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La cajita hermética no prepara para la vida

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
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7 de abril de 2018  

Nuestra tarea de padres es proteger a nuestros hijos y la de ellos es explorar el mundo y las relaciones. Estos objetivos tan diferentes nos pueden hacer chocar con ellos una y otra vez a lo largo de la infancia: desde muy chiquitos, apenas empiezan a gatear se interesan por cables, enchufes, hornos encendidos, tazas calientes, etc. A medida que crecen cambia el estilo de exploración: buscan cruzar la calle solos, tirarse a la pileta desde el trampolín más alto... Más grandes todavía, ir a dar un examen sin haber estudiado (¡o sin haber dormido!), hacer bungee jumping o irse de viaje por el mundo con una mochila y casi sin plata. En todos los ejemplos prevalece su deseo de explorar, muchas veces con cierta dosis de omnipotencia que no les permite prever las posibles consecuencias que los adultos conocemos de memoria (es que el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo).

En este proceso, como en muchos otros, hay épocas tranquilas, mesetas en las que nosotros descansamos y ellos se fortalecen y preparan, y hay saltos, es decir momentos en los que quieren romper las barreras que de golpe sienten que los aprisionan porque creen estar listos para ir más allá, salir de esa zona de seguridad que ofrecen papá y mamá. Así es nuestra vida de padres: tiempos de recreo y descanso que disfrutamos hasta el próximo salto, cuando por ejemplo nuestra hija se fue a la casa de una amiga después del colegio sin avisarnos. No intento decir que la felicitemos, ella tendrá que pagar las consecuencias que corresponden al susto que pasamos y a no cumplir con las pautas familiares. Pero en nuestro interior sabremos que está ensayando sus primeros y torpes vuelos, y nuestro enojo va a ser distinto, más leve, con menos desilusión y más recuerdos de nuestros propios primeros intentos...

Cuando ponen mucho empeño una y otra vez en romper nuestras barreras, podríamos revisar si lo hacen porque pretendemos mantenerlos en un corralito y llegó la hora de abrir la puerta, confiando en lo que ya hicimos por y con ellos, recordando que los golpes de sus primeros vuelos los van a magullar un poco, pero son magullones necesarios. Guardarlos en una cajita hermética no los prepara para la vida, solo posterga el problema.

De todos modos, hay un pequeño grupo que necesita romper barreras y correr riesgos sin medir las consecuencias, y es importante hacer primero un buen diagnóstico de situación para descubrir si somos padres temerosos o si somos realistas.

Desde que son chiquitos vayamos dejándolos explorar, equivocarse, correr pequeños riesgos cerca de nosotros, de modo que no se sientan asfixiados. Así podremos alertarlos, acompañarlos, ayudarlos. Por ese camino irán aprendiendo que sus conductas tienen consecuencias, a evaluar riesgos, a tomar decisiones e irán perdiendo el pensamiento omnipotente que de otro modo podría hacerlos equivocarse especialmente en la adolescencia, cuando la sensación de omnipotencia recrudece y asoma en frases como "yo sé", "yo puedo" o " no tenés ni idea".

La autora es psicóloga y psicoterapeuta

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