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Julián Weich: el gran conductor

A principios de la década del 90 empezó su carrera en la televisión: era uno más de los actores de Pelito. Ahora, con 35 años y varios Martín Fierro, es candidato a entrar en una lista donde figurarán los mejores conductores televisivos de todos los tiempos
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20 de enero de 2002  

Es raro –porque es tan fácil– hablar de un hombre al que todos conocen. Un hombre cuyo nombre de pila, Julián, sólo puede mencionarlo a él y no a otro. –Charlemos. Si hay algo de lo que no quiera hablar, te digo. Es lo que suelo hacer.

Apoya el celular sobre el escritorio de la oficina de Palermo donde se hace la entrevista, porque no, en su casa no. Preserva su andamiaje privado de la mirada inquieta de cualquier ajeno. Debe ser difícil ser alguien de quien todos quieren saber todo, todo el tiempo. Para defenderse, se ha hecho experto en el arte de la aplicación de la distancia. Su trabajo consiste en eso: ser íntimo de gente que acaba de conocer y no morir en el intento. Hijo del barrio de Belgrano, hombre de 35 años, hermano mayor de un hermano menor al que le lleva tres, empezó su carrera en el mundo siendo un tímido feroz.

–¡Huy!, en la primaria fui muy tímido. Muy conflictuado.

Hay una foto en la que el alumno Weich sonríe a cámara. Guardapolvo blanco y el cartel que reza séptimo grado en primer plano. En la foto, Julián es un niño relleno. Casi gordo.

–Nunca fui gordo, pero digamos que estoy más contento ahora con mi cuerpo. Empecé a entrenarme todos los días, hace unos meses corrí la carrera de aventuras en Misiones, la Eco Aventura. Una carrera de 256 kilómetros, y estoy corriendo una carrera cada quince días. Pero de chico era gordito, y tenía complejo de petiso, y me costaba encarar. Una vez fui a bailar y le dije a una chica: “¿Querés bailar conmigo?”, y me dijo: “No, porque soy más alta que vos”. Un horror. Me aburría mucho, a pesar de que hacía de todo: estudiaba yudo, guitarra, nadaba, buceaba, jugaba al rugby, pero tenía el síndrome de me aburro. Fui muy solitario hasta los 15. Es que la timidez la padecés, los chicos te ven tímido y te aíslan.

El primario terminó sin grandes sucesos y el secundario empezó en el lugar equivocado: estaba convencido de que quería ser ingeniero y se anotó en el industrial. A los 15 años se dio cuenta de que esa orientación no le interesaba.

–A esa altura no me iba a cambiar de colegio. Era muy buen alumno. Era menos tímido, de faltarles el respeto a los profesores, pero con chistes. Una vez un profesor dijo: “Estoy repodrido de explicar esto”, y tiró la tiza contra el pizarrón, y yo desde el fondo dije: “Yo también”, y tiré la lapicera contra el pizarrón. Era una falta de respeto, pero fue gracioso.

Es probable que sea a veces un chico feroz, un ser capaz de humores oscuros. Dijo, en algunas ocasiones, que es ciclotímico, y que unas angustias mal llevadas lo acosan sin que él sepa por qué. Pero todos quieren ver en Julián al Tom Hanks nacional. El es el perfecto hombre común, Jimmy Stewart, el héroe de las madres.

–La gente te idealiza. Yo me encargo de desidealizarme, pero la gente me gana. Me dicen: “¡Ay!, vos, que sos tan bueno”. Yo no soy tan bueno, pero en la televisión, donde se miente tanto, decís una verdad y sos Papá Noel. En la vida cotidiana no ando regalando plata por la calle. Me enojo con mis hijos, los reto. Soy transparente, pero sé mentir. La gente me para por la calle y si no estoy de humor me dicen: “Qué cara de c... tenés”. Al principio, me ponía mal, pero ahora digo: “Lo lamento, señora, pero de qué quiere que me ría”.

