El musical de Frozen llegó a Broadway y abrió una grieta

El escenario del St. James Theatre adaptado para sumergir al público en una historia fantástica
El escenario del St. James Theatre adaptado para sumergir al público en una historia fantástica Crédito: Disney
La puesta teatral del megaéxito de Disney provocó distintas reacciones entre los críticos que la calificaron entre "lúgubre y tonta", aunque destacan el resultado visual
Jesse Green
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7 de abril de 2018  

NUEVA YORK.- Olvídense del poder femenino, del amor de hermanas y del llamado del clarín ensordecedor de Libre soy. La ansiedad de cómo manipular un regalo precioso es el tema que viene sonando más fuerte en Frozen, el musical de Disney -a veces conmovedor, por momentos insulso y alternadamente bobo y afligido-, que se estrenó el jueves 22 de marzo pasado en Broadway.

Y me apuro a agregar que el regalo precioso no es el rayo congelante de la reina Elsa, que amenaza a su reino sin ningún beneficio colateral (¿no podrían haberle acoplado una máquina heladora?). Ni tampoco es la bondad de su hermana Anna, que la pone en peligro constante de criogénesis selectiva. No, el regalo precioso que causa tanta ansiedad en el St. James Theatre es la película taquillera del año 2013 a partir de la que se adaptó la puesta del musical. Al fin y al cabo, una recaudación de 1,3 millones de dólares es un montón de hielo.

De una forma que al mismo tiempo es exitosa y no lo es, uno siente que el director, Michael Grandage, y su equipo de diseño (de escenografía y vestuario a cargo de Christopher Oram y de iluminación, de Natasha Katz) se esfuerzan por hacer de la promesa del producto comercial algo artísticamente respetable. Por lo menos, en comparación con el intento que reseñamos en septiembre pasado en Denver, se acercan un poco más.

Por ejemplo, los primeros 20 minutos magistrales del show se recompusieron desde la puesta de Denver y, ahora, muestran a un Grandage que encamina la historia de fondo sin dilaciones. Mientras son chicas, Elsa y Anna, las princesas de Arendelle, son las mejores amigas hasta que sus padres, el rey y la reina, se ven obligados a separarlas una vez que la magia de Elsa con sus filtraciones se vuelve lo suficientemente poderosa como para amenazar la seguridad de Anna.

Cuando las chicas quedan huérfanas, la separación se torna permanente. Elsa crece confinada entre sus poderes y su sentido del deber, y Anna, triste y rebelde en reacción a su distanciamiento. Como The Crown, pero más fría.

Es tan ajetreada e ininterrumpida que no da tiempo ni de aplaudir las canciones hasta que, pasado un tercio del primer acto, aparece el príncipe Hans, el pretendiente de Anna. El estreno sugiere que Frozen podría resultar inesperadamente coherente para tratarse de un musical de Disney.

Además, es muy hermosa de ver. No cabe ninguna duda de que no intenta iluminar una historia cuya esencia es oscura. La iluminación taciturna de Katz -toda en ámbar, dorado y sepia- sobre el castillo escandinavo de Oram hace pensar en Rembrandt por más que Grandage trate de apuntar al sentimiento de las comedias pastorales de Shakespeare.

En todo caso, una vez que se abren las puertas del castillo para la coronación de Elsa y dejan entrar a la gente del pueblo, junto con la belleza que exige Disney, un estilo y una paleta diferentes asumen el control y Frozen empieza su largo descenso a la confusión. El problema no tiene nada que ver con las actuaciones, que nunca dejan de ser por lo menos profesionales, si bien rara vez logran algo más. Los elementos de Frozen -lo lúgubre y lo tonto- no se mezclan, ni visual ni musical ni emocionalmente. En la pantalla, los giros en U del canto noruego (de "Vuelie") hasta el encanto de la comedia musical (de "Do you Want to Build a Snowman?") o el pop de Carnaby Street (de "Love is an Open Door") pueden hacerse encajar gracias a la estética "todo vale" de la animación.

En el escenario, las doce o trece canciones nuevas para estirar las siete que ya habían compuesto para la película parecen demasiado "hechas a medida" para la ocasión y, aunque en uno o dos casos sean muy lindas, acaban por resultar desparejas.

Este problema resuena a lo largo de toda la producción. Lamento decir que ninguno de los efectos especiales es especialmente efectivo, salvo para recordarle a uno que hay cosas que en el escenario no pueden hacerse bien. El mejor intento es el más simple: una cortina de cristales Swarovski increíble, que gira y relumbra con diseños en los que se mezclan la imaginería tradicional del rosemaling noruego y el Maravilloso Mundo de Disney.

Pero hasta una solución elegante como esa termina por revelar las contradicciones que se cuecen en el ADN de la historia. Cuando en la mitad de Libre soy, Elsa, una niñita asustada, se transforma en una joven empoderada gracias al truco de un vestido mágico, es la definición misma de lo fabuloso, pero a la vez es la definición misma de Cher. ¿Estamos en un espectáculo de Broadway, en una película de animación o en un teatro de revistas de Las Vegas?

No se puede culpar de esa confusión a Jennifer Lee, que escribió y codirigió la película y escribió el guion del musical. Su trabajo no es peor que el de los adaptadores previos de Disney y sí mucho mejor en la atención que les presta a las chicas, como personajes activos que prescinden de los hombres (para la versión de Broadway, Elsa optó por unos pantalones con apliques, que parecen decir "no se metan conmigo", para reemplazar el camisón vaporoso que había usado en la audición). Pero a medida que el material que Disney quiere manipular se va poniendo más oscuro -y en este caso, positivamente neurótico- sus fórmulas se vuelven cada vez más difíciles de justificar.

Naturalmente, esto no es así para los encargados de contar los porotos. Los musicales animados y sus subproductos nunca fueron más redituables.

Pero si Frozen recauda mil millones más para Disney en Broadway no es un problema mío. Y si es un entretenimiento familiar apropiado a pesar de su oscuridad es una pregunta que van a tener que responder los padres de los chicos. Parecería que el segundo acto a algunos los hizo dormir, me refiero a los chicos.

Para mí, el asunto es si Disney, con los recursos sin límites y el talento que tiene a su disposición, querrá hacer su propia transformación mágica a la adultez. ¿Querrá crear musicales serios, modernos y coherentes en lugar de dibujitos animados contra todo riesgo? Si es así, puede que ya sea hora de que les diga "Let it go" ("Libre soy") a las fórmulas y a los renos comercializables.

Traducción de Jaime Arrambide

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