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Lo real y su doble

Diana Fernández Irusta
Crédito: Yasser Qudih/DPA
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6 de abril de 2018  

Todo -o casi todo- tiene aquí algo de atemporal. El atuendo del chico a la izquierda. El marco que podría estar cobijando un cuadro, una puesta en abismo, una imagen hiperreal. Y ese entorno extrañamente despojado, para nada bucólico, insólitamente desprovisto de cualquier rastro tecnológico, algún indicio de tiempo o lugar. Sin embargo, los datos están. Ese campo reseco y estriado de fogatas es parte de los territorios palestinos en Gaza. Y lo que sostiene el protagonista de esta escena es un espejo. Quienes asoman allí, como en un collage engañosamente onírico, pertenecen al fuera de campo: los envuelve el mismo cielo y la misma humareda que circundan la imagen central. Estilizados a su pesar, asoman como un fragmento repentino en medio de un magma de furia. El conjunto es bello, terrible, salvaje. Tan hipnótico que por momentos hace olvidar la tragedia que, como una cinta fatalmente renovada, late en cada intersticio de esta foto.

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