Las encuestas de las revistas del corazón lo señalaron, una y otra vez, como el marido perfecto, el yerno ideal, el padre soñado.

–Yo decía que no era ni el marido ideal ni el yerno ideal. Me decían: “¡Ah!, pero las encuestas dicen”. Las encuestas no me conocen. La gente opina por lo que ve por televisión, y yo no sostengo esa imagen.

Hasta los 21 años vivió con su madre y su padre en la casa donde todavía vive mamá Weich, en Belgrano.

–En casa planchaba, lavaba la ropa, empanaba milanesas. No sé si lo hacía de aburrido o porque me gustaba. Ahora que hace un año y medio que estoy separado, me desenvuelvo naturalmente.

Valeria, la ex mujer de Julián Weich de la que se separó hace un año y medio, era una mujer destinada a otro. La conoció en una fiesta de cumpleaños de Adrián Suar, por ese entonces compañero suyo en Pelito.

–Adrián se la iba a presentar a Gustavo Bermúdez, pero Bermúdez no fue. Yo fui. Salimos un año y nos casamos.

Estuvieron juntos diez años. Cuando se casó, Julián tenía 23. y quería un amor verdadero, para toda la vida.

–Sí, siempre me quise casar y tener hijos. Siempre dije que tuve un hijo por Mundial y que en 2002 me retiraba: Iara nació en 1990, Jerónimo en 1994 y Tadeo en 1998. Los momentos de mayor plenitud fueron los nacimientos de mis hijos. Quisiera tener hijos todos los días para sentir eso. Cuando me casé también, yo estaba muy feliz, muy contento. El casamiento mío fue muy querido, muy sentido. Como yo soy judío y Valeria también, nos casamos por templo. Me siento judío, pero no tengo ningún conocimiento del judaísmo. Me seduce mucho la tradición judía. Para mí ser judío no es creer en algo. Es ser. ¿Qué significa ser? Bueno, que si un día dicen: “Los judíos de un lado y los demás del otro”, yo me voy a poner del lado de los judíos, porque me siento de ese lado.

Tuvo una adolescencia ardua, difícil con las mujeres.

–No tuve muchas novias antes de casarme, pero con esas pocas sufrí horrores. Cada separación, cada noviazgo que se rompía, era el último de mi vida y me quería morir. Nunca iba a conseguir una mujer igual. Era un amor desmedido. Pero siempre quise tener una familia, casarme, tener hijos. No me gustaba el salir con chicas, con una, con otra. Quería tener mi hogar. Me gustaba y estaba convencido. Bueno, no es que ahora no esté convencido, pero las vueltas de la vida hacen que no todo salga como uno esperaba. Quería eso, y siempre logré lo que quise.

–¿Qué otras cosas quería y logró?

–Lo más pesado fue casarme y tener hijos. Y otra cosa es el hecho de ser quien soy en el ambiente... Mi carta de presentación es el trabajo, pero es lo que más cuesta, que te conozcan por tu trabajo. Los más famosos y los que más prensa tienen son los que menos han hecho o hacen. Yo quiero que hablen de mi trabajo. Hice tantas cosas en la tele. Cantidad de programas diferentes, Sorpresa y 1/2, Fort Boyard, Expedición Robinson, Quién quiere ser millonario. Totalmente diferentes, de distinto tono, de distinta índole. No cualquiera puede hacerlo y no desentonar.

Hemos llegado, entonces, al centro justo de la cuestión: Julián Weich, o la construcción del perfecto conductor. Julián pertenece a esa raza de señoras y señores que no son ellos mismos, pero tampoco algo muy distinto. Señoras y señores capaces de distraer, emocionar y divertir durante horas sin que decaigan los ánimos, gente capaz de decir adelante móvil uno durante cinco años seguidos con renovada emoción. El primer capítulo de su aprendizaje como el perfecto conductor fue un programa emblemático: El agujerito sin fin. Pero antes Julián fue actor. A los 16 años, su único contacto con la actuación era estar de novio con la hija de un actor. Micaela Brandoni, hija de Luis.

