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River se apagó justo cuando más luminosidad exhibía

Ariel Ruya
Ariel Ruya LA NACION
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5 de abril de 2018  • 21:31

River se apagó justo cuando más luminosidad exhibía. Las cinco victorias seguidas, entre partidos domésticos, un amistoso y la finalísima ya instalada en la historia, se frenó una noche de copas, veraniega en el clima y fría en el juego. El empate sin goles contra Independiente Santa Fe, un equipo serio, en un partido del Grupo D, le genera una intranquilidad insospechada apenas días atrás, cuando había vuelto a ser un equipo de prestigio, reconocible en la talla de Marcelo Gallardo. Incómodo y atrapado, River debe, todavía, algunas materias.

La última vez de River en la Copa Libertadores, en su casa, había sido el 24 de octubre pasado, en un exigente triunfo por 1 a 0 sobre Lanús, el primer capítulo de una semifinal tan traumática como inolvidable, sellada una semana después en la Fortaleza. Esa eliminación, maquillada por las 'ausencias' de la tecnología aunque, sobre todo, impuesta por una sorprendente noche de desvaríos, llevó a River a vivir delante del precipicio. Cayó, se hundió, volvió a ser y recuperó la estirpe, en un puñado de meses fogosos. Una derrota doméstica con Boca, el alivio de la Copa Argentina, supuestas rencillas internas, la seguidilla de tropiezos en la Superliga y la consagración contra el rival de siempre, en Mendoza, en otra demostración de jerarquía de Marcelo Gallardo, el cerebro principal, crearon una obra de seis meses de puños apretados y de poquito fútbol. El equipo millonario jugó con los límites.

El regreso al Monumental, la vuelta a casa en un partido de Libertadores -la presentación había sido en Río de Janiero, en un meritorio 2-2 con Flamengo-, no tuvo ni la chispa ni la creatividad de los últimos encuentros, envueltos en victorias matizadas con dosis de efervescencia y calidad. Independiente Santa Fe es un buen conjunto. Entiende el juego: es prolijo, astuto y no se encoge en el contexto. Ya le había ganado en el verano por 2 a 1, en Miami, en un ensayo de preparación, con huellas de clara superioridad. No fue el caso de anoche, aunque maniató a River hasta envolverlo en un hilo sin principio ni final. Con Pajoy y Plata, puntas de lanza de embates ofensivos con cierta insistencia, River olvidó el libreto de la seguidilla victoriosa con una imagen frágil, sin prepotencia copera. Un tiro libre de Mora, un remate de Pérez y un equipo mareado al correr siempre para adelante, marcaron los tiempos de un encuentro indescifrable. River podía ganarlo, por actitud y esmero colectivo, pero precisaba un hombre que frotara la lámpara, apagada en casi toda la noche.

Los ingresos de Quintero -un fino estratega sin potencia- y de Scocco -el artillero elegante de los goles desde el banco- actuaron rápido: River capturó su energía, que también provocó un impulso en la gente, que cubrió el Monumental en la segunda mitad. Ahora sí: River merecía el gol, un premio que le daba un esfuerzo mayúsculo, al límite. No supo cómo concretarlo, ni con la formación que empezó -la misma que derrotó a Boca-, o la que acabó, con Scocco, Quintero y el joven Palacios, tan hábil como inexpresivo. Zapata, el arquero colombiano, fue una de las figuras, pero Armani también fue decisivo, en un encuentro con la garganta seca, frustrante porque suele ser un castigo no ganar como local en una competencia atrapante y traicionera. River no se divirtió nunca: fue un laburante durante 90 minutos, con la lengua afuera y los bolsillos vacíos.

Por: Ariel Ruya

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