Carolina Peleritti: las mariposas son libres

Según sus palabras, de pronto pasó de gusano a belleza alada. Tuvo éxito como modelo, pero se cansó de “ser una percha” y apostó a la actuación. Hasta ahora le va muy bien: pasó un 2001 lleno de trabajo, interpreta los Monólogos de la vagina en Córdoba, rechaza tiras en televisión y se divierte jugando con su lado salvaje
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3 de febrero de 2002  

Es la 1 de la tarde y es el Jardín Japonés. Carolina Peleritti, dicen, se fue a esconder.

–Por ahí –orienta un mozo oriental–. Tomó el camino de la izquierda, pero tal vez ya esté por la derecha.

Allá a lo lejos: una gacela con forma de mujer. Cuando era modelo, el book de Carolina decía lo siguiente: 96-63-92, 1 metro 78, mucho de todo. Lo primero que se ve es eso, pero más poético; algo así como un redondeado sueño de Modigliani. Lo segundo, ya de cerca, son los ojos. La rara mansedumbre que le llena los ojos.

–Estoy convencida de que la casa de uno tendría que ser así –dirá más tarde, señalando el agua, los puentes, los peces obesos–. Aunque uno viva en un departamento, tiene que haber espacios como éste. No creo que las almas estén preparadas para gastarse todo el tiempo, tiene que haber siempre un lugar donde uno pueda volver a llenarse.

Hasta hace unos años, Carolina era una de esas almas que se gastaban. Trabajaba como modelo, ganaba mucho dinero, era un símbolo de la belleza exótica y tenía una casa escenográfica. Pero entonces se enamoró de un hombre escéptico, de un tipo que sabía distinguir la vida del cartón pintado. Luis Alberto Spinetta –de quien se separó hace dos años– tuvo mucho que ver con el cambio.

–Hubo un quiebre, que se puede relacionar con mi pareja de entonces –dice, tratando de decir poco–. Luis era muy poco mediático y, en ese sentido, aprendí mucho. Empecé a vivir con lo mínimo, me puse a estudiar. Me acuerdo que cerré mi casa divina, metí todo en cajas, y me fui a una casa con jardín. Tenía que limpiarme. No necesitaba nada más.

Empezó a hacer cursos de teatro, bel canto, clown, escritura, pintura. Aunque había pasado por la televisión con poco éxito (el cómic futurista Cybersix fue su mayor chasco), la gran oportunidad se dio con la obra Confesiones de mujeres de 30: desde entonces, el trabajo no para. Sólo en este último año, rodó Samy y yo (la película de Milewicz); tuvo un papel en El lado oscuro del corazón 2, hizo algunos Tiempo final, rechazó hacer tiras en televisión, hizo en teatro 12 polvos (una obra de títeres porno), y –principalmente– estuvo en dos espectáculos de intensa huella femenina: Confesiones... y Monólogos de la vagina (que ahora protagoniza por segunda vez en Córdoba).

Lo femenino dejó de ser un vestido, un par de tacos, un meneo fatal. En el teatro, Carolina pudo mostrar también lo femenino como desesperación, como dolor, como angustia o como temblorosa felicidad.

–Durante 12 años mostré el envase de lo femenino. Yo era una percha.

Dice y se estira como una garza con cuello ortopédico. En un segundo, Carolina puede transformarse en algo irreal, un maniquí, una caricatura de la perfección.

–Hasta que rompí esa percha –se afloja y cae–. Decidí usar el cuerpo para divertirme con mi propio ridículo, y para hablar de cosas que a las mujeres nos dan miedo. No es fácil, por ejemplo, sentarte y hablar a toda una platea sobre la vagina y el placer. Pero me libera, me sirve para vencer mis propios pudores y tabúes. Mis padres nunca me hablaron de sexo, por ejemplo. Todo lo que aprendí fue con mis amigas, y de chica siempre fui muy escondedora, tuve esa educación. Y cuando desarrollé sentí que era un insulto, un latigazo. No se lo dije ni a mi madre. Entonces es muy loco que pueda hablar de estas cosas frente al público.

Vivió hasta los 18 años con sus padres: Humberto, prestigioso médico cirujano, y María, enfermera. Además de cirujano, Humberto es perfecto.