–Me dijo: “Mi papá es Luis Brandoni”. “¡Ah!, mirá vos”, dije. Yo pensaba: “Será un jugador de fútbol”. Pero estábamos en Mar del Plata y Brandoni estaba haciendo Papi. Lo fuimos a ver y se ve que me atrapó, porque empecé a estudiar teatro con Lito Cruz. De golpe, todo lo que yo no podía hacer en la vida cotidiana lo pude hacer actuando. Empecé a trabajar en Pelito, pero no tenía noción de lo que era la televisión. Yo quería estudiar. Quería aprender bien. Estudié con Serrano, hice hasta tercero del Conservatorio, y no era una carrera para mí la tele. Era mostrar lo que estaba aprendiendo.

Pelito fue una de esas tiras nacionales, semillero de futuras estrellas. Además de Weich estaban Adrián Suar, Pablo Rago, Gustavo Bermúdez. En 1987 actuó en Clave de Sol, después vino La banda del Golden Rocket, en 1992. Y, claro, El agujerito sin fin. Su debut como conductor. El programa nunca tuvo más de una cifra de rating, pero la crítica solía ponerlo por las nubes, y chicos, adolescentes y adultos lo miraban con igual fanatismo.

–Con El agujerito... aprendí a hacer televisión transparente. Si teníamos un problema, lo primero que hacíamos era contarlo. Decíamos: “¿Vieron que les prometimos tal nota? Bueno, se nos quemó el cassette, o se perdió, o se borró”. La gente agradecía más eso que si te hacías el tarado y decías: “Ah, sí, esa nota, ya va, ¿eh?” Es más fácil decir la verdad que andar mintiendo.

Sonríe con esa sonrisa que las cámaras adoran y que le pone luces en los ojos chicos.

–A veces digo: “Cuánto voy a aguantar sin hacer concesiones”. Por ahí, un día no aguanto más y hago un programa que se llame Las barbaridades de Julián. O hago teatro de revista. Por ahora no tengo ganas y vengo bien.

Completó durante mucho tiempo su sueldo en la tele vendiendo relojes y perfumes. Abandonó los deportes (jugaba al rugby desde los 10 años, hizo yudo y llegó a ser el mejor deportista del Club Obras Sanitarias de 1983) porque el relax requerido para la actuación se llevaba mal con sus músculos trabados. Después de El agujerito... hizo 3.60 todo para ver.

–Hice tevé en vivo durante nueve años seguidos. Dos El agujerito..., dos 3.60 todo para ver, que terminó en 1995, y cinco Sorpresa y media. Este es el primer año que hago solamente grabado.

Sorpresa y media hizo llorar a medio país poniendo en marcha el engranaje televisivo para producir sueños al por mayor. Al terminar cada programa, él, como un Tato posmoderno y con más delivery, comía pizza con los soñadores de cada noche: el estudiante de piano de Ushuaia que pudo tocar el tema de Titanic con Celine Dion, la mujer que logró fotografiar gorilas en Uganda, decenas de hombres y mujeres que volvieron a ver a sus familias después de muchos años y océano por medio. Y un día, Bernardo Weich padre en persona comió pizza con Julián.

