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Los engranajes del futuro

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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6 de abril de 2018  

Una con androides casi indistinguibles de los humanos y otra con un viaje espacial a Júpiter que propone una reflexión sobre la evolución de la humanidad, hace cinco décadas se presentaban dos de las obras maestras que moldearon nuestra visión del futuro y plantearon preguntas que todavía cuestionan nuestra propia naturaleza, nuestro lugar en el cosmos y nuestra relación con la tecnología.

Ambas, ¿ Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela de Philip Dick, publicada por Doubleday en Nueva York, que en 1982 dio lugar a la icónica Blade Runner (cuya secuela se presentó el año pasado con un maduro Harrison Ford), y 2001: Una odisea del espacio, la película de Stanley Kubrick que se estrenó en los primeros días de abril de 1968 y la novela de Arthur Clarke que se produjo en simultáneo, son obras de culto por su visionaria pintura de problemas que hoy tienen una acuciante realidad. A tal punto son icónicas que en un comentario publicado en el último número de Nature Piers Bizony cuenta que, en el Festival de Venecia de 2007, el propio Ridley Scott le dijo a la audiencia que "después de 2001... la ciencia ficción está muerta".

Las obras de Dick, que prácticamente no tuvo educación universitaria, pero sin embargo fue autor de 44 novelas y 121 cuentos cortos (parece que entre 1963 y 1964 escribió seis novelas en 12 meses), son fuentes de inspiración frecuentadas por los guionistas de Hollywood y dieron lugar a varios notables éxitos de taquilla. Pero ninguna como la historia de esa sociedad en la que los androides se hacen cada vez más humanos mientras los humanos se parecen cada vez más a las máquinas nos inquieta de forma tan visceral y sigue inspirando preguntas que agitan las discusiones que actualmente se dan en ámbitos académicos.

Como destaca Ananyo Bhattacharya, en una evocación publicada también en Nature (lo que de algún modo habla sobre la importancia de la ficción en el rumbo de las investigaciones en el mundo "real"), incluso el nombre del protagonista, Deckard, encargado de cazar "replicantes", evoca el del filósofo francés René Descartes, que ¡hace 500 años! ya se preguntaba si era posible distinguir, sin tener acceso a sus mentes, entre un humano y un autómata. Al final de la novela, el personaje llega a afirmar que "esas cosas eléctricas también tienen sus vidas".

Varios años antes de que se fundara Apple y surgiera la computadora personal, Clarke, que urdió su trama junto con Kubrick y contó con el asesoramiento de Marvin Minsky (entre otras cosas, le preguntó al pionero de la computación si pensaba que para 2001 las máquinas podrían hablar y este le contestó que sí, pero que dudaba que "supieran" lo que estaban diciendo), se anticipó a muchas de las tecnologías que hoy son rutinarias (como los satélites geoestacionarios de comunicación, la red de TV satelital, las estaciones espaciales y las ubicuas tablets). También de otras que, aunque no fueron concretadas, se discuten todavía entre los ingenieros, como el "elevador espacial".

Al mismo tiempo se plantean muchos de los inusitados dilemas que agitan las aguas de la filosofía de la ciencia; por ejemplo, si las máquinas evolucionadas deberían gozar de derechos, si la disponibilidad ilimitada de dispositivos electrónicos puede dañar la experiencia sensible que nos trajo hasta aquí y si la dependencia de estos sistemas nos vuelve demasiado vulnerables.

En momentos en que, como suele advertir el investigador argentino en inteligencia artificial Diego Fernández Slezak, la mayoría de las transacciones financieras globales son decididas por computadoras, y cuando ya existen compañías en Silicon Valley que invitan a llegar a la inmortalidad "cargando" nuestra mente en una máquina, las visiones de futuro que proponen las obras maestras de Dick, Clarke y Kubrick nos resultan demasiado cercanas y terriblemente inquietantes.

Por: Nora Bär

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