–Mi viejo es ese hombre de los que quedan pocos. No porque tenga un Edipo importante, sino porque lo fui valorando y descubriendo con el tiempo. Aparte de ser médico, hace de todo: cocina bien, arma sillas, hace dulces, de joven tocaba el bandoneón y pintaba, tiene una sensibilidad y un manejo de las manos muy especial. Es como un Mc Gyver. Creo que de él tomé cierta veta artística. Es un buen candidato, lástima que sea mi papá.

Hasta los 16 años, fue una nena con jumper y complejos de fea. Pero alguien le aconsejó presentarse a un concurso para la agencia americana Supermodels, apostando a que su altura sería bienvenida. Salió segunda y le ofrecieron trabajo. Ocho años más tarde, Carolina facturaba 320 mil pesos por año. Cuando se le pregunta por esa época, por las consecuencias de tener tanto y tan joven, ella contesta: "Me pasó de todo", pero después no cuenta más. O cuenta lo siguiente: –Por un lado tenía tanta plata que ni sabía cómo gastarla. Y por el otro, estaba la prensa pendiente de lo que yo hacía. Y eso no se maneja bien cuando sos chica, no podés marcar la diferencia entre lo público y lo privado.

–Pero, concretamente, ¿qué cosas de esa época hoy te parecen deplorables?

–Que estaba alejada de lo que yo era, que había dejado la verdad afuera y me había transformado en una foto. Por eso quise parar.

El alma, la energía, el karma, la paz interior, las bondades del trabajo, lo que suma y lo que resta, lo positivo y lo negativo que en realidad también es positivo. De todas estas cosas habla Carolina cuando no quiere hablar de sí misma. Durante y después de la charla, protegerá su vida privada con celo desmedido, como si la intimidad fuera una cría desvalida a punto de ser tragada por los cuervos. No recordará sus romances taquilleros con Gerardo Romano, David Lebón, Alan Faena, Nicolás Repetto. Tampoco dirá, por ejemplo, si está sola o en pareja. No dará su número de teléfono, y es por eso que los varios encuentros para armar esta nota deberán hacerse siguiendo el modelo-Rushdie-de-tratar-con-la-prensa: hay que llamar a su representante; el representante llama a Carolina; Carolina, finalmente, llama al fotógrafo o la cronista.

"Hay cosas que prefiero compartir con gente que me conoce y que no va a usar lo que yo diga para poner un título", es su explicación, pronunciada de modo amable, despojada de divismos, a medio camino entre la paranoia y la timidez. Quizás haya que entenderla: hasta los 24 años, Carolina era un título. Mis ex nunca van a dejar de estar en mi vida, Yo soy de las feas, Soy más sensible de lo que muestro. Frases que la hacían quedar como una imbécil. Carolina se cansó de eso y de todo lo que eso traía pegado. Decidió jugar su propio juego.

–Jugar al anónimo, dejar de exponerte más allá de los personajes y relacionarte con la gente sin tener que estar en pose.

No está en pose. Tiene un vestido simple, la piel limpia, las piernas estiradas como largas medias secándose al sol. Carolina tiene una sencillez brutal, y una belleza que nace de la imperfección: la nariz larga, cierta androginia. Rasgos que, a los 16 años, la transformaron en una Lolita exótica; pero que durante la infancia y parte de la adolescencia la hacían sentir horrible. Kunta Kinte.

–Me decían así: Kunta Kinte. Y yo no me creía nada, cero. No creía que pudiera gustarle a nadie. Yo era un espanto. Simplemente eso. Rara. Soy insegura. Siempre lo fui. Todas mis amigas eran rubias de ojos claros, se levantaban a todos los chicos, y yo a ninguno. Como era alta, era la última de la fila y me agarraba a piñas con los varones. Mis compañeros me veían alta y tetona, pero no más. Sólo tuve un novio, que se enamoró y por eso le gustaba. Yo vivía de las conquistas platónicas: fantaseaba con muchos en el barrio, en el tren... Pero nadie me miraba. Y de pronto empecé a laburar y el tema mutó. Y eso es fuerte: eso es como magia. La transformación del gusano en mariposa.