–Papá fue actor hasta los 35 años. Pero en su momento tuvo que elegir y eligió lo seguro, que era la administración de propiedades. Falleció hace cinco años, un 11 de septiembre. Hay una anécdota increíble. El dueño de Promofilm, la productora donde trabajo, es Horacio Levin. Un día mi papá me dice: “Che, Horacio Levin, ¿tiene algo que ver con Manuel Levin?” Le pregunto a Horacio y me dice: “Sí, Manuel era mi papá”. Resulta que el papá de Horacio, hace treinta años, lo había contratado a mi papá para trabajar en televisión. El papá de Horacio era productor, y hacía un programa que se llamaba Hagan cola con Refrescola. Y ésa fue la única vez que mi viejo estuvo en televisión. Y después de veinte años el hijo me contrata a mí. El primer año de Sorpresa y media, en el Día del Padre, Horacio Levin me dice: “Quiero que invites a comer pizza a tu papá”. Soy muy reacio a mostrar a mi familia, pero dije: “Bueno, si me lo pide Horacio”. Invité a mi viejo con cualquier excusa, y de sorpresa le dije, cuando estaba en el piso: “Vení a comer pizza conmigo”. Y comió pizza de sorpresa y se murió ese año. Me llegó a decir: “Era el sueño de mi vida comer pizza con vos”.

–¿Y su mamá?

–Mi mamá fue bailarina del Colón hasta los veinte y pico. Y después no hizo nada más.

En Sorpresa y media, Julián tenía sus reglas. Nunca miraba a una persona a la cara mientras esa persona miraba en el monitor su propio sueño editado y vestido para la tele por primera vez.

–Si era un chico, me sentaba al lado. Si era un adulto, me sentaba enfrente. Pero no los miraba a la cara, porque sentía que esa persona estaba desnuda. A la nena que quiso conocer a Papá Noel en Groenlandia le dio mucha emoción cuando se vio, entonces pedí que sacaran el sueño de los monitores. No hay nada más doloroso que un chico expuesto a las emociones buenas o malas. Seguramente habría provocado más rating ese chico llorando en cámara, pero en los cinco años de Sorpresa y media nunca nos aprovechamos del exceso de emoción.

Sorpresa y media fue un campo de batalla que lo llevó a la gloria, pero en el que tuvo que vérselas con situaciones difíciles. La huida de Falucho fue quizá la peor. La producción había cortado la 9 de Julio para plantar una cancha en la que ese hombre, Falucho, podría cumplir el que supuestamente era su sueño: jugar un picadito con sus amigos de la primaria. La parte amarga fue que cuando el hombre se dio cuenta de las cámaras, se escapó corriendo. Julián lo siguió un par de metros, pero como el corazón valiente de Julián es, también, un corazón de reflejos rápidos, cuando un productor lanzó la orden al camarógrafo: “Correlo”, Julián dijo: “No. Déjenlo ir”.

–Eso fue un domingo y yo el martes fui a la casa de él, a charlar, porque se había armado una cosa... decían que tenía una doble vida, que era ladrón, que traficaba drogas, que tenía dos esposas. Todo porque se escapó. Al programa siguiente él estuvo, contó sus motivos y ya está. Pero a mí no me interesa obligar a una persona a que cumpla un sueño.

En 1996, Julián ganó el Martín Fierro como mejor conductor por Sorpresa y media. El ciclo ganó ese premio como mejor programa de entretenimiento en 1996, 1997, 1998 y 1999.

–No sé si haré otra cosa tan importante como Sorpresa y media, pero no por eso me voy a quedar haciendo lo mismo toda mi vida.

Expedición Robinson y Fort Boyard fueron dos entremeses grabados que intercaló con la adrenalina del vivo de Sorpresa y media. Durante el primer programa de Expedición Robinson en el año 2000, hizo más de cincuenta viajes en dos meses.

–Estaba de lunes a viernes en Panamá, llegaba el domingo para hacer Sorpresa y media y volvía los domingos a Panamá. Por esos años, también hice Fort Boyard, desde Francia.

Viajar, ver poco a la familia, atorarse de jet lags, eran sólo algunas de las condiciones necesarias para las que él siempre estuvo preparado: el perfecto conductor es, también, alguien que sobre todas las cosas sabe hacia dónde va. Expedición Robinson ganó un Martín Fierro a la mejor producción y mejor programa de entretenimientos en 2000. Este año estuvo propuesto para los premios Konex como el mejor conductor de la década, junto a Juan Alberto Badía, Fernando Bravo, Jorge Guinzburg y Víctor Hugo Morales. Julián es el más joven, lejos.

