El arte de ser barbero

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Fuente: LA NACION
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5 de abril de 2018  • 23:47

No sé por qué motivo me tocaba la tarea de afeitar a parientes y amigos que, por cuestiones de salud (de mala salud), debían permanecer internados durante un tiempo en hospitales o clínicas. Cuando llegaba de visita con revistas o budines, se acariciaban la barba crecida y preguntaban al aire si no les hacía falta una afeitada. Como en los centros de salud abundan las enfermeras y no los enfermeros, sentían quizás pudor de pedirles a ellas que lo hicieran y esperaban con impaciencia la llegada de un conocido. Pedirle a un médico que los afeitara estaba fuera del alcance de la imaginación de cualquiera. Las jerarquías en el sistema de salud son inapelables.

Salía de inmediato a buscar por las calles de Parque Patricios, Colegiales, San Justo o el barrio donde estuviera ubicado el hospital para comprar espuma de afeitar y una máquina descartable. En esas ocasiones parecía que las calles eran prolongaciones de los pasillos hospitalarios y que las personas con las que me cruzaba estaban al tanto de mi propósito. Una vez de vuelta, llenaba de agua tibia una taza y le mojaba las mejillas al paciente. La espuma, que yo jamás había usado para afeitarme porque me parecía un derroche, les daba el aspecto de sabios venerables.

No siempre hubo testigos silenciosos de esas escenas. Algunos tal vez temieran (como yo) que una palabra me distrajera y provocara un rasguño en cara ajena. Como si fuera un escultor y mis parientes o amigos los mármoles, la forma debajo de la espuma de un blanco irreal se dejaba moldear. En un hermoso ensayo de Mirar, John Berger adjudicaba la pasión por la pintura que había sentido desde niño William Turner al oficio de barbero de su padre. Mis performances terminaban cuando alguien le alcanzaba una toalla y un pequeño espejo al hombre recostado en la cama.

Me había afeitado por primera vez a los trece años. Mi padre me llevó ante el espejo del botiquín del baño y recitó el método que todavía uso. Con crema de afeitar, una brocha, agua tibia y la máquina de repuestos descartables en la mano derecha, esa ceremonia de iniciación (¿a qué?) no duró poco más de lo que dura en el presente. Era domingo a la mañana y en la casa se escuchaban los tangos cantados por Julio Sosa, siempre con la piel del rostro tersa en las fotos de las tapas de los discos. Fue una lección de un solo día.

Pablo Bigliardi es autor de las novelas Determinación y El Santo de Saco Viejo. Su nuevo libro de cuentos, REM, salió en enero de este año, publicado por la editorial Último Recurso. Ya fue presentado en Saavedra, provincia de Buenos Aires, y en Las Grutas, Río Negro, donde nació el autor. El 17 de mayo, hará lo mismo en la ciudad donde vive ahora: Rosario. Además de narrador, Bigliardi es peluquero y barbero.

"He afeitado y cortado barbas desde el año 1993 -cuenta el dueño de 'Cuidamos tu cabello. Peluquería & Libros'-. Antes lo hacíamos solo con máquinas o navajas, pero hoy las tijeras complementan un estilo en la cara del varón. En la peluquería extendimos el horario de cierre de las 19 a las 21 para quedarnos a solas entre varones y crear el halo de barbería que algunos pedían". Sin embargo, en la peluquería de Bigliardi la proporción de clientas es mayor que de la de los clientes pendientes de sus barbas. "Agregamos una barra con bebidas y una máquina de café, pero el sistema parroquiano machista de charla futbolera, empresarial o distendida fue cediendo lugar a ellas, que se sumaron a beber cerveza mientras les va tomando el color de las tinturas o reflejos. Escuchan y participan de las conversaciones".

El viejo lugar de trabajo del peluquero escritor rionegrino se convirtió en un espacio de sociabilidad para varones y mujeres. Quizás con el tiempo, cuando sea necesario, algunas de ellas puedan darles lecciones de afeitado a sus propios hijos, nietos o sobrinos. No siempre hay padres.

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