–¿Seguís teniendo alguno de esos complejos?

–Los complejos nunca se van. No tengo rollos con el físico: observo mi cuerpo y lo veo cambiar, engordar, adelgazar, pero no me obsesiono. Tampoco pienso en cirugías, salvo que después de tener un hijo las lolas me queden por el piso. Miles de veces me insistieron para que me cambiara la nariz o me achicara las lolas porque deformaba la ropa, y tampoco quise. Pero eso no quita que siga teniendo complejos. Lo que pasa es que no se nota: a veces la procesión va por dentro. Hubo momentos en los que estaba gorda, y laburaba, y yo estaba muy acomplejada y nadie lo sabía. La presión es terrible. Las publicidades de verano, los trastes divinos. Hubo momentos en los que no soporté y me desequilibré.

Fue en España. Se desequilibró porque era feliz. A los 16 años fue a trabajar cuatro meses a Europa. Vivió lo que ella llama un intensivo, como un extracto de lo que suele ser la vida.

–No trabajé porque había engordado. Estaba emocionalmente desbarrancada y me desbandé con la comida. Cuando llegué a Madrid sentí que por fin me habían soltado la cadena en mi casa. En Buenos Aires vivía con sus padres: casa en Martínez, vida correcta. En España, empezó en un apart hotel y terminó de prestado.

–Me enamoré. Y salía mucho, cosa que en Buenos Aires no hacía: me iba con amigos de la agencia, bailábamos, en Barcelona vivía en la playa, sin un centavo... era como Disneylandia. Tenía la sensación de estar viviendo por fin una vida propia. Pancho (Dotto), desde Buenos Aires, se preguntaba: “¿por qué no trabajará Carolina?” Hasta que me fue a buscar y casi se muere. Yo, encima, no quería volver: estaba aprendiendo cosas de la vida mucho más importantes que caminar sobre una pasarela. Mis viejos, por teléfono, amenazaban con traerme por medio de la embajada argentina. Pero no volví. Hasta que una tarde sonó el timbre en Barcelona y era mi vieja. Estaban desesperados. Y eso que yo, dentro de todo, estaba haciendo una vida muy sana. Pero mi viejo tenía terror: temía que me prostituyera, qué se yo.

Ella, alguna vez, les dio esperanzas de normalidad y progenie: quería ser neurocirujana.

–Influyó la profesión de mis padres. Además, hay muy pocas neurocirujanas y es una carrera muy difícil. Y me gustaba la reacción de la gente cuando yo decía "quiero ser neurocirujana". Se ponían bizcos, me gustaba ese efecto. Pero bueno, tendría que haber estudiado mucho. No sé si me lo habría bancado.

En su casa de Martínez lo más salvaje es un jardín con huerta. Le gusta sacar fotos en macro: la lente bien cerquita, hurgando en la tripa perfumada de las flores.

–Me encanta todo lo que hay dentro de una flor. Una vez escribí un cuento sobre un florista que vendía azucenas. Al tipo le gustaba tanto el perfume que terminaba respirando a través de la copa de la flor, la tenía incorporada a su cara como una prolongación. Y respiraba azucenas hasta cuando dormía, y era tanta su obsesión que no quería oler el aire. Quería estar conectado con eso que formaba parte de él. Y la gente le decía que se operara la azucena de la cara, pero él decía que no, que se la tenía que dejar para seguir viviendo.

El vestido de Carolina tiene flores. El lugar que eligió para esta entrevista, también. Por los senderos que se bifurcan hay jazmines, malvones, alelíes. Es ahora cuando dice lo del Jardín Japonés: que todos tendríamos que vivir así, aquí, muy lejos del miedo.

–No creo que las almas estén preparadas para gastarse todo el tiempo, tiene que haber siempre un lugar donde uno pueda volver a llenarse.

Dice al fin mirando el agua, los puentes, los peces obesos, el salvajismo que a veces se disfraza.

Agradecimientos: Hotel Boquitas Pintadas - Lucía Blanco - Al Ver Verás - Mariacher - Cora Groppo.

Maquilló: Cecilia Olivestro.

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