Antes y después de la conducción, participó como actor en programas como Verdad/Consecuencia y 22, El Loco, pero éste es el año tranquilo. Sin viajes, sin horarios cruzados, los jueves y viernes a la noche, por Canal 13, Julián conduce un programa grabado: ¿Quién quiere ser millonario?, un formato que se emite en cincuenta y dos países y que Promofilm produce en la Argentina. Un juego de preguntas y respuestas en el que los participantes intentan ganar un millón mientras Julián permanece sentado frente a la pantalla de una computadora. El mayor sobresalto es una respuesta equivocada y aun así, él logra suspensos que duelen, silencios de presagio, y con dos o tres palabras transforma a un participante temblequeante en un hombre capaz de enfrentar quince minutos de preguntas y respuestas.

–Los cuido. No es una opción que tengo, me nace cuidarlo. Quiero que la pasen bien. Se vayan con cincuenta pesos o con veinte mil. Pero me da risa porque todos, todos todos, creen que los ayudo. Me dicen: “Gracias, Julián, gané porque me ayudaste”. Y les digo: “Cómo, cuándo”. “Cuando dijiste tal cosa, cuando hiciste tal gesto.” La gente alucina con que los ayudo.

Por eso, porque sabe que la gente confía, él tiene tanto cuidado.

–Lo primero que aprendí es cuán responsable tiene que ser uno frente a cámara como conductor. Ese fue el mayor compromiso que tomé en toda mi vida. Hay muy pocos conductores que lo aprovechan positivamente. La televisión puede cambiar un presidente, puede cambiar gustos. Por eso no opino de política ni de otro colega, porque sé que lo que yo digo puede causar opinión y no me interesa. Por eso también empecé a trabajar con Unicef en 1992, y en 1994 me nombraron embajador de Unicef. No podría hacer otra cosa. No me saldría. Es como las malas palabras. Fuera de cámaras soy mal hablado, en televisión no se me escapa una. No tengo ni siquiera que hacer el esfuerzo, no se me cruza. Porque... es como si fuera un docente. Aunque esté haciendo el Millonario o Robinson. Uno tiene que mostrar lo mejor, no lo peor. La opción de hacer el bien o el mal la tienen todos. Yo elijo siempre hacer el bien.

–¿Qué sería hacer el mal?

–Si vos ves la televisión en estos diez años, hay cosas de mucho rating que son nocivas. El único beneficiado es el que las dice. Hay programas de treinta puntos de rating que no están dejando nada a la sociedad. Si dentro de diez años le preguntás a alguien por uno de estos programas, nadie se va a acordar cuáles eran. Yo aprendí mucho de la televisión cuando era chico. Miraba mucha tele y miraba el mundo de Jacques Cousteau y de grande aprendí a bucear, porque de chico estaba el programa de Cousteau. Veía partidos de rugby de los Pumas y de adolescente empece a jugar al rugby, un deporte que me encantó, me formó. Entonces yo siento que la tele me educó.

–¿Es crédulo?

–Mirá, yo en lo que veo y en lo que la gente de confianza me cuenta, creo. No dudo.

–¿Lo traicionaron?

–Sí. Sufrí traiciones familiares muy importantes a niveles increíbles. Que no las quiero contar por temas legales. Y eso no se perdona. No es solamente el hecho lo que recordás: recordás lo que sentiste y no se te borra esa herida. Aunque me haga la plástica y me borre la cicactriz, yo me sigo acordando del dolor. No sé si es rencoroso la palabra para definirme, pero... tengo una memoria importante. Puedo perdonar, pero esa persona deja de interesarme.

–¿Siente rencor por alguno de los que de chico lo hacían sentir mal, lo ignoraban?

