencial de ese tipo de materiales, Guillermo Francella se asoció con Luis Alberto Scalella para comprar los derechos de la historia y llevarla al teatro aquí en Buenos Aires. Francella ya se había probado en la dirección con La cena de los tontos, adaptación de una obra francesa de Francis Veber que terminó desembarcando en el cine (tuvo exitosas versiones en Francia y en Hollywood), pero en esa oportunidad también fue parte del elenco (con Adrián Suar como coequiper). Esta vez prefirió tomar distancia para concentrarse exclusivamente en mover los hilos de una comedia coral apoyada en una idea muy sencilla: la tensión provocada por algo que empieza como un juego inocente y termina desatando un vendaval de problemas entre un grupo de viejos amigos reunidos en una cena muy accidentada.

Ninguno de los siete protagonistas sospecha de antemano la catarata de equívocos, revelaciones y disgustos que provocará la propuesta de dejar al descubierto, apenas por un rato, todo aquello que esconde esa caja negra que más de una vez es un teléfono celular. Curiosamente, la impulsora del peligroso entretenimiento es la anfitriona, una experimentada psicóloga encarnada por Mercedes Funes que oculta un secreto que, de develarse, puede motivar una crisis en su matrimonio con el cirujano plástico que interpreta Alejandro Awada. El dato no es irrelevante: una posible clave para la lectura de la historia es el peso de la culpa, esa experiencia disfórica que ha tenido la suficiente fortaleza como para sostener todo un sistema ideológico de larguísima tradición como el catolicismo.

Lo que importa en Perfectos desconocidos es el beneficio indiscutible de la conservación de la privacidad, más allá de la exposición durante el juego de confusiones livianas que disparan carcajadas, inofensivas menudencias de la vida cotidiana y decisiones extravagantes de algunos de sus personajes (el de Agustina Cherri, el más cándido de todos, sigue en contacto con un exnovio para aconsejarlo sobre su vida amorosa, por caso; eso le trae problemas con su pareja -Gonzalo Heredia-, que paradójicamente es el que tiene más asuntos para ocultar).

Aplicada a rajatabla, la idea de ser transparentes todo el tiempo, que tiene buena prensa porque suele tranquilizar la conciencia, puede generar más dificultades que soluciones. Una cosa es sumergirse en el engaño, un asunto de orden moral que siempre afecta a terceros, y otra es exponer completamente la vida privada, una práctica cada vez más extendida en la era digital que ya empieza a tomar el color del mandato. Quien más sufre esa pesada exigencia es el personaje de Carlos Portaluppi, obligado por las circunstancias a "confesar" sus preferencias sexuales. La escenografía de la obra está en línea con esa idea de transparencia absoluta, es funcional a su discurso central.

En el terreno de la comedia, cuyo timing Francella conoce de memoria, la obra fluye y se despliega. Todo el elenco cumple con solvencia, particularmente Peto Menahem, Magela Zanotta, su pareja en la ficción, y Portaluppi, los tres muy sueltos y capaces de dotar de diferentes matices a sus personajes.

Sobre el final, una pequeña coda que funciona a manera de restarteo de la historia induce a pensar de nuevo en el valor de la privacidad y a interrogarse sobre la conveniencia real de ese juego transformado en drama. "Obscena, la sociedad sin secreto celebra la transparencia del mal", dijo el filósofo francés Jean Baudrillard hace unos cuantos años, cuando este presente ominoso empezaba a prefigurarse.

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