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Masters de Augusta: todo lo que está prohibido en el torneo de golf más exclusivo del mundo

Patrick Reed, el líder de Augusta
Patrick Reed, el líder de Augusta Fuente: AFP
Gastón Saiz
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6 de abril de 2018  • 22:51

AUGUSTA.- Hay una sensación de que el tiempo se detuvo en Augusta National, el club que organiza el Masters cada abril desde 1934. Sergio Gómez, el manager del golfista español José María Olazábal, recorre sus 18 hoyos desde hace más de 30 años y grafica: "En Augusta tienes la sensación de vivir en Lo que el viento se llevó".

El club evolucionó en forma impresionante desde el momento en que se incorporó este Major en el calendario. Horton Smith, su primer ganador, cobró un premio de 1500 dólares, mientras que Sergio García, el más reciente, embolsó US$ 1.980.000. Las autoridades fueron sabias para lograr que la cancha siempre se defendiera del talento de los jugadores con el paso de las generaciones. ¿Qué hacen? A golpe de billetera, compran terrenos circundantes y extienden las dimensiones del campo. El ex presidente Hootie Johnson no dudó en alargar el campo y complicarlo cuando Tiger Woods empezó a domarlo hasta ganar cuatro chaquetas. Es el mismo dirigente que solía decir: "No somos un museo".

Pero si bien hay una política de mejoras permanentes, existe un sinnúmero de puntos que no se modifican: muchas tradiciones y, al mismo tiempo, varias prohibiciones. Reglas no escritas que deben conocerse para no pasarla mal. Parecía más un dato incomprobable que un cumplimiento obligado, pero ayer, este cronista observó en vivo cómo un guardia se acercaba a un espectador argentino que seguía el juego de Angel Cabrera con la gorra puesta para atrás. El policía se acercó y le dijo: "Por favor, la visera para adelante". Parece apenas un detalle, pero Augusta está en cada uno de ellos.

La prioridad es preservar la imagen. Los comentaristas no pueden hablar en sus relatos mencionando la palabra "espectadores", sino patronos ("patrons"). Puede tratarse de una cuestión semántica y sonaría normal utilizar la palabra "fan", como en cualquier evento deportivo. Pero no. En 1966, El periodista Jack Whitaker hacía la transmisión oficial del torneo para CBS y dijo al aire que la gente que seguía a los jugadores a los dos lados de las sogas parecía "una escena de la mafia". La descripción enfureció al presidente y co-fundador del club, Clifford Roberts, que le quitó la credencial y ya no pudo volver a pisar el predio. Lo mismo le ocurrió en 1994 a Gary McCord, que en 1994 se le ocurrió decir que los greens estaban alisados con "cera depiladora de bikini".

Los asistentes -perdón, "patrons"- tienen prohibido ingresar con teléfonos móviles, cámaras y sillas con apoyabrazos; solo se admiten las sillas oficiales verdes con el logo de Augusta. En una cultura del que "duerme, pierde", podría suponerse que ocupar una butaca vacía alrededor del green del 18 es juego limpio. No en el Augusta National, donde los fanáticos se apresuran para llegar temprano y colocan sus asientos alrededor de los greens. Quizás el dueño de la silla -identificada con su nombre en el respaldo-, no regrese al campo durante varias horas. Pero... ¿Qué pasaría si un intruso se sentara? Es posible que la seguridad de Augusta National le dé una nueva silla, pero para usarla en su casa y muy lejos del club.

Está muy mal visto que tanto los hombres como las mujeres usen jeans tradicionales azules. Más apropiado, bermudas de golf o pantalones de vestir. Y preferentemente una polo -o chomba- en vez de una remera convencional. Hace dos años, una periodista latina fue reprendida por usar un jean blanco que le marcaba demasiado su figura y su acreditación estuvo en juego. En cada jornada hay una invasión de unos 45.000 patrons, y la imprecisión en el número tiene una razón: la organización jamás informa la asistencia, un secreto quizás relacionado con la dificultad para obtener las entradas.

Tal vez, en el intento de llegar a la definición de un hoyo alguien atine a correr, pero andar demasiado apurado también traerá problemas. Igual que acostarse sobre la hierba o inclinar mucho la espalda sobre la ladera debajo del hoyo 6. Tampoco se puede andar descalzo, una idea tentadora en la primavera de Augusta y más sobre este pasto sagrado. Siempre habrá un guardia o un voluntario dispuesto a advertir, excepto que la falta sea demasiado grave y el espectador sea llevado directo a la puerta de salida aferrado de los brazos.

Las propinas no están permitidas a los cientos de voluntarios y empleados. Y mejor pensar dos veces la iniciativa de ponerse a vender y comprar entradas sobre Washington Road, la arteria principal que atraviesa la ciudad y llega hasta las puertas del club. Hay agencias autorizadas para la venta de abonos y tickets, más allá del sorteo anual de boletos. Hubo años, como 2012, que fueron arrestadas 40 personas por la reventa. Una más de las tantas particularidades del Masters.

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