Las detectives británicas, tras los pasos de Jane Tennison

En Marcella, Anna Friel es una detective con blackouts y problemas emocionales
En Marcella, Anna Friel es una detective con blackouts y problemas emocionales Crédito: Netflix
La protagonista de Prime Suspect es el espejo en el que se miran sus mejores descendientes, de Marcella a Happy Valley
Paula Vázquez Prieto
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7 de abril de 2018  

La historia del policial "de procedimiento" en la TV británica ha tenido una marca indeleble: la aparición de la inolvidable Jane Tennison en Prime Suspect, en 1991. La vimos por primera vez apenas como una sombra, subiendo en un ascensor entre detectives que reían, que se jactaban de la gloria de sus descubrimientos. Su marginal figura irrumpía ya entonces en un mundo definido por hombres y uniformes, en una nocturnidad de crímenes y aberraciones, de secretos y complicidades. La elección de una mujer como cabeza del departamento de homicidios de la Policía Metropolitana de Londres no solo suponía un sacudón en el adormecido género policial, sino una mirada dirigida al sexismo omnipresente en uno de los territorios claves de la vida institucional inglesa.

Nacida de la imaginación y la escritura de Lynda La Plante e interpretada magistralmente por Helen Mirren, Tennison combinó la eficiencia profesional con los conflictos privados, la serena intuición con un astuto sentido de la observación, dando nacimiento a una novedosa heroína que todavía hoy es posible rastrear en la ficción televisiva.

Joven heredera de la agudeza de Miss Marple y habitante de una sociedad clasista y puritana, la inspectora Tennison ha señalado un camino, no solo transitado por algunos de sus epígonos en Estados Unidos (como el de Kyra Sedwick en The Closer), sino en el propio epicentro de la ficción británica. Mujeres con o sin uniforme, que sostienen su autoridad en un mundo de prejuicios y componendas, de vidas tumultuosas y pasados marcados, capaces de una inteligencia emocional nunca convertida en signo de debilidad. Jóvenes o maduras, solitarias o embarazadas, todas ellas encarnan -aun sorteando las debilidades de las historias que protagonizan- ecos de aquella tradición, que tiene mucho de literario y de autóctono, pero que ha trascendido localismos y se ha decidido a salir al mundo.

De Yorkshire al East End

En los últimos años, dos de las mejores detectives británicas han lidiado con la muerte, propia y ajena. Creada por Sally Wainwright en 2014, Happy Valley cuenta la vida de Catherine (Sarah Lancashire) en el cumplimiento de su labor diaria de policía de pueblo chico: robos, peleas domésticas, vecinos molestos. La liberación del violador de su hija adolescente -indirecto responsable de su posterior suicidio- despierta en Catherine los fantasmas del pasado y abre una intriga en la que será su intuición, no exenta de las contradicciones de su propia conciencia, la que determine el andamiaje dramático.

Menos concentradas en la acción que el interior de los personajes y los entornos que se tejen a su alrededor, las series británicas exploran aquellas zonas que exceden las pistas y los tiroteos, que revelan desde la mirada de una mujer la inesperada omnipresencia de un mal indescifrable.

Un año después, la misma sordidez que se escondía en los espacios de ensueño de ese valle de Yorkshire invade los pobres escenarios del East End. En River (escrita por Abi Morgan, guionista de películas como Shame o La dama de hierro), la temprana muerte de la detective Stevie (encantadora Nicola Walker) convierte a su fantasma en el centro de un misterio que tiene mucho de existencial: su vínculo entrañable con el inspector melancólico y cascarrabias que interpreta Stellan Skarsgard cruza de lo mundano a lo metafísico y su presencia, casi como una aparición intermitente, es la llave para descubrir al responsable de su propio asesinato. La calidez y la vitalidad de Stevie resuenan como una lejana reminiscencia ante la oscuridad de la muerte presente y los ajados barrios londinenses donde la vida sigue su curso.

River tiene dos hallazgos: el primero, que el personaje masculino se permite la emoción y el llanto; y el segundo, que esa detective fantasmal se convierte en el hilo conductor y sobrenatural de la trama de investigación. Casi como el revés de la deslealtad y suspicacia que definía los vínculos entre los sexos en Prime Suspect, aquí es la inusual pareja que forman River y Stevie la que recorre los sórdidos vericuetos de burocracias policiales y judiciales sin perder por ello su extraña simbiosis.

Males contemporáneos

En Hard Sun (aún inédita aquí), errática apuesta de Neil Cross, creador de Luther, el contexto de un demencial complot de poderes para una destrucción mundial tiene como protagonistas a dos detectives. Él, asediado por la muerte de su compañero; ella, por el conflictivo vínculo con su hijo esquizofrénico, encerrado luego de atacarla brutalmente. Pese a las pobres actuaciones y algunos dislates del guion, Hard Sun consigue perfilar en la andrógina inspectora Elaine Renko (Agyness Deyn) indicios de la tenacidad y firmeza que fue esencia inescrutable de estas heroínas. Su llegada al nuevo destacamento, la aureola de desgracia que la acompaña y la secreta investigación que tiene entre manos están en sintonía con las contradicciones de su propio carácter.

También en Marcella, interesante pero inferior a Happy Valley y River -las tres, disponibles en Netflix- el regreso a la tarea policial se convierte en un extraño camino de redención. Marcada por un caso criminal irresuelto, por una separación traumática, Marcella (Anna Friel) es el espejo en el que se reflejan las inquietantes amoralidades de su entorno. Creada por el sueco Hans Rosenfeldt (The Bridge), la serie instala desde las primeras escenas la dualidad de su protagonista: la vemos bañada en sangre, con la mente en blanco sobre lo que ha sucedido ¿Es una víctima o la autora de un crimen? Convertida en su propia enemiga, enajenada en su interior, la opacidad de Marcella torna inquietante la narrativa, minando nuestra seguridad al mismo tiempo que afirma nuestra creencia en ella.

Por último, la reciente Collateral elige como hilo conductor a la inspectora que interpreta una embarazadísima Carey Mulligan. El desconcertante crimen de un joven iraquí que entrega pizzas en Londres dispara especulaciones sobre las políticas de inmigración, el crimen organizado y el rol de las instituciones en la Europa contemporánea. Tras ese entramado de complicidades y resentimientos, la figura de Kip Glaspie encuentra en la calidez y seguridad de Mulligan una presencia excepcional. Su condición inescrutable ya no se atisba en el extrañamiento o la locura como en Marcella, sino en sus contradicciones humanas. Pese a su compromiso con la ley, su intuición la lleva por atajos personales; la empatía con la familia de la víctima no le impide ser profesional, y su notable observación y destreza nunca la asfixian en un estereotipo de corrección política.

El mundo sigue siendo hostil y complejo, los crímenes seriales y el sexismo institucional de Prime Suspect han devenido en tráfico de inmigrantes o planes de aniquilación global. Sin embargo, los fantasmas que asedian a las nuevas heroínas son los mismos. Pasados difíciles, emociones contradictorias y misterios irresueltos en los que esas figuras antes marginales hoy pelean en un territorio adverso con la firmeza de lo adquirido por derecho propio.

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