La tambería de Chilecito y los tesoros de los incas

Chilecito sorprende con su belleza
Chilecito sorprende con su belleza Crédito: Carlos Albertoni
Gladys Abilar
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7 de abril de 2018  

A mediados del siglo XV, parte de la actual Ciudad de Chilecito fue el lugar elegido por Tupac Inca Yupanqui como estratégico centro logístico y administrativo destinado a avanzar hacia el sudoeste del gran imperio del Cuzco. Se convirtió así este centro urbano en la cabecera de la provincia más austral del imperio, uno de los sitios más relevantes construidos por el Tawantinsuyo entre 1470 y 1536, ubicado a 1200 metros sobre nivel del mar entre la Sierra de Famatina y la Cadena de Paimán. Las tamberías contaban con todas las áreas operacionales, esto es área urbana amurallada, área circundante y área laboral.

La palabra inca proviene del quechua, inka, "rey" o "príncipe", nombre genérico de los gobernantes cuzqueños, con equivalencia a soberano. Las crónicas identifican al inca como el gobernante supremo. Sin embargo, el cargo era compartido, y el acceso a este no tenía que ver con la herencia al hijo mayor, sino con la elección de los dioses mediante pruebas muy rigurosas. Tales pruebas se acompañaban de un complejo ritual a través del cual el sol nominaba al futuro inca. Inti, si estaba de acuerdo, le daba el poder de la lluvia al nominado. El inca era objeto de culto y adoración. Considerado un ser sagrado sacralizaba a su vez todo aquello que entraba en contacto con él. Se consideraba que al morir su destino era morar con su padre, el sol. Los incas fueron una cultura andina que logró controlar el sur de la América prehispánica, como Perú, Bolivia y Ecuador, norte de Chile, parte de la Argentina y Colombia.

En el pleistoceno descendió del Famatina un aluvión de barro que se desplazó hasta los cerros Paimán-Chilecito. Sobre este limo fértil, de escasa vegetación, se erigió la tambería. Con inteligente criterio construyeron la ciudad y los cultivos de regadío dirigiendo sabiamente las aguas de lluvia. Un polígono 1,75 metros de altura circundaba la ciudad. Las techumbres eran de paja, con caída a dos aguas.

Desde un montículo, ushno, representativo de los sitios incaicos el jefe o curaca, impartía directivas cívico-religiosa y agrícolas.

La tambería de Chilecito tenía como fundamento observar las actividades en el Famatina por al potencial minero. Lo necesitaban para edificar su imperio, el cual se destacaría por sus trabajos en metal. Además de la actividad religiosa, donde las elevadas cumbres eran adecuadas para santuarios, ofrendas y sacrificios humanos, especialmente de párvulos y jovencitas, como lo demuestran las momias de Llullaillaco.

El imperio desarrolló una red de caminos cuya extensión supera los 40.000 km, donde 20.000 km comprenden la Argentina, Chile y Bolivia. Estos se construían adaptándose a la topografía, superando los obstáculos con rampas y taludes, algunos con desagües, amojonados y empedrados.

El Camino del Inca apasiona a los arqueólogos por su peso cultural e histórico. Una compleja trama vial que atravesaba selvas, desiertos y hasta la Cordillera de los Andes permitió al imperio afianzar su cosmovisión, la expansión de su lengua quechua y la dominación de las culturas que hallaban a su paso. En La Rioja, sobreviven varios tramos de este tesoro arqueológico declarado Patrimonio de la Humanidad.

Los incas aplicaron a la agricultura un sofisticado sistema de riego y el cultivo en terrazas, mecanismos que asombraron a los españoles, quienes rápidamente se sintieron atraídos por esta región. A la vez que se perfeccionaron en la producción de tejidos, postas, fortalezas, cerámica, morteros, etcétera.

Se supone que la tambería fue una pequeña ciudad indígena construida antes de la llegada de los españoles. La civilización inca se caracterizó por su rápida evolución y vertiginosa expansión, sorprendió por su organización social, estructura económica, eficacia administrativa, hegemonía política y logística militar. El legado cultural de los incas ha sido muy valioso, nos dejaron fiestas populares como la Chaya, al igual que los diaguitas, y el Tinkunaco que nos identifican culturalmente a los riojanos.

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