–Me parece que con esto de ser famoso y conocido, en el mundo imaginario les gané. Ahora no tanto, pero al principio, cuando empezaba a ser conocido, era como...

–La venganza del tímido.

–Sí. Era como Betty La Fea, que se transformó en linda. En algún punto, el hecho de ser conocido –ahora no, pero al principio– era como haberles ganado. Me he encontrado a alguno de los que me han hecho daño y...

–Y ahora lo miran por tevé.

–Sí. Al principio, tenía un saborcito a revancha. Pero ahora es una cosa menor. De lo que a veces me dan ganas es de que los que me traicionaron paguen sus traiciones. Eso puede pasar en esta vida, en otra, o nunca. Pero digo: “Qué bueno sería que lo paguen”. Y que lo paguen acá.

Un muchacho encantador, con el corazón filoso.

El mundo sumergido

Julián es buzo certificado desde los 15 años. Desde entonces, las honduras del océano no dejan de atraerlo

Siempre se relamió con los documentales de La aventura del hombre, pero fue Jacques Cousteau con sus incursiones submarinas televisadas el que lo inspiró para empezar, a los 14 años, un curso de buceo.

–Era una locura, porque no había chicos de 14 años buzos y yo a los 15 ya era buzo. Debuté en Mar del Plata y después dejé hasta los 19, más o menos, cuando empecé de nuevo. Valeria también bucea, entonces nuestras vacaciones eran vacaciones de buceo. He podido bucear en muchos lados, pero no me gusta decir dónde. A mí, el mar me intriga. Para mí... el secreto de la humanidad está bajo el agua. Nunca lo voy a ver, pero la fantasía de que me lo voy a encontrar está. Nuestro pasado está bajo el agua. Como los dinosaurios, que está todo enterrado. Cada vez que bajo, tengo la sensación de que ahí donde entro nunca estuvo nadie más. Mentira, pasaron ochocientas personas antes que yo, pero la sensación es que nunca estuvo nadie. Da una sensación de virginidad, el mar. ¿No?

El mito de Pepe Biondi

Muchos lo comparan con el gran cómico nacional y hasta llegaron a creerlo su nieto. El insiste: no se ve parecido

Desde que asomó la cara en la pantalla, las comparaciones con Pepe Biondi se han sucedido. Nunca nadie supo quién inventó la comparación, pero el karma Pepe Biondi lo persigue donde vaya.

–Una vez lo imité en Pelito, y la gente se murió de risa. Me decían: “¡Huy!, te sale igual”. Después se armó una historieta... decían que yo era nieto de Pepe Biondi. Más de una persona me ha dicho: “¡Ah!, nene, tu abuelo me ha hecho morir de risa”, y yo digo: “¿Quién, señora?”, pensando que conocían a mi abuelo que vino de Polonia. Y me dicen: “Tu abuelo, Pepe Biondi”. Yo tengo mi teoría, que es que ninguno de los capocómicos dejó herederos. Ni Minguito, ni Porcel, ni Marrone, ni Pepe Biondi. Entonces la gente necesita ver un sucesor artístico. Del Gordo Casero se decía que era como Porcel. Yo, Pepe Biondi. Para mí es un placer, no es que me dicen: “¡Ah!, sos igual a Astiz”, pero me causa gracia porque por ahí saco un gesto del portero de la esquina de mi casa, y me dicen: “¡Ah!, igualito a Pepe Biondi”. Y yo digo: “No, eso lo hace el portero de la esquina de mi casa, Pepe Biondi no hacía eso”. Pero la gente cree que todo lo que yo hago en la vida lo hago igual a Pepe Biondi. De las revistas me llaman para escribir una columna sobre la vida de Pepe Biondi, y yo digo: “No tengo la más pálida idea de la vida de Pepe Biondi”. No tengo ni un video grabado de él, y la gente cree que yo tengo la colección completa.

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