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Un recorrido por Graceland, la excéntrica mansión de Elvis Presley

Un recorrido por la legendaria mansión a las afueras de Memphis, Estados Unidos, donde Presley pasó 20 años y dio rienda suelta a cada uno de sus caprichos
Un recorrido por la legendaria mansión a las afueras de Memphis, Estados Unidos, donde Presley pasó 20 años y dio rienda suelta a cada uno de sus caprichos
Jorge Luis Fernández
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8 de abril de 2018  

Suena demasiada música en la ciudad de Memphis. En su pequeño aeropuerto internacional hay espacio para murales sobre músicos que tuvieron algún contacto con la ciudad (B.B. King, Johnny Cash, desde luego Elvis Presley), y suena un blues eléctrico en los altoparlantes mientras el turista aguarda su valija en la cinta transportadora.

Música soul de los sesenta y setenta suena en los altoparlantes de los hoteles situados sobre Main Street, la ancha avenida solo surcada por un trolley al final de cuyo trayecto asoma Beale Street, la bulliciosa calle repleta de bares, restaurantes y músicos ambulantes.

Pero la primera parada importante está a unas cuadras del centro, una media hora a pie que lleva a una esquina pequeña, como cualquier otra, excepto que aquí Elvis grabó sus primeros discos, además de leyendas como Rufus Thomas, Carl Perkins, Jerry Lee Lewis, Johnny Cash, Howlin' Wolf y Roy Orbison. El Sun Studio, que fue propiedad del cazatalentos Sam Phillips, es hoy un museo al que acuden turistas como a la Meca; allí, cada media hora, un muchacho alto, un connoisseur del rock, encabeza visitas guiadas en donde muestra las instalaciones, el estudio de grabación y cuenta la historia del sello Sun de un modo muy similar a la parlanchina que atiborra de información a la pareja de japoneses rockabilly en Mystery Train, el film de Jim Jarmusch (del cual, dicho sea de paso, hay al menos dos afiches en el pequeño bar una vez que cruza la puerta).

Decoración modernista, entre otros caprichos de Elvis
Decoración modernista, entre otros caprichos de Elvis

Pasaje a otro reino

Y desde Sun, cada hora y cuarto sale un transporte gratuito con destino a Graceland, la famosa mansión de Presley situada en la periferia de Memphis, capital del estado de Tennessee. Ni bien aprieta el acelerador, el conductor de este simpático bus, decorado con fotos de músicos, pone a sonar una rockola con los grandes éxitos del gigante nacido en Tupelo (a unos 170 kilómetros de Memphis) para poner a los pasajeros en clima. Veinte minutos después, cuando aparecen carteles gigantes que anuncian la proximidad de Graceland, el shuttle se detiene frente a dos aviones y un jardín inmenso, un puente de madera a cuyo final hay una enorme verja y alguna que otra indicación. Bienvenidos a la mansión del Rey.

El piano blanco

Abierto prácticamente todos los días del año, la entrada básica cuesta 45 dólares, pero hay también tickets vip, de hasta 169 dólares, con los que se accede a sectores restringidos, como el de los autos del Rey.

Entrar a Graceland es como ingresar en una guarida secreta. Tras ver un video de quince minutos sobre la vida del ídolo, cada asistente es coronado con una Tablet colgante y auriculares que serán su audio guía, para luego conducirlo a un nuevo bus que hará un itinerario exclusivo, entre jardines silenciosos, para terminar frente a los amplios escalones de piedra que son la entrada a la mansión.

Aún el más indiferente al legado de Presley no podrá evitar sentirse algo excitado. La primera habitación es un amplio living rectangular, circundado por sillones blancos y una larga mesa ratona decorada con adornos de cristal; adelante, hay un hogar a leños igualmente blanco y un retrato de Vernon Presley, el padre del cantante. Hacia el fondo, tras franquear dos vitraux con pavos reales, se encuentra el piano de cola blanco con el que Elvis regalaba canciones a las visitas, y a su lado hay un pequeño televisor (también blanco). Los televisores serán un motivo recurrente del lugar.

Pese a que Elvis compró Graceland en 1957 (el nombre obedece a Grace, hija de los anteriores propietarios del lugar), la mansión parece un túnel del tiempo a fines de los sesenta y principios de los setenta, momentos en que se hicieron las refacciones definitivas antes de la muerte del cantante, en agosto de 1977.

Al otro extremo del living se accede a la cocina, enorme, con otro pequeño televisor, y desde allí baja una escalera hasta el búnker de Elvis. A un lado se ubica una sala con sillones, muchos almohadones y un extraño mono de cerámica. En esta habitación el Rey se tiraba a mirar tele; hay, por lo tanto, tres televisores. Se dice que Presley tomó esta decisión tras enterarse de que el entonces presidente Richard Nixon miraba tres canales de noticias al mismo tiempo. Al otro lado hay una mesa de pool. Este era el salón donde Elvis se reunía a jugar con sus amigos; el espacio más ruidoso y el más odiado por su esposa, Priscilla.

Discos de oro y recuerdos

De vuelta a la planta baja hay un segundo living mucho más excéntrico que el principal. El espacio semeja a una jungla. Hay dos enormes sillones de madera cuyos brazos tienen la forma de cocodrilos, un leopardo en miniatura, un sillón rodeado de trofeos (el Rey era aficionado a las artes marciales) y ocupado por una guitarra y un muñeco de oso panda. Aquí Elvis se sentaba a fumar y a componer, y es sin duda el salón más camp de Graceland.

Junto a este living estaba la oficina de Vernon, hoy visible tras un vidrio, donde el hombre se dedicaba a administrar los negocios de su hijo. Y el recorrido sigue por fuera de la casa, en los establos con vista a los verdes campos donde Elvis criaba caballos. Por fuera hay una galería abierta con algo de belvedere, nutrido de pasillos estrechos donde el cantante tenía su colección de discos de oro y hoy hay fotos y documentos, junto al árbol genealógico de la familia. De la memorabilia sobresale una licencia para portar armas con la foto de Elvis, y su correspondiente revólver.

La parte más emotiva se encuentra al final del tour. Elvis pidió ser enterrado en Graceland. En un pequeño jardín se encuentra su tumba junto a las de sus padres, al lado de una pileta de aguas danzantes.

En el recorrido también se puede acceder a sus autos y sus dos aviones, poblados de televisores, salón de reuniones y una cama; es el segmento más bizarro, la corona de un rey vicioso que disfrutó cada uno de sus excesos. Su mismo cementerio privado tiene una pátina de megalomanía, pero el silencio y la consternación de todo el grupo que arribó en micro son absolutos. Un hombre de alrededor de 60 años llora sin disimulo; quizás esperó años para hacer esta peregrinación; quizá forma parte de una rutina. Una de las asistentes comenta que hay asiduos a la mansión, y no es de extrañar. Graceland es una montaña rusa de sensaciones; es el lugar donde el espíritu de Elvis Presley persiste, aun cuando -cuesta creerlo- no suene una nota de su música.

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