Donald Trump convoca a los "duros" en política exterior

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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6 de abril de 2018  • 01:36

Cuando en el delicado capítulo de la política exterior el presidente norteamericano, Donald Trump, se rodeara inicialmente de tres funcionarios con perfiles más bien moderados, esto es con el exasesor Nacional de Seguridad General McMaster; el exsecretario de Estado Rex Tillerson y el exsecretario de Defensa Jim Mattis. Pareció que, con ellos, procuraba sabiamente equilibrar a un perfil particularmente preocupante de su personalidad, aquel que lo muestra proclive a la confrontación.

Pero las cosas, de pronto, parecen haber cambiado significativamente. En efecto, McMaster ha sido reemplazado por el embajador John Bolton; y Rex Tillerson, en cambio, por Mike Pompeo. Los dos reemplazantes mencionados son "duros" en materia de política exterior. Ambos, en el pasado, han sugerido públicamente que el uso de la fuerza es una opción disponible de cara a las volátiles crisis nucleares abiertas con Corea del Norte e Irán.

Como visión, esa es ciertamente mucho más agresiva que las de sus respectivos predecesores. Frente a ella, el moderado secretario de Defensa, Jim Mattis, trabajará ahora casi en soledad. La experimentada directora de la CIA, Gina Haspel, que está lejos de ser "blanda" en sus visiones de política exterior, también estará envuelta en la difícil dinámica de las tomas de decisiones en ese ámbito.

Tanto Mike Pompeo como John Bolton han sido -abiertamente- críticos muy severos del acuerdo de 2015 de la comunidad internacional con Irán sobre su programa nuclear. Por esto, es ahora relativamente probable que Donald Trump procure renegociarlo; para ampliarlo, por supuesto. Irán ha dicho ya que no lo hará de modo que tratar de volver a abrir este tema en particular no será una empresa simple, para nada.

Para Mattis, en cambio, pese a sus imperfecciones, ese acuerdo con Irán debería mantenerse, sin arriesgar a que de pronto se caiga, desde que las alternativas son mucho peores.

Para algunos, esto recuerda lo sucedido, hace quince años ya, con el expresidente Bush ante la crisis de Irak. Cuando su vicepresidente Dick Cheney y su secretario de Defensa Donald Rumsfeld empujaran en dirección a la invasión de Irak, mientras que sólo su secretario de Estado Colin Powell intentara frenarla, aunque sin éxito.

Cabe agregar que no parece demasiado fácil, por su historia y fogosa personalidad, que John Bolton -enemigo autodeclarado de las Naciones Unidas- siga en su andar el modelo de uno de sus más notables predecesores: Brent Scowcroft, quien fuera un paciente componedor y un fabricante de opciones que descollara por su actuación en las administraciones de Gerald Ford y George W. Bush.

John Bolton, por lo demás, ha sido acusado por una durísima editorial reciente del New York Times de no tener respeto por el derecho internacional, lo que no es precisamente un cargo tranquilizador. Particularmente, cuando Bolton predica insistentemente que, respecto de Corea del Norte al menos, la opción militar (esto es, la del uso de la fuerza) está sobre la mesa para neutralizar con ella, de ser necesario, la posibilidad de que Corea del Norte se transforme en una peligrosa potencia nuclear.

Sus tres décadas de experiencia diplomática al más alto nivel no han cambiado su particular visión respecto de que, en la diplomacia, las amenazas bélicas son un instrumento más de presión, que no necesariamente cabe dejar de lado.

Pero hay un primer paso distinto, que se aproxima: la reunión "Cumbre" propuesta por el presidente de Corea del Sur y aceptada por su colega de Corea del Norte, a la que Donald Trump y John Bolton asistirán, previsiblemente. Para Bolton, que ha dicho que negociar con Corea del Norte es solo "una pérdida de tiempo", podría haber un primer paso "preventivo", consistente en un ataque -nuclear de ser necesario- que le quite fuerza de negociación a Corea del Norte. Lo que es, obviamente, un planteo inaceptable. Particularmente para Corea del Sur y Japón, por su cercanía geográfica con Corea del Norte. También para China, que acaba de recibir la visita del presidente norcoreano, enviando una señal inequívoca: la de no querer ser dejada de lado en esta cuestión.

La presencia de John Bolton, por lo demás, podría también complicar la posibilidad de acoplar el accionar de la diplomacia norteamericana con la de la Unión Europea, que ya están separadas por algunas grietas que parecerían haberse abierto en las últimas semanas.

Con Mike Pompeo y John Bolton en puestos de comando es posible que la diplomacia norteamericana viva una etapa distinta, de singular dureza, y quede así, al menos en algunos temas puntuales, relativamente separada de los demás actores centrales.

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