Ante la trifulca, una estrategia común

Cristian Mira
Cristian Mira LA NACION
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7 de abril de 2018  • 08:48

La pelea se veía venir. Como dos perros que gruñen y se muestran los dientes antes de la trifulca, Estados Unidos y China se enfrentan en una guerra comercial de impredecibles consecuencias para el resto del mundo.

Fue Washington quien ladró primero y avisó que está dispuesto a ir directo al cuello. Cansado del déficit fiscal con la potencia asiática, aumentó los aranceles al acero y al aluminio provenientes de China. Donald Trump sostiene que debe defender los empleos y las fábricas de la industria norteamericana, jaqueada por las exportaciones chinas. Una de sus bases electorales más importantes fue el llamado Rust Belt, el cinturón industrial que cada vez estaba más oxidado por el avance asiático. Pero como si gobernara con una manta corta, en el inicio de las hostilidades con China descuidó a otro de los pilares de su base electoral, el Corn Belt, los estados agrícolas que le dieron un gran espaldarazo en 2016. Los propios farmers advirtieron sobre las consecuencias negativas que tendrían para ellos un posible enfrentamiento con China. Las exportaciones de poroto de soja de EE.UU. a China representan el 57% de las ventas externas de la oleaginosa norteamericana.

En toda relación de comercio internacional lo que conviene tener en cuenta como prioritario es el interés nacional de cada país y que tanto el sector privado como el público estén alineados en una estrategia de largo plazo. En el caso de la pelea EE.UU.-China se puede observar que Washington hizo un giro hacia el proteccionismo y dio un paso atrás en el propósito de impulsar el multilateralismo que beneficia al libre comercio. Pekín, en cambio, viene sosteniendo la misma estrategia desde hace 40 años, con algunas variaciones tácticas. Ahora no solo importa los productos que necesita para mejorar la dieta de su población, que cada vez tiene mayor calidad nutricional, sino que sostiene empresas que desarrollan, originan y transportan en las fuentes de abastecimiento. De allí que Chemchina se haya quedado con Syngenta y transformado en uno de los tres grupos líderes a nivel mundial en la industria de semillas y agroquímicos, o que Cofco haya adquirido la división trade de Nidera y hoy ocupe el segundo lugar como agroexportador argentino. A ello se suma la inversión China en infraestructura de ferrocarriles y puertos de Brasil, su principal abastecedor de porotos de soja, para acortar el tiempo de transporte de la oleaginosa desde Mato Grosso hasta Dalian.

Desde el punto de vista de la agroindustria argentina, proveedora del 60% de las divisas que genera el país por exportaciones, hay cuestiones de mediano plazo que podrían ser favorables, pero el resurgimiento del proteccionismo global, claramente no lo beneficia. Tras 12 años de impulsar la política retrógrada de "vivir con lo nuestro", la Argentina también dio un giro y, al menos desde el Gobierno, se reconoce que el país necesita tener la mayor cantidad de mercados abiertos para la mayor cantidad de productos. Esta intención todavía no se afirmó como una estrategia común. Lo demuestran las negociaciones por el acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea. Según fuentes cercanas a la negociación, el Mercosur se resignaría a aceptar una cuota reducida para las exportaciones de carne -se habla de 100.000 toneladas, que podrían ser en rigor 50.000- con el simple argumento de que el acuerdo "no solo consiste en la carne".

Otra enseñanza que deja el conflicto EE.UU.-China, es que la diversificación de mercados es la mejor alternativa que se puede presentar a la agroindustria argentina. Curiosamente, se culpaba al complejo oleaginoso de "producir soja para los chanchos de China". Hoy este complejo tiene diversificados su producción y sus destinos, lo que lo hace menos vulnerable a las oleadas de proteccionismo. Cuando China retrajo sus compras de aceite de soja de la Argentina se logró reemplazar ese mercado por India. El principal producto del complejo y del cual el país es líder a nivel mundial, la harina de soja, tiene sus destinos diversificados. Y el biodiésel, aunque se concentró en EE.UU., recuperó el acceso a la Unión Europea y busca otros destinos.

Sin embargo, Estados Unidos, potencia global de la productividad y el valor agregado, envía soja sin procesar y tiene como principal mercado a quien hoy es su principal contendiente, China.

En todo caso, en un escenario de confrontación conviene ajustar las estrategias entre el sector privado y el público para capear el temporal y no desaprovechar oportunidades.

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