Una pausa literaria inspirada por los "monstruos" que visitan La Cumbre

Forn se refirió a cómo "lograr que cuando uno muera la historia contada siga viviendo"
Forn se refirió a cómo "lograr que cuando uno muera la historia contada siga viviendo" Crédito: Leo Gorosito/Filba
Crónica de la primera jornada del festival en un rincón de Córdoba que ya promete instalarse como destino internacional, con el estandarte de la casa de Mujica Lainez; el discurso inaugural, a cargo de Juan Forn
Daniel Gigena
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6 de abril de 2018  

LA CUMBRE.- La pausa es el lema explícito del Filba Nacional este año y el lugar elegido para entrar en ese modo, La Cumbre, una localidad de diez mil habitantes situada en el multicolor Valle de Punilla. El lema implícito es la tan esperada como inminente declaración de esta localidad como poblado histórico, lo que permitirá recuperar El Paraíso, la mansión de Manuel Mujica Lainez en Cruz Chica, para toda la comunidad y encumbrar el pueblo en el mapa cultural argentino. Para eso falta apenas que el ministro de Cultura, Pablo Avelluto, y el presidente de la Nación, Mauricio Macri, estampen sus firmas en un decreto. Este domingo, en un acto que reunirá a la presidenta del Fondo Nacional de las Artes, Carolina Biquard; la presidenta de la Comisión Nacional de Monumentos, Teresa Anchorena, y el intendente de La Cumbre, Rubén Ovelar, se hará público el dictamen que declara poblado histórico a La Cumbre, el primer paso para que el proyecto se vuelva realidad.

Las dos primeras actividades de la séptima edición del Filba transcurrieron hoy en una templada mañana otoñal. Una de ellas fue la inauguración de la muestra "Un trazo es muchas cosas. Cruce entre arte y literatura" en la galería Júpiter, de Martín Kovensky. Al cuidado de Ana Gilligan, obras de varios artistas, entre ellos, Kovensky padre y Nina, su hija; Germán Wendel; Leopoldo Estol e Ivana Vollaro. La llegada de un grupo de alumnos de sexto año de una escuela secundaria desde Capilla del Monte obligó a la curadora a hacer cuatro visitas guiadas en una hora: la galería es pequeña y no permite que entren más de quince personas a la vez. Acompañados por su profesora de literatura, los chicos querían participar del taller de la escritora y periodista Eugenia Almeida en la Estación de Arte de La Cumbre. Fue imposible porque ya no quedaban vacantes; sin embargo, los chicos saludaron a la escritora cordobesa, muy popular en la provincia por su prestigioso programa cultural Dame letra, que Radio Universidad de Córdoba, sorprendentemente, dio de baja a fin de marzo. Y, desde ya, por sus novelas, "mecanismos de relojería", como dijo una de las asistentes al taller "El monstruo entre líneas. El esqueleto de la novela".

Taller de Damián Ríos
Taller de Damián Ríos

"No sé qué palabra me gusta más, si «monstruo» o «esqueleto»", añadió Florencia, una joven que viajó desde Río Ceballos. El nombre del curso de Almeida hace referencia a uno de los ejes temáticos del festival: la monstruosidad. "Para escribir una novela hay que estar mal de la cabeza", advirtió Almeida a la veintena de asistentes con su dulce tonada. "Si uno tiene una idea para la novela, pero no la estructura, o al revés, no hay mucho truco: hay que sentarse y escribir". Acto seguido los dividió en grupos de tres y les acercó frases de libros que reflexionan sobre el acto de escribir. Tres son novedades: el segundo libro de Camila Sosa Villada, invitada al Filba; Cómo me hice viernes, de Juan Forn, y La partida fantasma, del chileno Leonardo Sanhueza. Fueron publicados por el sello cordobés DocumentA/Escénicas. "Son muy motivadores", destaca Almeida. La biblioteca del taller mañanero, que continuará mañana y el sábado, se completó con Marguerite Duras, Jorge Consiglio y Hernán Ronsino. Tentativamente, la poética de Almeida se puede asociar con las obras de esos autores convocados vía letra impresa.

Luego del arribo del contingente de escritores invitados, entre ellos Tununa Mercado, Betina González y Juan Sasturain, el editor y poeta Damián Ríos se reunió con trece autores que habían enviado algunas páginas de sus libros en proceso. En una clínica exprés de escritura y autoedición de tres horas, Ríos compartió con ellos herramientas útiles a la hora de publicar el primer libro. A su modo epigramático, Ríos destacó que el reino de la literatura era el espacio y que el escritor de novelas había sido, hasta la aparición del cine, escenógrafo, guionista, vestuarista e incluso maquillador.

Las chicas del taller sobre "la monstruosidad" que dio Eugenia Almeida, muy popular en su provincia
Las chicas del taller sobre "la monstruosidad" que dio Eugenia Almeida, muy popular en su provincia Crédito: Leo Gorosito/Filba

A la hora del crepúsculo

Mediante un recorrido en zizgag por su trayectoria como lector y escritor, Juan Forn inauguró el Filba Nacional a la hora del crepúsculo serrano, después de haber visitado con Kovensky las "locaciones" de su novela María Domecq. En la Sala Ocampo, situada en el centro de La Cumbre, a pocos metros de la casa de su abuelo y ante una audiencia variopinta integrada por funcionarios, escritores, lectores y cumbrenses, el escritor se remontó a su adolescencia y niñez, e incluso al momento en que sus padres se conocieron, para contar su entrada en la literatura. Como se sabe, en ese reino se comparten aspectos singulares y comunes con todos los lectores y escritores. La conferencia del autor Nadar de noche se ocupó de los motivos singulares. "En la Argentina de la dictadura, yo quería ser un beatnik", reveló, en alusión a la supuesta matriz norteamericana de su escritura.

La audiencia, atenta a tal punto que solo se escuchaban los rumores nocturnos del pueblo (en especial las estruendosas motos), conoció otros pormenores biográficos y estéticos de Forn, como cuando habló sobre su residencia en la dacha de Villa Gesell y de su pasión por Joseph Brodsky, Yasunari Kawabata y Vladimir Nabokov. Incluso aconsejó a los jóvenes escritores: "En lugar de googlearse en Internet, deberían cada tanto dejar salir de su mazmorra al Joven Poeta Que Fueron", dijo. William Faulkner, Charles Simic y Antonio Cisneros fueron invocados por el autor.

"Uno va a contar su historia para saber cómo termina. Uno va a contar su historia para saber si su historia vivirá. De eso se trata, en el fondo, todo este asunto: de lograr que cuando uno muera la historia que haya contado siga viviendo", concluyó Forn. Sus palabras, mientras tanto, buscaban refugio para seguir vivas entre la concurrencia.

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