El letargo popular, símbolo de la larga decadencia del PT

Alberto Armendáriz
El expresidente Lula da Silva
El expresidente Lula da Silva Fuente: Archivo
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5 de abril de 2018  • 20:06

RÍO DE JANEIRO.- Si algo llamó la atención durante la dramática sesión de la Corte Suprema de Brasil que ayer rechazó el recurso de habeas corpus de Luiz Inacio Lula da Silva y luego hoy, cuando el juez federal Sergio Moro ordenó la detención del expresidente, fue la falta de una expresiva manifestación callejera de sus simpatizantes. ¿Qué pasó con las huestes populares que -al menos por ahora- no han acudido en masa a expresarle su apoyo cuando más lo necesita?

Apenas unos centenares de seguidores del exmandatario, principalmente militantes del núcleo duro del Partido de los Trabajadores (PT) y de la Central Única de Trabajadores (CUT), marcharon hacia el Supremo Tribunal Federal (STF) en Brasilia, primero, o acudieron a la sede del sindicato de metalúrgicos en São Bernardo do Campo, después. Tampoco se vieron las fabulosas "mareas rojas" petistas del pasado en las últimas caravanas de Lula por los estados del Sur y del Sureste, a pesar de que el expresidente se ubica en las encuestas como el gran favorito en todo el país para las elecciones de octubre.

"Está faltando el pueblo en las manifestaciones y los actos en torno de Lula porque cada vez menos gente compra el relato de que las acusaciones de corrupción son parte de una persecución política; la gente está muy cansada de la impunidad de los políticos. Y quienes prefieren seguir creyendo en la narrativa petista, se manifiestan más cómodamente en las redes sociales, a través de sus cuentas de Facebook y Twitter en vez de ir a las calles", comentó a LA NACION el profesor Ricardo Ismael, profesor de Ciencias Políticas de la Pontificia Universidad Católica en Río de Janeiro.

El académico advirtió que hay que tomar con cuidado también los datos de respaldo que tiene Lula en las encuestas, que muchas veces no se traducen en la realidad de las urnas. Así pasó en las elecciones municipales de 2016, cuando el PT aseguraba que daría un mensaje electoral contundente en contra del reciente impeachment a Dilma Rousseff y terminó con una sorpresa desagradable: perdió el 60% de las alcaldías que tenía.

Para el historiador Lincoln Secco, de la Universidad de San Pablo, el PT entró en decadencia justamente por el desgaste de 13 años en el poder, que no sólo lo hicieron caer en tentaciones corruptas sino que además se habituó a ejercer su influencia a través de la maquinaria estatal y los programas sociales en vez de en las calles y las organizaciones de base. Esa tendencia se acentuó durante la administración de Dilma (2011-2016), que minimizó los vínculos con los movimientos sociales y los sindicatos, que tanto había fortalecido la gestión de Lula (2003-2010).

"Parte del liderazgo y la militancia petista se acostumbró a actuar en cargos públicos, se acomodó y permitió que las bases sociales que llevaron al partido al poder se fueran desmovilizando poco a poco", apuntó Secco, autor del libro de referencia Historia del PT.

El hecho de que la dirigencia del partido no haya hecho jamás una autocrítica sobre los escándalos de corrupción que protagonizó (el mensalão en 2005 y el petrolão de los últimos años destapado por la Operación Lava Jato, que manchó a casi todas las fuerzas políticas principales) no ayudó. Y ahora, después del desgaste generalizado de la población por las manifestaciones en pos de mejoras en los servicios públicos en 2013 y las masivas protestas a favor del impeachment de Dilma en 2016, los incentivos que tienen los seguidores petistas para salir a manifestarse son pocos.

"El partido no goza hoy de autoridad moral y se ha quedado sin los recursos públicos que manejaba cuando estaba en el poder para financiar grandes actos de demostración de fuerza", señaló Ismael.

La gran incógnita es si el aparente letargo del pueblo continuará ahora que Lula ya tiene un pie en la cárcel. Dentro de la dirigencia petista hay diferencias sobre cómo actuar a partir de ahora. Hay quienes defendían ser pragmáticos y unirse a otras fuerzas de izquierda de cara a sostener al menos el caudal electoral en octubre, con o sin Lula como candidato. Otros, que se impusieron ayer, defienden un camino de radicalización, con un shock de movilización de la militancia en acciones decisivas, como blindar con "escudos humanos" a Lula para evitar su detención e insistir con su candidatura.

"Se trata de una resistencia simbólica, para generar la idea de que Lula es un mártir petista. Tal vez sea la mejor estrategia en el corto plazo para que el PT se mantenga como un actor relevante en el próximo proceso electoral, pero el efecto que tendrá a futuro tal vez no sea el más adecuado para la supervivencia del partido", advirtió Secco.

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